Historia

 

El 23 de octubre del año 4004 a.C. Dios comenzó la creación del universo, lo que le tomó 6 días: descansando el séptimo, que cayó un sábado.  Dentro de él, creó al primer hombre y a la primera mujer.  Esa pareja comete lo que se conoció como “El Pecado Original” y fueron echados del Jardín del Eden. 

 

Como castigo, tanto ellos dos, como sus descendientes: ¡morirían!  Dios se apiada de ellos y les permitió que tuvieran descendencia, pero ella, y todas las mujeres, parirían con dolor.  Ambos tienen –originalmente– dos hijos.  Uno de ellos mata al otro.   No sabemos cómo, esa primera pareja, junto al hijo homicida, se convierten en la semilla que engendrarían a la humanidad.

 

Pasan los años y en el siglo XX a. C, Dios escoge a un beduino de Hebrón llamado Abram (a quien luego llamará Abrahám) y lo convierte en el primer patriarca. 

 

Cien años más tarde, en el siglo XIX a.C., aparece en el panorama bíblico, en el desierto de Névev, Isaac, supuestamente como hijo de Abraham y cien años más tarde, en Samaria, hace aparición Jacob, supuesto hijo de Isaac y nieto de Abrham, a quien Dios le cambia el nombre por Israel y lo convierte en el padre de doce hijos que serán los fundadores de las famosas doce tribus de Israel.

 

Esos hijos de Israel terminan como esclavos en Egipto y un tal Moisés los libera.  En la huida llegan a la rivera del Mar Rojo, el cual –milagrosamente– Dios abre para que unos dos millones de judíos puedan cruzarlo teniendo al ejército del faraón Ramsés II tras ellos.  Una vez que todos cruzan el mar, las aguas retornan a su normalidad, ahogando la totalidad del ejército egipcio.

 

Moisés y sus judíos deambulan por el desierto Sinaí durante cuarenta años sobreviviendo gracias al maná que Dios les enviaba desde el cielo y del agua que brota de las piedras.  Mitras ahí se encontraban, Moisés se reunía –cara a cara– con Jehová Dios, quien le entregó las famosas dos tablas contentivas de los diez mandamientos.

 

Al cabo de los 40 años deambulando por el desierto, ya muerto Moisés, su sucesor –Josué– el pueblo de Israel (liderado por Josué) cruzó el río Jordán y comenzó a conquistar la tierra de Canaan, que más tarde se llegó a conocer como la Tierra de Israel, siendo Saúl el primer rey en gobernar lo que se llamó “El Reino de Israel”.  Saúl fue sucedido entre los años 1002 y 1003 a.C., por David y luego por Salomón.

 

En el año 931 a.C., el llamado “Reino de Israel” se dividió en dos: “El Reino del Norte” (Israel), con diez de las doce tribus de Israel y “El Reino del Sur” (Judá), con las dos tribus remanentes.

 

Comenzando el año 732 a.C., el rey Tiglat-pileser se apoderó de gran parte del territorio del “Reino del Norte” y exilió a sus habitantes. El colapso total ocurrió en el 721 a.C. (o 722 a.C.) tras un asedio de tres años a la capital, Samaria, completando el exilio de las diez tribus, aunque algunos habitantes del norte lograron emigrar al llamado “Reino del Sur” (Judá).

 

En el año 622 o 621 a.C., cuando el sumo sacerdote Hilcías realizaba trabajos de reparación y limpieza en el Templo de Jerusalén y durante el decimoctavo año de reinado de Josías, se encontró milagrosamente “El Libro de La Ley” (El Deuteronomio), lo que le servía a Josías para justificar la unificación de los dos reinos: lo que quedaba del “Reino del Norte” y el “Reino del Sur” que él gobernaba.

 

Las esperanzas de Josías se truncaron cuando en 609 a.C. fue herido mortalmente por arqueros egipcios en una batalla en la llanura de Meguido.

 

Luego de tres campañas militares que comenzaron en el año 605 a.C., el rey de Babilonia –Nabucodonosor II– invadió “El Reino del Sur”, saqueando la capital (Jerusalén), culminando en 586 a.C. con la destrucción la definitiva del reino y la caída del Templo, dando comienzo al llamado “Éxodo de Babilonia” (o “Cautiverio de Babilonia”).

 

En el año 539 a.C., los judíos fueron liberados por el rey persa Ciro el Grande, quien conquistó Babilonia en el 539 a. C.  Al año siguiente, en el 538 a. C., Ciro emitió un decreto oficial que permitió a los exiliados regresar a Jerusalén y reconstruir su templo. El retorno masivo comenzó alrededor del 537 a. C.

 

La religión principal de los persas entonces era el zoroastrismo (o mazdeísmo). Fundada por el profeta Zoroastro (Zarathustra), es una de las fes monoteístas más antiguas del mundo. Se basaba (y todavía se basa) en la adoración del dios supremo Ahura Mazda y en la dualidad entre el bien y el mal.

 

Gran parte de la academia coincide en que el judaísmo fue enriquecido y transformado significativamente por el zoroastrismo. Este proceso comenzó durante el periodo del cautiverio en Babilonia y, sobre todo, tras la conquista persa aqueménida del siglo VI a.C. Aunque el monoteísmo israelita ya poseía raíces propias, el contacto directo con la religión persa aportó un marco conceptual mucho más rico para entender la escatología y el mundo espiritual.

 

535 años más tarde al regreso a Jerusalén por parte de los judíos a, nace en le diminuto pueblo de Nazaret un judío llamado Jesús, quien vendría a revolucionar el mundo occidental con sus postulados.

 

Entre los años 34 y 36 d.C., Pablo comenzó su ministerio apostólico de inmediato tras su conversión en el camino a Damasco.  En lugar de un sacerdocio tradicional, inició su labor como "Apóstol de los gentiles" predicando en Damasco y Arabia que Jesús era el Hijo de Dios.

 

La gran mayoría de los expertos bíblicos coinciden en que el Evangelio de Marcos fue el primero en escribirse, entre los años 65 y 70 d.C.  Los otros tres se publicaron posteriormente como relatos independientes: el Evangelio de Mateo hacia el 70-80 d. C., el Evangelio de Lucas entre el 80 y 90 d. C., y el Evangelio de Juan cerca del año 90-100 d. C.

 

Mediante el “Edicto de Milán”, en el año 313 d.C., el cristianismo fue legalizado.  El interés de Constantio por favorecer el cristianosmo se basó en una estrategia política de unificación, viendo en el monoteísmo cristiano una fuerza moral cohesiva capaz de estabilizar y unir un imperio romano fragmentado.

 

Doce años más tarde, el emperador Constantino I El Grande, convocó lo que históricamente se conoce como “El Concilio de Nicea”, con el principal objetivo de unificar los dogmas y establecer una doctrina común para todo el cristianismo frente a las divisiones internas.

 

En el año 380 d.C. bajo el emperador Teodosio I mediante el Edicto de Tesalónica, la Iglesia católica se convirtió –oficialmente– en la institución cristiana reconocida por el imperio romano.

 

En 1054 d.C. se produce el cisma de Oriente, dividiendo la Iglesia católica, dando vida a la Iglesia ortodoxa.

 

En 1517 se produce la “Reforma de Lutero” siendo repelida por la “Contrarreforma” 28 años más tarde.