I
Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna
les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición
[1]
. Pero, como la urgencia
de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida
de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre
la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer
cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo
cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí
mismos, son jactanciosos y engreídos.
No creo que haya nadie que ignore todo esto, aunque pienso que la mayoría se ignoran a sí
mismos. Nadie, en efecto, que viva entre los hombres, habrá dejado de observar que la mayoría
de ellos, por ignorantes que sean, cuando las cosas les van bien, poseen tal sabiduría, que les
parece injurioso que alguien pretenda darles un consejo. En cambio, cuando las cosas les van
mal, no saben a dónde dirigirse y piden suplicantes un consejo a todo el mundo, sin que haya
ninguno tan inútil, tan absurdo o tan frívolo, que no estén dispuestos a seguirlo. Por otra parte, el
más ligero motivo les hace esperar mayores bienes o temer mayores males. Y así, si, mientras
son presa del miedo, les ocurre ver algo que les recuerda un bien o un mal pasado, creen que les
augura un porvenir feliz o desgraciado; y aunque cien veces les engañe, no por eso dejarán de
considerarlo como un augurio venturoso o funesto. Si, finalmente, presencian algo
extraordinario, que les llena de admiración, creen que se trata de un prodigio, que indica la ira de
los dioses o de la deidad suprema. De ahí que, el no aplacar con votos y sacrificios a esa
divinidad, les parece una impiedad a estos hombres, víctimas de la superstición y contrarios a la
religión, los cuales, en consecuencia, forjan ficciones sin fin e interpretan la Naturaleza de
formas sorprendentes, cual si toda ella fuera cómplice de su delirio.
Precisamente por eso, constatamos que los más aferrados a todo tipo de superstición son los
que desean sin medida cosas inciertas; y vemos que todos, muy especialmente cuando se hallan
en peligro y no pueden defenderse por sí mismos, imploran el divino auxilio con súplicas y
lágrimas de mujerzuelas y dicen que la razón (por ser incapaz de mostrarles un camino seguro
hacia el objeto de sus vanos deseos) es ciega y que la sabiduría humana es vana. Por el contrario,
los delirios de la imaginación, los sueños y las necedades infantiles son, según ellos, respuestas
divinas; aún más, Dios se opone a los sabios y ha grabado sus decretos, no en la mente, sino en
las entrañas de los animales; y son los necios, los locos y las aves los que, por inspiración e
instinto divino, los predicen. Tanto hace desvariar el temor a los hombres.
La causa que hace surgir, que conserva y que fomenta la superstición es, pues, el miedo. Y
si, aparte de lo dicho, alguien desea conocer ejemplos concretos, he aquí el de Alejandro. Sólo
comenzó a acudir a los adivinos, movido por un sentimiento supersticioso, cuando, a las puertas
de Susa, experimentó por primera vez temor a la fortuna (véase Quinto Curdo, lib. V, § 4)
[2]
.
Después de su victoria sobre Darío, dejó de consultar a los augures y adivinos, hasta que de
nuevo sintió terror ante las circunstancias adversas: abandonado por los bactrianos, incitado al
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[7]
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combate por los escitas e inmovilizado por una herida, volvió de nuevo (como dice el mismo
Quinto Curcio, lib. VII, §7) a la superstición, ese juguete del alma humana, mandando que
Aristandro, a quien había confiado su credulidad, explorara mediante sacrificios qué rumbo
tomarían los hechos
[3]
. Cabría aducir muchísimos ejemplos del mismo género, que prueban con
toda claridad lo que acabamos de decir: que los hombres sólo sucumben a la superstición,
mientras sienten miedo; que todos los objetos que han adorado alguna vez sin fundamento no
son más que fantasmas y delirios de un alma triste y temerosa; y, finalmente, que los adivinos
sólo infunden el máximo respeto a la plebe y el máximo temor a los reyes en los momentos más
críticos para un Estado. Pero, como pienso que todo esto es bien conocido de todos, no insistiré
más en ello.
De lo que acabamos de decir sobre la causa de la superstición, se sigue claramente que todos
los hombres son por naturaleza propensos a ella, por más que algunos piensen que la
superstición se debe a que todos los mortales tienen una idea un tanto confusa de la divinidad.
Se sigue, además, que la superstición debe ser sumamente variada e inconstante, como todas las
ilusiones de la mente y los ataques de cólera; y que, finalmente, sólo se mantiene por la
esperanza, el odio, la ira y el engaño, ya que no tiene su origen en la razón, sino exclusivamente
en la pasión más poderosa. De ahí que, cuanto más fácil es que los hombres sean presa de
cualquier tipo de superstición, tanto más difícil es conseguir que persistan en una misma. Aún
más, como el vulgo es siempre igualmente desdichado, en parte alguna halla descanso duradero,
sino que sólo le satisface lo que es nuevo y nunca le ha engañado.
Esta inconstancia ha provocado numerosos disturbios y guerras atroces, ya que, como consta
por lo que acabamos de decir y el mismo Quinto Curcio (lib. IV, capítulo 10) ha señalado con
acierto, no hay medio más eficaz para gobernar a la masa que la superstición
[4]
. Nada extraño,
pues, que, bajo pretexto de religión, la masa sea fácilmente inducida, ora a adorar a sus reyes
como dioses, ora a execrarlos y a detestarlos como peste universal del género humano. A fin de
evitar, pues, este mal, se ha puesto sumo esmero en adornar la religión, verdadera o falsa,
mediante un pomposo ceremonial, que le diera prestigio en todo momento y le asegurara
siempre la máxima veneración de parte de todos. Los turcos lo han conseguido con tal
perfección que hasta la discusión es tenida por un sacrilegio, y los prejuicios, que han imbuido
en sus mentes, no dejan a la sana razón lugar alguno, ni para la simple duda.
Ahora bien, el gran secreto del régimen monárquico y su máximo interés consisten en
mantener engañados a los hombres y en disfrazar, bajo el especioso nombre de religión, el miedo
con el que se los quiere controlar, a fin de que luchen por su esclavitud, como si se tratara de su
salvación, y no consideren una ignominia, sino el máximo honor, dar su sangre y su alma para
orgullo de un solo hombre. Por el contrario, en un Estado libre no cabría imaginar ni emprender
nada más desdichado, ya que es totalmente contrario a la libertad de todos adueñarse del libre
juicio de cada cual mediante prejuicios o coaccionarlo de cualquier forma. En cuanto a las
sediciones, suscitadas so pretexto de religión, surgen exclusivamente porque se dan leyes sobre
cuestiones teóricas y porque las opiniones —al igual que los crímenes— son juzgadas y
condenadas como un delito. La verdad es que sus defensores y simpatizantes no son inmolados a
la salvación pública, sino tan sólo al odio y a la crueldad de sus adversarios. Pues, si el Estado
estableciera por ley que sólo se persiguieran los actos y que las palabras fueran impunes
[5]
, ni
cabría disfrazar tales sediciones de ningún tipo de derecho, ni las controversias se transformarían
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[II] [8]
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en sediciones.
Viendo, pues, que nos ha caído en suerte la rara dicha de vivir en un Estado, donde se
concede a todo el mundo plena libertad para opinar y rendir culto a Dios según su propio juicio,
y donde la libertad es lo más apreciado y lo más dulce, he creído hacer algo que no sería ni
ingrato ni inútil, si demostrara que esta libertad no sólo se puede conceder sin perjuicio para la
piedad y la paz del Estado, sino que, además, sólo se la puede suprimir, suprimiendo con ella la
misma paz del Estado y la piedad. Esto es lo principal que me he propuesto demostrar en este
tratado. Para ello, tuve que señalar, en primer lugar, los principales prejuicios sobre la religión,
es decir, los vestigios de la antigua esclavitud. Después, tuve que indicar también los prejuicios
acerca del derecho de las supremas potestades; son muchos, en efecto, los que tienen la
insolencia de intentar arrebatárselo y, bajo la apariencia de religión, alejar de ellas el afecto de la
masa, sujeto todavía a la superstición pagana, a fin de que todo se derrumbe y torne a la
esclavitud. Diré con toda brevedad en qué orden están expuestas estas ideas; pero indicaré antes
los motivos que me impulsaron a escribirlas
[6].
II
Me ha sorprendido muchas veces que hombres que se glorían de profesar la religión
cristiana, es decir, el amor, la alegría, la paz, la continencia y la fidelidad a todos, se atacaran
unos a otros con tal malevolencia y se odiaran a diario con tal crueldad, que se conoce mejor su
fe por estos últimos sentimientos que por los primeros. Tiempo ha que las cosas han llegado a tal
extremo, que ya no es posible distinguir quién es casi nadie —si cristiano, turco, judío o pagano
—, a no ser por el vestido y por el comportamiento exterior, o porque frecuenta esta o aquella
iglesia o porque, finalmente, simpatiza con tal o cual opinión y suele jurar en nombre de tal
maestro. Por lo demás, la forma de vida es la misma para todos. Al investigar la causa de este
mal, me he convencido plenamente de que reside en que el vulgo ha llegado a poner la religión
en considerar los ministerios eclesiásticos como dignidades y los oficios como beneficios y en
tener en alta estima a los pastores. Pues, tan pronto se introdujo tal abuso en la Iglesia, surgió
inmediatamente en los peores un ansia desmedida por ejercer oficios religiosos, degenerando el
deseo de propagar la religión divina en sórdida avaricia y ambición. De ahí que el mismo templo
degeneró en teatro, donde no se escucha ya a doctores eclesiásticos, sino a oradores, arrastrados
por el deseo, no ya de enseñar al pueblo, sino de atraerse su admiración, de reprender
públicamente a los disidentes y de enseñar tan sólo cosas nuevas e insólitas, que son las que más
sorprenden al vulgo. Fue, pues, inevitable que surgieran de ahí grandes controversias, envidias y
odios, que ni el paso del tiempo ha logrado suavizar.
¿Nos extrañaremos, entonces, de que de la antigua religión
[7] no haya quedado más que el
culto externo (con el que el vulgo parece adular a Dios, más bien que adorarlo) y de que la fe ya
no sea más que credulidad y prejuicios? Pero unos prejuicios que transforman a los hombres de
racionales en brutos, puesto que impiden que cada uno use de su libre juicio y distinga lo
verdadero de lo falso; se diría que fueron expresamente inventados para extinguir del todo la luz
del entendimiento. ¡Dios mío!, la piedad y la religión consisten en absurdos arcanos. Y aquellos
que desprecian completamente la razón y rechazan el entendimiento, como si estuviera
corrompido por naturaleza, son precisamente quienes cometen la iniquidad de creerse en
posesión de la luz divina. Claro que, si tuvieran el mínimo destello de esa luz, no desvariarían
con tanta altivez, sino que aprenderían a rendir culto a Dios con más prudencia y se
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[III]
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[10]
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distinguirían, no por el odio que ahora tienen, sino por el amor hacia los demás; ni perseguirían
tampoco con tanta animosidad a quienes no comparten sus opiniones, sino que más bien se
compadecerían de ellos, si es que realmente temen por su salvación y no por su propia suerte.
Por otra parte, si poseyeran alguna luz divina, aparecería, al menos, en su doctrina. Ahora
bien, yo confieso que nunca se han dado por satisfechos en su admiración hacia los
profundísimos misterios de la Escritura; pero no veo que hayan enseñado nada, aparte de las
especulaciones de aristotélicos y platónicos, ya que, para no dar la impresión de seguir a los
gentiles, adaptaron a ellas la Escritura. No satisfechos de desvariar ellos con los griegos,
quisieron que también los profetas delirasen con éstos, demostrando así claramente que no ven,
ni por sueños, la divinidad de la Escritura. Y, con cuanto más celo admiran sus misterios, más
ponen de manifiesto que no creen, sino que más bien se complacen simplemente en ella. Lo cual
se comprueba, además, porque la mayor parte de ellos toman como base (a fin de entenderla y
de descubrir su verdadero significado) que la Escritura es verídica y divina en su totalidad
[8]
.
Con ello, en efecto, establecen de entrada, como regla de su interpretación, algo que sólo debería
resultar de la intelección y severo examen de la misma, ya que, al no necesitar ella ninguna
ficción humana, nos lo haría ver mucho mejor.
Éstos son, pues, los pensamientos que me embargaban: que la luz natural no sólo es
despreciada, sino que muchos la condenan como fuente de impiedad; que las lucubraciones
humanas son tenidas por enseñanzas divinas, y la credulidad por fe; que las controversias de los
filósofos son debatidas con gran apasionamiento en la Iglesia y en la Corte; y que de ahí nacen
los más crueles odios y disensiones, que fácilmente inducen a los hombres a la sedición, y otras
muchísimas cosas que sería demasiado prolijo enumerar aquí. A la vista de ello, decidí examinar
de nuevo, con toda sinceridad y libertad, la Escritura y no atribuirle ni admitir como doctrina
suya nada que ella no me enseñara con la máxima claridad
[9]
.
III
Guiado por esta cautela, elaboré un método para interpretar los sagrados
volúmenes. Siguiendo sus enseñanzas, me pregunté, en primer lugar, qué es la profecía y en qué
sentido se reveló Dios a los profetas. ¿Por qué fueron gratos a Dios? ¿Acaso porque tenían ideas
sublimes sobre Dios y la naturaleza o más bien exclusivamente por su piedad? Una vez aclarado
esto, me fue fácil establecer que la autoridad de los profetas tan sólo tiene valor en lo que se
refiere a la práctica de la vida y a la verdadera virtud; pero que, en lo demás, sus opiniones nos
importan muy poco. Partiendo de lo anterior, me pregunté, después, por qué motivo se
consideraron los hebreos los elegidos de Dios. Tan pronto verifiqué que ello se debía a que Dios
les había elegido una región, en la que pudieran vivir con seguridad y abundancia, comprendí
que las leyes reveladas por Dios a Moisés no fueron otra cosa que el derecho particular del
Estado hebreo y que, por tanto, ningún otro tenía obligación de aceptarlas, y que incluso ellos
mismos sólo estaban sujetos a ellas mientras durara su Estado. Después de esto y a fin de saber
si de la Escritura se puede concluir que el entendimiento humano está corrompido por
naturaleza, he querido averiguar si la religión católica, es decir, la ley divina revelada a todo el
género humano a través de los profetas y los apóstoles, es distinta de aquella que también nos
enseña la luz natural. Me pregunté también si los milagros se han producido en contra del orden
de la naturaleza y si prueban la existencia y la providencia de Dios con más claridad y certeza
que las cosas que entendemos clara y distintamente por sus primeras causas. Ahora bien, entre
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[11]
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las cosas que la Escritura enseña de forma expresa, no encontré ninguna que no esté acorde con
la razón o que se oponga a ella. Por otra parte, he comprobado que los profetas sólo enseñaron
cosas sumamente simples, que cualquiera podía comprender con facilidad, y que las imágenes
literarias y las razones por ellos utilizadas tienden sobre todo a suscitar en las masas el
sentimiento de veneración hacia Dios. Por estas razones me he persuadido totalmente de que la
Escritura deja la razón absolutamente libre, y de que no tiene nada en común con la filosofía,
sino que tanto una como otra se apoyan sobre una base propia.
A fin de demostrar todo esto de forma apodíctica y resolver la cuestión en su conjunto,
explico cómo hay que interpretar la Escritura y pruebo que todo conocimiento de ella
[10] y de las
cosas espirituales sólo de ella debe ser extraído y no de las cosas que conocemos por la luz
natural. Paso entonces a desvelar aquellos prejuicios que se derivan de que el vulgo (propicio a
la superstición y más amante de las reliquias del pasado que de la misma eternidad) adora los
libros de la Escritura más bien que la propia palabra de Dios. Después de esto, muestro cómo la
palabra de Dios revelada no consiste en un determinado número de libros, sino en el simple
concepto de la mente de Dios, revelada a los profetas, a saber, en que hay que obedecer a Dios
de todo corazón, practicando la justicia y la caridad. Y pruebo que la Escritura enseña esto según
la capacidad y las opiniones de aquéllos a quienes los profetas y los apóstoles solían predicar esa
palabra de Dios; lo hicieron así para que los hombres la aceptaran sin resistencia alguna y con
toda su alma. Tras explicar, a continuación, cuáles son las verdades fundamentales de la fe,
concluyo, por fin, que el objeto del conocimiento revelado no es nada más que la obediencia y
que, por consiguiente, ese conocimiento es totalmente distinto del natural, tanto por su objeto
como por su fundamento y por sus medios. No tiene, pues, nada en común uno con el otro, sino
que cada uno ocupa su dominio sin oposición alguna, y ninguno de ellos tiene por qué ser
esclavo del otro. Como, además, los hombres son de un natural sumamente variado, y uno
simpatiza más con estas opiniones y otro con aquéllas, y lo que a uno impulsa hacia la religión, a
otro le suscita la risa, llego a la conclusión, ya antes formulada: que hay que dejar a todo el
mundo la libertad de opinión y la potestad de interpretar los fundamentos de la fe según su
juicio, y que sólo por las obras se debe juzgar si la fe de cada uno es sincera o impía. De este
modo, todos podrán obedecer a Dios con toda sinceridad y libertad, y sólo la justicia y la caridad
merecerá la estima de todos.
Una vez que he demostrado qué libertad deja a cada uno la ley divina revelada, paso a la
segunda parte del tema
[11]
, a saber: que ésa misma libertad puede y debe ser concedida sin
menoscabo de la paz del Estado y del derecho de los poderes supremos, y que no puede ser
abolida sin gran peligro para la paz y sin gran detrimento para todo el Estado. Para demostrarlo,
parto del derecho natural de cada individuo. Ese derecho se extiende hasta donde alcanza el
deseo y el poder de cada uno, y por tanto, según el derecho de naturaleza, nadie está obligado a
vivir según el criterio de otro, sino que cada cual es el garante de su propia libertad. Muestro,
además, que nadie hace cesión de este derecho, excepto quien transfiere a otro el poder de
defenderse, y que es necesario que ese derecho natural sea íntegramente conservado por aquél a
quien todos han entregado su derecho a vivir según el propio criterio, junto con el poder de
defenderse. A partir de ahí, demuestro que quienes detentan la potestad estatal, tienen derecho a
cuanto pueden y son los únicos garantes del derecho y de la libertad, mientras que los demás
deben actuar en todo según los decretos de aquéllos. Mas, como nadie puede privarse a sí mismo
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[12]
[IV]
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de su poder de defenderse, hasta el punto de dejar de ser hombre, concluyo de ahí que nadie
puede privarse completamente de su derecho natural, sino que los súbditos retienen, por una
especie de derecho de naturaleza, algunas cosas, que no se les pueden quitar sin gran peligro
para el Estado. De ahí que, o bien les son concedidas tácitamente o ellos mismos las estipulan
con quienes detentan la potestad estatal. Tras esas consideraciones, paso a tratar del Estado de
los hebreos y lo describo con bastante amplitud, a fin de explicar de qué forma y por decisión de
qué personas comenzó la religión a tener fuerza de derecho, tocando de paso otros asuntos que
me parecían dignos de ser conocidos. Después de esto, pruebo que quienes detentan la potestad
estatal, no sólo son garantes e intérpretes del derecho civil, sino también del religioso, y que sólo
ellos tienen el derecho de discernir qué es lo justo y lo injusto, y qué lo piadoso y lo impío.
Concluyo, finalmente, que los poderes públicos pueden muy bien conservar ese derecho y
mantener seguro el Estado, a condición que se conceda a cada uno pensar lo que quiera y decir
lo que piensa
[12]
.
IV
He ahí, filósofo lector, los temas que someto a tu examen. Confío en que, por la
importancia y la utilidad del asunto, tanto de toda la obra como de cada capítulo, serán bien
acogidos. Aún añadiría otras muchas cosas, pero no quiero que este prefacio se convierta en un
volumen. Aparte de que lo más importante es, según creo, de sobra conocido por los filósofos.
Y, en cuanto a los demás, no tengo especial interés en encomendarles mi tratado, ya que no hay
nada que me haga esperar que les pueda agradar por algún motivo. Sé, en efecto, con qué
pertinacia se arraigan en la mente aquellos prejuicios que el alma ha abrazado bajo la apariencia
de la piedad. Sé también que es tan imposible que el vulgo se libere de la superstición como del
miedo. Y sé, finalmente, que la constancia del vulgo es la contumacia y que no se guía por la
razón, sino que se deja arrastrar por los impulsos, tanto para alabar como para vituperar. Por
consiguiente, no invito a leer esto ni al vulgo ni a todos aquellos que son víctimas de las mismas
pasiones; preferiría que olvidaran totalmente este libro, antes que verles ofendidos
interpretándolo perversamente, como suelen hacerlo todo. Pues, aparte de que ellos no sacarían
provecho alguno, servirían de obstáculo a otros, que filosofarían más libremente, si no se lo
dificultara el pensar que la razón debe ser sierva de la teología. A éstos, en efecto, estoy seguro
que esta obra les será sumamente útil.
Por lo demás, como quizá haya muchos que no tendrán ni tiempo ni ánimo para leerlo todo,
me siento obligado a advertir aquí, como haré al final de este tratado, que yo no escribo nada
que no lo someta gustosísimo al examen y al juicio de las supremas potestades de mi patria. Si
juzgaran, en efecto, que alguna de las cosas que digo se opone a las leyes patrias o que dificulta
la salvación pública, la doy desde ahora por no dicha. Sé que soy hombre y que he podido
equivocarme. Pero he puesto todo mi empeño en no equivocarme y, ante todo, en que cuanto
escribía estuviera absolutamente de acuerdo con las leyes de la patria, con la piedad y las buenas
costumbres
[13]
.
Capítulo I
x
De la profecía
x
I
La profecía o revelación es el conocimiento cierto de una cosa, revelado por Dios a los hombres. Y profeta es aquel que interpreta las cosas, por Dios reveladas, a aquellos que no pueden alcanzar un conocimiento cierto de ellas, sino que sólo pueden aceptarlas por simple fe. Entre los hebreos, en efecto, profeta se dice nabi [n1] , es decir, orador e intérprete; pero en la Escritura este término designa siempre intérprete de Dios, como se desprende de Éxodo, 7, 1, donde Dios dice a Moisés: He aquí que te constituyo Dios del faraón, y Aarón, tu hermano, será tu profeta. Como si dijera: puesto que Aarón, interpretando para el faraón lo que tú dices, hace el papel de profeta, tú serás como el Dios del faraón o quien hace para él las veces de Dios. De los profetas trataremos en el capítulo siguiente; en éste de la profecía [16].
De la definición que acabamos de dar, se sigue que el conocimiento natural se puede llamar
profecía. En efecto, las cosas que conocemos por la luz natural, dependen exclusivamente del
conocimiento de Dios y de sus eternos decretos. Pero, como este conocimiento natural es común
a todos los hombres, puesto que depende de fundamentos que son comunes a todos ellos, el
vulgo no lo estima tanto como al otro, ya que ansia siempre cosas raras y ajenas a su naturaleza
y desprecia los dones naturales; por eso, al hablar del conocimiento profético, excluye
expresamente de él el natural. Pero lo cierto es que se puede llamar conocimiento divino con el
mismo derecho que otro cualquiera, puesto que nos es dictado, por así decirlo, por la naturaleza
de Dios, en cuanto que participamos de ella, y por sus decretos. Por otra parte, el conocimiento
natural sólo se diferencia de aquel que todos llaman divino, en que éste tiene límites más
amplios y no puede ser efecto de las leyes de la naturaleza humana, considerada en sí misma;
pues, respecto a la certeza, que el conocimiento natural incluye, y al origen del que procede (es
decir, Dios), no desmerece nada del conocimiento profético. A menos que alguien pretenda
entender, o más bien soñar, que los profetas tuvieron sin duda un cuerpo humano, pero no un
alma (mens) humana y que, por eso mismo, sus sensaciones y su conciencia fueron de una
naturaleza totalmente distinta a la nuestra.
No obstante, aunque la ciencia natural sea divina, no se puede dar el nombre de profetas
[n2] a
los que la propagan, puesto que lo que ellos enseñan, pueden percibirlo y aceptarlo también los
demás hombres con igual certeza y dignidad, y no por simple fe.
Dado, pues, que nuestra alma, por el simple hecho de que contiene objetivamente, en sí
misma, la naturaleza de Dios, y participa de ella, tiene poder para formar ciertas nociones, que
explican la naturaleza de las cosas, y enseña la práctica de la vida, con razón podemos afirmar
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[17]
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que la naturaleza del alma, así concebida, es la primera causa de la divina revelación.
Efectivamente, todo lo que entendemos de forma clara y distinta, nos lo dicta, como acabamos
de indicar, la idea de Dios y su naturaleza; no con palabras, sin duda, sino de un modo más
excelente, que está en plena consonancia con la naturaleza del alma, como habrá experimentado
en sí mismo quienquiera que haya gustado la certeza del entendimiento
[17]
Pero, como mi objetivo principal es hablar únicamente de lo que sólo atañe a la Escritura,
baste con esta breve referencia a la luz natural. Paso, pues, a referirme a otras causas y medios,
mediante los cuales Dios revela a los hombres aquellas cosas que exceden los límites del
conocimiento natural y las que no los exceden también; ya que nada impide que Dios comunique
de otras formas a los hombres las mismas cosas que conocemos por la luz natural. Esto lo trataré
con más amplitud.
II
Ahora bien, cuanto se puede decir sobre este particular, debe extraerse sólo de la Escritura.
¿Pues qué podemos decir sobre cosas que exceden los límites de nuestro entendimiento, fuera de
lo que se nos transmite, de palabra o por escrito, a partir de los mismos profetas? Y, como hoy
no tenemos, que yo sepa, ningún profeta, no nos queda otro medio que repasar los sagrados
volúmenes
[18]
, que los profetas nos dejaron. Y con esta reserva; que no afirmemos nada sobre
esos temas ni atribuyamos nada a los profetas, que ellos mismos no hayan dictado con claridad.
En este sentido, hay que señalar, en primer lugar, que los judíos nunca mencionan las causas
intermedias o partículares ni se ocupan de ellas; sino que, por religión o piedad o (como suele
decir el vulgo) por devoción, siempre recurren a Dios. Y así, por ejemplo, si han ganado dinero
con el comercio, dicen que Dios se lo ha dado; e incluso, si piensan algo, dicen que Dios se lo ha
dicho. De ahí que no se puede tener por profecía y por conocimiento sobrenatural todo lo que la
Escritura dice que lo dijo Dios, sino tan sólo aquello que ella afirma expresamente que fue una
profecía o revelación, o lo que se sigue de las circunstancias mismas de la narración.
Efectivamente, si recorremos los sagrados volúmenes, veremos que todo cuanto Dios reveló
a los profetas, les fue revelado o con palabras o con figuras o de ambas formas a la vez, es decir,
con palabras y figuras. Las palabras y las figuras fueron verdaderas, es decir, algo exterior a la
imaginación del profeta que las vio u oyó, o imaginarias, en cuanto que la imaginación del
profeta estaba predispuesta, incluso durante la vigilia, a tener la clara impresión de que oía
palabras o veía algo.
Por ejemplo, la voz con que Dios reveló a Moisés las leyes que quería prescribir a los
hebreos, fue verdadera, como consta por Éxodo, 25,22, donde dice: Yo estaré allí esperándote y
hablaré contigo desde la parte de la cubierta
[19] que se halla entre los dos querubines. Esto
muestra que Dios utilizó una voz verdadera, puesto que Moisés hallaba allí, siempre que quería,
a Dios preparado para hablarle. Y, como demostraré después, sólo esta voz, con la que fue
anunciada la ley, fue una voz verdadera.
Me inclinaría a creer que la voz con que Dios llamó a Samuel, fue verdadera, porque en el
último versículo de 1 Samuel, 3 se dice: y Dios se apareció de nuevo a Samuel en Silo, porque
Dios se manifestó a Samuel en Silo por la palabra de Dios. Como si dijera que la aparición de
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Dios a Samuel consistió simplemente en que Dios se le manifestó con su palabra o que Samuel
oyó que Dios le hablaba. Sin embargo, como nos vemos forzados a distinguir entre la profecía
de Moisés y las de los otros profetas, tenemos que decir que esa voz oída por Samuel fue
imaginaria. Lo cual se puede colegir, además, del hecho de que dicha voz se le parecía a la voz
de Eli, que Samuel oía con mucha frecuencia y que, por tanto, también podía imaginar con más
rapidez. En efecto, después de ser llamado tres veces por Dios, Samuel sospechaba que le
llamaba Eli. La voz que oyó Abimelec fue imaginaria, ya que se dice en Génesis, 20, 6: y le dijo
Dios en sueños, etc. No fue, pues, despierto, sino solamente en sueños (es decir, en el momento
en que la imaginación está, por naturaleza, más predispuesta a imaginar cosas que no existen),
cuando pudo imaginar la voluntad de Dios.
En cuanto a las palabras del Decálogo, hay algunos judíos que opinan que no fueron
pronunciadas por Dios, sino que los israelitas sólo escucharon un ruido, que, por supuesto, no
profirió palabra alguna, y que, mientras duró ese ruido, percibieron con la pura mente los
preceptos del Decálogo
[20]
. Hubo una época, en que yo mismo albergué esa sospecha, ya que
veía que había ciertas variantes entre las palabras del Decálogo en el Éxodo y en el
Deuteronomio
[21]
; eso, en efecto, parece suponer (dado que Dios sólo habló una vez) que el
Decálogo no pretende enseñar las mismas palabras de Dios, sino únicamente su significado. No
obstante, si no queremos forzar la Escritura, hay que conceder, sin más, que los israelitas oyeron
una voz verdadera, ya que ella (Deuteronomio, 5, 4) dice expresamente: Dios ha hablado cara a
cara con vosotros, etc., es decir, lo mismo que dos hombres suelen comunicarse mutuamente sus
conceptos, mediante los cuerpos de ambos. De ahí que parece ser más acorde con la Escritura
que Dios haya creado realmente una voz, con la que él mismo reveló el Decálogo. En cuanto al
motivo por qué las palabras y los argumentos de una obra difieren de los de la otra, véase el
capítulo VIII.
Aunque la verdad es que ni así se elimina íntegramente la dificultad, ya que no parece muy
lógico afirmar que una cosa creada, dependiente de Dios lo mismo que las demás, pudiera
expresar real o verbalmente la esencia o la existencia de Dios o explicarla a través de su persona,
diciendo en primera persona «yo soy Jehová, tu Dios», etc. En efecto, cuando alguien dice con
la boca: yo entendí, nadie cree que fue la boca, sino solamente la mente del que lo dice, la que
entendió eso; pero, como la boca está en relación con la naturaleza del hombre que habla, y
como, además, aquél a quien se dice eso, ya había percibido la naturaleza del entendimiento, al
que escucha le resulta fácil comprender la mente del que habla, comparándola consigo mismo.
Yo no veo, en cambio, cómo quienes no conocían nada de Dios, excepto el nombre, y deseaban
hablar con él para cerciorarse de su existencia, pudieron ver satisfecha su petición a través de
una creatura (que no tiene con Dios más relación que las demás cosas creadas y no pertenece a
la naturaleza divina), que les dijera «yo soy Dios». Yo me pregunto: si Dios hubiera
contorsionado los labios de Moisés (¡qué digo de Moisés!, de una bestia cualquiera) para que
pronunciaran y dijeran esas mismas palabras, «yo soy Dios», ¿hubieran entendido así los
israelitas la existencia de Dios?
[22]
Lo cierto es que la Escritura parece indicar claramente que fue Dios quien habló (con ese fin
habría bajado del cielo sobre el monte Sinaí) y que no sólo lo oyeron hablar los judíos, sino que
los magnates incluso lo vieron (véase Éxodo, 24). La misma ley, revelada a Moisés, a la que no
era lícito ni añadir ni quitar nada y que constituía como el derecho nacional, nunca nos mandó
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creer que Dios es incorpóreo y que no tiene ninguna imagen o figura, sino únicamente que Dios
existe y que creamos en él y lo adoremos; y, para que los israelitas no se apartaran de su culto,
les prohibió representarlo con cualquier figura, ficticia o real. Porque, no habiendo ellos visto
ninguna imagen de Dios, no podían hacer ninguna que representara a Dios, sino a otra cosa
creada, que habían visto realmente. De ahí que, si adoraran a Dios a través de esa imagen, no
pensarían en Dios, sino en la cosa que aquella imagen representaba, con lo que terminarían
atribuyendo a ese objeto el honor y el culto de Dios. Aún más, la Escritura indica claramente que
Dios tiene figura y que Moisés dirigió a ella su mirada, mientras escuchaba a Dios que le
hablaba, pero que sólo consiguió ver su parte posterior
[23]
. No me cabe, pues, la menor duda de
que aquí se oculta algún misterio, del que hablaremos más largamente después
[24]
. Ahora
continuaré indicando los pasajes de la Escritura que muestran los medios con los que Dios
reveló sus decretos a los hombres.
Que la revelación se efectuó por medio de simples imágenes, está claro por 1
Paralipómenos, 21, donde Dios mostró a David su ira por medio de un ángel que tenía una
espada en su mano. Y lo mismo en el caso de Balaán
[25]
. Y, aunque Maimónides
[26] y otros
pretenden que esta historia y todas las que narran la aparición de algún ángel (como la de
Manué, la de Abraham, en que pensaba inmolar a su hijo, etc.)
[27]
, sucedieron en sueños, y
niegan que alguien haya podido ver, en estado de vigilia, a un ángel, todo eso es palabrería, ya
que esos tales sólo han intentado arrancar de la Escritura las bagatelas aristotélicas y sus propias
ficciones. A mi entender, no hay cosa más ridícula. No fue, en cambio, con imágenes reales, sino
producidas exclusivamente por la imaginación del profeta, como reveló Dios a José su futura
supremacía
[28]
.
Por medio de imágenes y de palabras reveló Dios a Josué que él lucharía por los israelitas,
pues le mostró un ángel con una espada, cual jefe del ejército, tal como le había dicho también
con palabras, y como el mismo Josué había sabido por el ángel
[29]
. También a Isaías (tal como se
dice en Isaías, 6) se le presentó a través de figuras que la providencia de Dios abandonaba al
pueblo, pues imaginó a Dios, tres veces Santo, sobre un trono altísimo y a los israelitas
manchados con el fango de sus pecados y como hundidos en el estiércol, es decir, sumamente
alejados de Dios. Con esas imágenes comprendió el miserable estado actual del pueblo; en
cambio, sus futuras calamidades le fueron reveladas mediante palabras, que le parecieron
pronunciadas por Dios. Podría aducir muchos ejemplos de las Sagradas Escrituras, similares a
éste, pero pienso que son de todos suficientemente conocidos.
Todo lo anterior está confirmado, con mayor claridad, por un texto de Números, 12,6-7, que
reza así: si alguno de vosotros fuera un profeta de Dios, me revelaré a él en una visión (es decir,
mediante figuras y jeroglíficos, puesto que la visión de Moisés dice que fue una visión sin
jeroglíficos); le hablaré en sueños (es decir, no con palabras reales y con una voz verdadera).
Pero no así (me revelo) a Moisés; a él le hablo boca a boca y durante una visión, y no a través
de enigmas, y él contempla la imagen de Dios (es decir, él habla conmigo, mirándome, como un
compañero, y no aterrado, como consta en Éxodo, 33,11). No cabe duda, pues, de que los demás
profetas no oyeron una voz verdadera. Lo cual se confirma, además, por Deuteronomio, 34,10,
donde se dice: nunca existió (propiamente surgió) en Israel profeta como Moisés, a quien Dios
conoció cara a cara
[30]
(esto hay que referirlo solamente a la voz, ya que tampoco Moisés había
visto nunca el rostro de Dios: Éxodo, 33).
Yo no hallo en las Sagradas Escrituras ningún otro medio, aparte de los señalados
[31]
, por los
que se haya comunicado Dios a los hombres. Por consiguiente, como ya antes hemos dicho, no
hay que inventar otros ni admitirlos. Y, aunque entendemos claramente que Dios puede
comunicarse inmediatamente a los hombres, puesto que, sin acudir a ningún medio corpóreo,
comunica su esencia a nuestra alma; no obstante, para que un hombre percibiera con su sola
mente algo, que no está contenido en los primeros fundamentos de nuestro conocimiento ni
puede deducirse de ellos, su alma debería ser necesariamente más poderosa y mucho más
excelente que la humana.
No creo, pues, que ningún otro haya llegado a tanta perfección, por encima de los demás, a
excepción de Cristo; pues a él le fueron revelados los designios de Dios, que conducen los
hombres a la salvación, sin palabras ni visiones, sino inmediatamente; hasta el punto de que
Dios se manifestó a los apóstoles a través de la mente de Cristo, como en otro tiempo a Moisés
por medio de una voz aérea. Por eso, la voz de Cristo, al igual que aquella que oyera Moisés,
puede llamarse la voz de Dios. En este sentido, también podemos decir que la sabiduría de Dios,
es decir, una sabiduría que está por encima de la humana, ha asumido en Cristo la naturaleza
humana y que Cristo ha sido la vía de salvación.
No obstante, es necesario advertir aquí que yo no me refiero para nada a lo que ciertas
iglesias afirman de Cristo; ni tampoco lo niego, pues confieso gustosamente que no lo entiendo.
Lo que acabo de decir, lo conjeturo por la misma Escritura. Pues en ninguna parte he leído que
Dios se apareciese a Cristo o que hablara con él, sino que Dios se reveló a los apóstoles por
medio de Cristo, que éste es el camino de la salvación y, finalmente, que la antigua ley fue
entregada por medio de un ángel y no inmediatamente por Dios, etc. De ahí que, si Moisés
hablaba con Dios cara a cara, como un hombre con su compañero (es decir, mediante dos
cuerpos), Cristo se comunicó más bien con Dios de alma a alma (mens)
[32].
Afirmamos, pues, que, aparte de Cristo, nadie ha recibido las revelaciones de Dios, sino con
ayuda de la imaginación, es decir, mediante el auxilio de palabras o imágenes, y que, por lo
mismo, para profetizar no se requiere un alma más perfecta, sino una imaginación más viva,
como explicaré de forma más clara en el siguiente capítulo.
III
Ahora debemos investigar qué entienden las Escrituras por espíritu de Dios infundido a los
profetas o al decir que los profetas hablaban impulsados por el espíritu de Dios
[33]
. Para
averiguarlo, hay que preguntarse primero qué significa la palabra hebrea ruagh, que el vulgo
interpreta por espíritu.
El término ruagh, en su sentido original, significa, como es sabido, viento; pero se usa con
gran frecuencia para significar otras muchas cosas, todas ellas derivadas de la primera. Y así, por
ejemplo, se emplea para indicar:
1.º aliento, como en Salmos, 135,17: ni espíritu hay en su boca;
2.º ánimo o respiración, como en 1 Samuel, 30,12: y le volvió el espíritu, es decir, respiró; a
partir de ahí,
3.º valentía y fuerzas, como en Josué, 2,11: después ya no hubo espíritu en ningún varón; y
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también en Ezequiel, 2,2: y me vino el espíritu (o la fuerza) que me permitió sostenerme sobre
mis pies;
5.º opinión del alma (animi), como en Números, 14, 24: porque tuvo otro espíritu, es decir,
otra opinión del alma u otra mente. Igualmente, en Proverbios, 1,23: os expresaré mi espíritu (es
decir, mi mente). Y en este sentido, se usa para significar voluntad o decreto, apetito o impulso
del ánimo, como en Ezequiel, 1,12: a donde tenían espíritu (o voluntad) de ir, iban. Y también,
en Isaías, 30,1: y para fundir la fusión, y no por mi espíritu; y en 29, 10: porque Dios derramó
sobre ellos el espíritu (es decir, el apetito) de dormir. También en Jueces, 8,3: entonces se mitigó
su espíritu (o ímpetu). Lo mismo, en Proverbios, 16, 32: quien domina su espíritu (o apetito),
más que quien toma una ciudad; y en 25,28: el hombre que no contiene su espíritu. Y en Isaías,
33,11: vuestro espíritu es fuego que os consume. Por lo demás, el término ruagh, en cuanto
significa alma (animus), sirve para expresar todas sus pasiones e incluso sus cualidades; y así,
por ejemplo, espíritu alto significa la soberbia; espíritu bajo, la humildad; espíritu malo, el odio
y la melancolía; espíritu bueno, la benignidad; espíritu de celos, espíritu (o deseo) de
fornicaciones; espíritu de sabiduría, de consejo, de fortaleza equivalen (ya que en hebreo
usamos con más frecuencia los sustantivos que los adjetivos) a alma sabia, prudente, fuerte o a
la virtud de la sabiduría, del consejo o de la fortaleza; espíritu de benevolencia, etc.;4.º virtud y aptitud, como en Job, 32,8: ciertamente que el espíritu mismo está en el hombre;
es decir, que la ciencia no hay que buscarla precisamente en los ancianos, puesto que constato
que depende de la virtud y capacidad propia de cada hombre. Y lo mismo en Números, 27,18: un
hombre en el que hay espíritu;
6.º ruagh significa también la misma mente o alma (animam), como en Eclesiastés, 3,19: el
espíritu (o alma) es el mismo para todos, y en 12,7: y el espíritu vuelve a Dios;
7.º significa, finalmente, las partes del mundo (por los vientos que de ellas soplan) e incluso
los lados de cualquier cosa que miran a esas partes del mundo: véase Ezequiel, 37,9 y 42,16-9,
etc.
Hay que señalar, además, que una cosa se refiere a Dios y se dice ser de Dios por las razones
siguientes:
1.º porque pertenece a la naturaleza de Dios y es como una parte suya, como cuando se dice:
poder de Dios, ojos de Dios;
2.º porque está bajo el poder de Dios y actúa según su voluntad; así en los libros sagrados los
cielos se llaman cielos de Dios, porque son su carro y su morada, y Asiría se llama azote de Dios
y Nabucodonosor, siervo de Dios, etc.;
3.º porque está dedicada a Dios, como el templo de Dios, el nazareno de Dios, el pan de
Dios, etc.;
4.º porque ha sido transmitida por los profetas, y no revelada por la luz natural: por eso a la
ley de Moisés se le llama la ley de Dios;
5.º porque expresa una cosa en grado superlativo, como montes de Dios, es decir, unos
montes altísimos; sueño de Dios, un sueño profundísimo, en cuyo sentido hay que entender
Amos, 4,11, donde el mismo Dios habla así: os he destruido como la destrucción de Dios
(destruye) a Sodoma y Gomorra; es decir, como aquella célebre destrucción; pues, como es el
mismo Dios el que habla, no se puede explicar correctamente el texto de otra forma. También la
ciencia natural de Salomón se llama ciencia de Dios, es decir, ciencia divina o superior a la
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[25]
ordinaria; igualmente, en los Salmos se dice cedros de Dios a fin de expresar su altura
excepcional; y en 1 Samuel, 11,7 para indicar un miedo extraordinario, se dice: y cayó sobre el
pueblo el miedo de Dios.
En este sentido, los judíos solían referir a Dios todas aquellas cosas que superaban su
capacidad y cuyas causas naturales ignoraban en aquella época. Y por eso, a la tempestad la
llamaban increpación de Dios, y a los truenos y relámpagos, saetas de Dios. Pensaban, en
efecto, que Dios tenía los vientos encerrados en cavernas, que llamaban tesorerías de Dios; pero
se diferenciaban de los gentiles en que no era Eolo, sino Dios el que gobernaba los vientos. Por
este mismo motivo, los milagros se llaman obras de Dios, es decir, obras asombrosas; puesto
que, en realidad, todas las cosas naturales son obras de Dios y sólo existen y actúan por el poder
divino. Es, pues, en este sentido en el que el salmista llama a los milagros de Egipto poderes de
Dios; porque, cuando los hebreos se hallaban en sumo peligro y no podían esperar nada similar,
les abrieron el camino hacia su salvación, suscitando su máxima admiración.
Si las obras insólitas de la naturaleza se llaman obras de Dios y los árboles de una altura
insólita se llaman árboles de Dios, no hay que sorprenderse de que en el Génesis se llame hijos
de Dios a los hombres de gran fortaleza y colosal estatura, aunque fueran hombres impíos, que
practicaban el rapto y la prostitución
[34]
. De ahí que los antiguos, y no sólo los judíos, sino
también los paganos, solían referir a Dios absolutamente todo aquello por lo que alguien
superaba a los demás. Y así el faraón, después de escuchar la interpretación de su sueño, dijo
que en José estaba el espíritu de los dioses
[35]
, y también Nabucodonosor dijo a Daniel que él
poseía el espíritu de los dioses santos
[36]
.
Entre los mismos latinos, nada era más frecuente que decir, de un objeto fabricado con gran
arte, que estaba hecho con mano divina; si quisiéramos traducirlo al hebreo, habría que decir,
como saben los hebraizantes: fabricado por la mano de Dios.
Con estas aclaraciones, es fácil entender y explicar los pasajes de la Escritura en los que se
hace mención del espíritu de Dios. En efecto, espíritu de Dios, espíritu de jehová no significa,
en algunos lugares, sino un viento muy fuerte, muy seco y fatal. Por ejemplo, en Isaías, 40,7: el
viento de Jehová sopló sobre él, es decir, un viento muy seco y fatal; y en Génesis, 1,2: y el
viento de Dios (o un viento fortísimo) se movía sobre las aguas. Significa, además, gran ánimo,
y así el ánimo de Gedeón y de Sansón se denomina en las Sagradas Escrituras espíritu de
Dios
[37]
, es decir, un ánimo sumamente audaz y dispuesto a cualquier cosa. Igualmente, toda
virtud o fuerza superior a lo habitual se llama espíritu o virtud de Dios, como por ejemplo en
Éxodo, 31,3: lo llenaré (a Besalel) del espíritu de Dios, es decir, como la misma Escritura lo
explica, de un ingenio y de una destreza superiores a las que caen en suerte al común de los
hombres; y lo mismo en Isaías, 11,2: y reposará sobre él el espíritu de Dios, es decir, como
explica a continuación el mismo profeta con todo detalle (siguiendo una costumbre muy
corriente en las Sagradas Escrituras), la virtud de la sabiduría, del consejo, de la fortaleza, etc. Y
también la melancolía de Saúl es llamada espíritu malo de Dios, es decir, melancolía
profundísima: en efecto, los esclavos de Saúl, que decían que su melancolía era melancolía de
Dios, fueron quienes hicieron que él llamara a su lado a un músico que lo distrajera tocando la
flauta, lo cual demuestra que, por melancolía de Dios, entendían ellos una melancolía natural
[38]
.
Con la expresión espíritu de Dios se designa, además, la misma alma (mens) humana, como
en Job, 27,3: y el espíritu de Dios en mis narices, aludiendo a lo que se narra en el Génesis: que
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Dios infundió un alma (anima) de vida en las narices del hombre
[39]
; también en Ezequiel, 37,14
(refiriéndose proféticamente a los muertos) se dice: y os daré mi espíritu y viviréis, es decir, os
devolveré la vida; y, en este mismo sentido, se dice en Job, 34,14; si quiere (Dios), recogerá
para sí su espíritu (es decir, la mente que nos dio) y su alma (anima). Así hay que entender
también Génesis, 6, 3: mi espíritu no razonará (es decir, no discernirá) jamás en el hombre,
porque es carne: es decir, en adelante, el hombre actuará según las decisiones de la carne y no de
la mente que le he dado para que discerniera el bien; e igualmente en Salmos, 51, 12-13: créame,
oh Dios, un corazón puro y renueva en mí un espíritu (esto es, un apetito) decente (o moderado)
y no me deseches de tu presencia ni me quites el alma (mens) de tu santidad. Como los israelitas
creían que los pecados sólo procedían de la carne y que, en cambio, el alma aconsejaba
exclusivamente el bien, por eso el salmista invoca el auxilio de Dios contra el apetito de la
carne, mientras que pide al Dios santo que simplemente le conserve el alma (mens) que él le ha
dado.
Ahora bien, la Escritura suele pintar a Dios a imagen del hombre y atribuirle alma (mens),
ánimo, afectos e incluso cuerpo y aliento, a causa de la débil inteligencia del vulgo. De ahí que
la expresión espíritu de Dios la utiliza con frecuencia en el sentido de alma (mens), es decir, de
ánimo, afecto, fuerza y aliento de la boca de Dios. Y así, en Isaías, 40,13, se dice: ¿quién
dispuso el espíritu, o sea, el alma (mens) de Dios?; es decir, ¿quién, sino el mismo Dios,
determinó su mente a querer algo? Y más adelante (63,10): y ellos causaron amargura y tristeza
al espíritu de su santidad. De ahí que esa expresión se utiliza también para designar la ley de
Moisés, porque explica, por así decirlo, la mente de Dios, como lo dice el mismo Isaías, 63, 11:
¿en dónde está el que puso entre ellos el espíritu de su santidad?, es decir, la ley de Moisés,
como claramente se desprende de todo el contexto. Y Nehemías, 9,20: y tú les has dado tu buen
espíritu (o tu mente) para hacerlos entender; de hecho, está hablando del tiempo de la Ley, al
que también alude el Deuteronomio, 4, 6, donde dice Moisés: porque ella (la Ley) es vuestra
ciencia y prudencia, etc. Lo mismo se dice en Salmos, 143,10: tu mente buena me conducirá a
la tierra llana, es decir, tu mente, a nosotros revelada, me llevará al recto camino.
Espíritu de Dios significa también, como hemos dicho, el aliento de Dios, que también se
atribuye en la Escritura a Dios, aunque impropiamente, como la mente, el ánimo y el cuerpo; por
ejemplo, en Salmos, 33,6. Significa, además, el poder, la fuerza o virtud de Dios, como en Job,
33,4: el espíritu de Dios me hizo, es decir, la virtud o poder de Dios o, si se prefiere, su decreto,
ya que el salmista añade, en términos poéticos, que los cielos fueron hechos por mandato de
Dios, y con el hálito de su boca (esto es, por su decreto, como emitido con un soplo) todos sus
ejércitos
[40]
. Igualmente, en Salmos, 139, 7: ¿a dónde iré (para estar) fuera de tu espíritu o a
dónde huiré (para estar) fuera de tu mirada?; lo cual significa, tal como se ve por lo que el
mismo salmista explica a continuación: ¿a dónde puedo yo ir, que esté fuera de tu poder y de tu
presencia?
Finalmente, espíritu de Dios se usa en las Sagradas Escrituras para expresar los afectos
anímicos de Dios, a saber, su benignidad y misericordia, como en Miqueas, 2, 7: ¿ha disminuido
acaso el espíritu de Dios (esto es, su misericordia) y son éstas (entiéndase crueles) sus obras? E
igualmente en Zacarías, 4,6: no con un ejército ni con la fuerza, sino únicamente con mi
espíritu, es decir, tan sólo con mi misericordia. Creo que en este sentido hay que interpretar
también el texto del mismo profeta (7, 12): se han forjado un corazón cauto para no obedecer a
27
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[28]
la ley y a los mandatos que Dios les envió por su espíritu (es decir, por su misericordia) a través
de los primeros profetas. En este mismo sentido, dice Ageo, 2,5: mi espíritu (o mi gracia)
permanece entre vosotros, no temáis.
En cambio, Isaías, 48,16: pero ahora me ha enviado el Señor Dios y su espíritu, se puede
entender (traduciendo espíritu) por ánimo o misericordia de Dios o también por su mente
revelada en la Ley. En efecto, el mismo texto añade: desde un principio (es decir, cuando vine a
vosotros por primera vez para anunciaros la ira de Dios y la sentencia que él había pronunciado
contra vosotros) os he hablado sin rodeos; en el mismo momento en que fue (pronunciada), me
presenté (como ha acreditado en el capítulo 7); mas ahora soy mensajero feliz, enviado por la
misericordia de Dios para cantar vuestra restauración. Pero ese texto también se puede entender
(traduciendo espíritu), como hemos dicho, por mente de Dios revelada en la Ley; es decir, que él
también viene a ellos por mandato de la Ley (Levítico, 19,17), esto es, para amonestarles. Y por
eso, les amonesta en las mismas condiciones y del mismo modo que solía hacerlo Moisés, y
finaliza, como también hiciera Moisés, predicando su restauración. No obstante, la primera
explicación me parece más coherente.
Volviendo ya a nuestro tema, veamos cómo a partir de cuanto precede se pueden entender sin
dificultad las siguientes expresiones de la Escritura: el profeta tenía el espíritu de Dios, Dios
infundió su espíritu a los hombres, los hombres están repletos del espíritu de Dios o del Espíritu
Santo, etc.
[41] No significan otra cosa, en efecto, sino que los profetas poseían una singular
virtud, superior a la corriente
[n3]
, y que practicaban la piedad con una admirable constancia de
ánimo. Significan, además, que percibían la mente o juicio de Dios; efectivamente, hemos
mostrado cómo espíritu significa en hebreo tanto la mente como el juicio de la mente y que, por
este motivo, la misma Ley se llamaba espíritu o mente de Dios, porque explicaba la mente de
Dios. De ahí que también la imaginación de los profetas, en cuanto por ella se revelaban los
decretos de Dios, se podía llamar, y con el mismo derecho, mente de Dios, y se podía decir que
los profetas habían tenido la mente de Dios. Y, aunque la mente de Dios y sus eternos juicios
también están inscritos en nuestra mente y, por consiguiente, también nosotros percibimos (para
hablar como la Escritura) la mente de Dios; no obstante, como el conocimiento natural es común
a todos, no es tan estimado, como ya hemos dicho
[42]
, por los hombres, y particularmente por los
hebreos, que se jactaban de ser superiores a los demás y solían despreciar a todos y, en
consecuencia, la ciencia común a todos los hombres. Finalmente, se decía que los profetas tenían
el espíritu de Dios, porque, como los hombres ignoraban las causas del conocimiento profético,
lo admiraban; de ahí que lo referían a Dios, igual que los demás prodigios, y solían llamarlo
conocimiento de Dios.
Por consiguiente, ya podemos afirmar sin escrúpulos que los profetas no han percibido las
revelaciones de Dios, sino en virtud de su imaginación, es decir, mediante palabras o imágenes,
reales o imaginarias. Pues, no hallando en la Escritura ningún otro medio, aparte de éstos, no
debemos, como ya hemos dicho
[43]
, inventarlos. Confieso, sin embargo, que yo ignoro según
qué leyes de la naturaleza se haya realizado eso. Pudiera haber dicho, como otros, que tal
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percepción fue causada por el poder divino; pero me parecería pura palabrería. Sería como
pretender explicar, acudiendo a un término transcendental, la forma de una cosa singular. ¿O es
que no han sido hechas todas las cosas por el poder de Dios? Aún más, puesto que el poder de la
naturaleza no es sino el mismo poder de Dios, es evidente que, en la misma medida en que
ignoramos las causas naturales, no comprendemos tampoco el poder divino. Es, pues, de necios
acudir a ese poder divino, cuando desconocemos la causa natural de una cosa, es decir, ese
mismo poder divino. Pero, la verdad es que no necesitamos ya saber la causa del conocimiento
profético, puesto que, como ya he señalado, aquí sólo nos proponemos investigar los
documentos de la Escritura, para extraer de ellos, como si fueran datos naturales, nuestras
conclusiones. En cuanto a las causas de tales documentos, no nos importan
[44]
.
Dado, pues, que los profetas percibieron las revelaciones de Dios en virtud de su
imaginación, no cabe duda de que pudieron percibir muchas cosas que caen fuera de los límites
del entendimiento. Porque a partir de palabras y de imágenes se pueden formar muchas más
ideas que a partir de los solos principios y nociones, sobre los que se levanta todo el edificio de
nuestro conocimiento natural.
Por lo anterior, se ve también por qué los profetas percibieron y enseñaron casi todas las
cosas en forma de parábolas y en términos enigmáticos, y por qué expresaron todas las cosas
espirituales corporalmente: porque todo ello está en perfecta consonancia con la naturaleza de la
imaginación. No nos sorprenderá, por tanto, que la Escritura o los profetas hablen tan impropia y
oscuramente acerca del espíritu o mente de Dios, como se hace en Números, 11,17 y en 1 Reyes,
22,21, etc. Ni tampoco que Miqueas hubiera visto a Dios sentado, Daniel como un anciano
vestido de blanco, y Ezequiel como un fuego; ni que los seguidores de Cristo vieran al Espíritu
Santo en forma de una paloma que baja, y los apóstoles en forma de lenguas de fuego; y,
finalmente, que Pablo
[45]
, inmediatamente antes de su conversión, viera una gran luz. Todas
estas expresiones, en efecto, están totalmente acordes con las imaginaciones vulgares acerca de
Dios y de los espíritus.
Finalmente, como la imaginación es vaga e inconstante, la profecía no permanecía largo
tiempo en los profetas ni era frecuente, sino sumamente rara, es decir, que se daba en muy pocos
hombres e, incluso en éstos, muy raras veces.
Si cuanto acabamos de decir es cierto, nos vemos obligados a investigar de dónde pudo
provenir a los profetas la certeza de las cosas que sólo percibían por la imaginación y no a partir
de principios intelectuales ciertos. Pero, cuanto se pueda decir, también a este respecto, hay que
sacarlo de la Escritura, puesto que, como ya hemos dicho, no tenemos una verdadera ciencia
acerca de este asunto, es decir, que no la podemos explicar por sus primeras causas. Ahora bien,
en el siguiente capítulo, que he dedicado a los profetas, expondré qué enseña la Escritura sobre
la certeza profética.
Capítulo II
De los profetas
x
I
Del capítulo precedente se sigue, como ya hemos indicado, que los profetas no estaban
dotados de una mente más perfecta, sino de una potencia imaginativa más vigorosa
[46]
. Las
Escrituras, en sus relatos, dan abundantes pruebas de ello. Salomón, por ejemplo, superó
claramente a los demás por su sabiduría, pero no por el don profético. Igualmente, aquellos
prudentísimos varones Hernán, Darda y Calcol
[47] no fueron profetas; en cambio, hombres
incultos y sin formación alguna, e incluso mujercillas, como Agar, la esclava de Abraham,
poseyeron el don profético
[48]
. Lo cual está, además, de acuerdo con la experiencia y con la
razón, ya que quienes más descuellan por su imaginación, tienen menos aptitudes para el
conocimiento puramente intelectual; y, por el contrario, quienes destacan por su inteligencia y la
cultivan al máximo, tienen el poder de imaginar más moderado y más controlado, como si lo
sujetaran con un freno para que no se confunda con el entendimiento. Por consiguiente, quienes
se empeñan en descubrir en los libros proféticos la sabiduría y el conocimiento de las cosas
naturales y espirituales, se equivocan totalmente de camino.
Esto es lo que, respondiendo a las exigencias de la época, de la filosofía y del asunto mismo,
he decidido demostrar aquí ampliamente, sin inquietarme demasiado de los gritos de la
superstición, cuyo máximo odio se dirige contra quienes cultivan la verdadera ciencia y
practican la verdadera vida. Por desgracia, las cosas han llegado a tal extremo, que quienes
reconocen abiertamente que no tienen idea de Dios ni le conocen más que por las cosas creadas
(cuyas causas ignoran), no se ruborizan de acusar a los filósofos de ateísmo.
Pero, a fin de proceder con orden en mi demostración, mostraré que las profecías han
variado, no sólo según la imaginación y el temperamento corporal de cada profeta, sino también
según las opiniones de que habían estado imbuidos, y que por tanto la profecía nunca hizo más
doctos a los profetas, como enseguida explicaré con más detalle. Pero antes hay que tratar de la
certeza de los profetas; porque, aparte de pertenecer al tema de este capítulo, nos ayudará un
poco a demostrar lo que nos proponemos
[49]
.
La simple imaginación no implica por su naturaleza, como toda idea clara y distinta, la
certeza; por el contrario, para que podamos estar ciertos de las cosas que imaginamos, hay que
añadirles algo, a saber, el raciocinio. De ahí que la profecía no puede llevar consigo la certeza,
puesto que, como hemos demostrado, sólo dependía de la imaginación. Y por eso, los profetas
no estaban seguros de la revelación de Dios por la misma revelación, sino por algún signo, como
se ve en el caso de Abraham (Génesis, 15,8), que, después de oír la promesa de Dios, pidió un
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[32]
signo. Sin duda que él creía en Dios y no le pidió una señal para tener fe en él, sino para
cerciorarse de que era Dios quien le hacía la promesa. Y eso mismo consta, con mayor claridad
todavía, en el caso de Gedeón, que le dice a Dios: y hazme una señal (para que sepa) que tú
hablas conmigo (Jueces, 6,17). También a Moisés le dice Dios: y que ésta (sea) la señal de que
te he enviado
[50]
. Ezequías, que sabía, desde hacía tiempo, que Isaías era profeta, pidió un signo
de su profecía, por la que le predecía su curación
[51]
. Todo esto prueba que los profetas siempre
tuvieron alguna señal por la que se cercioraban de las cosas que imaginaban en sus profecías. Y
por eso, manda Moisés (Deuteronomio, 18, versículo último) que pidan al profeta un signo, a
saber, el cumplimiento de algún hecho futuro.
Por consiguiente, la profecía es inferior, en este sentido, al conocimiento natural, que no
necesita signo alguno, sino que implica por sí mismo la certeza. En efecto, la certeza profética
no era matemática, sino tan sólo moral, tal como consta por la misma Escritura. Y así, Moisés
advierte (Deuteronomio, 13) que, si algún profeta pretende enseñar nuevos Dioses, aunque
confirme con signos y milagros su doctrina, sea condenado a muerte. Porque, como el mismo
Moisés sigue diciendo, Dios también hace signos y milagros para tentar al pueblo. Y esto mismo
les advirtió también Cristo a sus discípulos, como consta por Mateo, 24,24. Aún más, Ezequiel,
14, 9, enseña claramente que Dios engaña a veces a los hombres con falsas revelaciones, ya que
dice: y cuando un profeta (es decir, falso) es inducido a error y pronuncia alguna palabra, soy
yo, el Señor, quien indujo a ese profeta. Y lo mismo atestigua Miqueas (1 Reyes, 22,23) acerca
de los profetas de Ajab.
Y, aunque esto parece mostrar que la profecía y la revelación es algo sumamente dudoso,
posee, no obstante, como hemos dicho, gran certeza. Dios, en efecto, nunca engaña a los
piadosos y a los elegidos, sino que, conforme a aquel antiguo proverbio (ver 1 Samuel, 24,14) y
como consta por la historia de Abigail y de su súplica
[52]
, Dios se sirve de los piadosos como de
instrumentos de su piedad y de los impíos como de ejecutores y medios de su ira. Lo cual consta
clarísimamente también por el caso de Miqueas que acabamos de citar: aunque Dios había
decidido engañar a Ajab por medio de los profetas, sólo se sirvió para ello de falsos profetas,
mientras que al profeta piadoso le reveló la cosa tal como era y no le prohibió predecir la verdad.
Pese a ello, la certeza del profeta era, como he dicho, tan sólo moral, puesto que nadie puede
justificarse ante Dios ni jactarse de ser instrumento de su piedad. De hecho, la misma Escritura
lo enseña y da prueba efectiva de ello
[53]
: la ira de Dios indujo a David a que censara al pueblo,
pese a que la Escritura da abundantes testimonios de su piedad.
Toda la certeza profética se funda, pues, en estas tres cosas: 1) en que imaginaban las cosas
reveladas con una gran viveza, como aquélla con que suelen afectarnos los objetos en estado de
vigilia; 2) en un signo; 3) y, por fin y principalmente, en que tenían su ánimo únicamente
inclinado a lo justo y a lo bueno. Y, aunque la Escritura no siempre hace mención del signo, hay
que creer, sin embargo, que los profetas siempre lo tuvieron; porque la Escritura no suele referir
siempre (como ya muchos han señalado)
[54]
todas las condiciones y circunstancias, sino
suponerlas más bien como ya conocidas. Podemos conceder, además, que los profetas que no
profetizaban nada nuevo, sino tan sólo lo que está contenido en la ley de Moisés, no tuvieron
necesidad de signo, puesto que estaban avalados por la Ley. Y así, por ejemplo, la profecía de
Jeremías sobre la destrucción de Jerusalén estaba confirmada por las profecías de los demás
profetas y por las amenazas de la Ley, y no exigía, por tanto, ningún signo
[55]
. En cambio,
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[33]
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Ananías, que anunciaba, contra todos los profetas, la pronta restauración de la ciudad, requería
necesariamente un signo; de lo contrario, debería dudar de su profecía, mientras ésta no fuera
confirmada por el acontecimiento de la cosa por él predicha (ver Jeremías, 28,9).
Por consiguiente, la certeza que los profetas extraían de signos, no era matemática (es decir,
aquella que se sigue de la necesidad inherente a la percepción de la cosa percibida o vista), sino
simplemente moral; y los signos sólo eran concedidos a fin de persuadir al profeta. De donde se
sigue que esos signos fueron dados según las opiniones y la capacidad de los profetas; de suerte
que el signo que a un profeta le cercioraba de su profecía, podría no convencer en absoluto a
otro imbuido de opiniones distintas. Por este motivo, los signos eran distintos para cada profeta;
como lo era también, según hemos dicho, la misma revelación, puesto que variaba según la
disposición de su temperamento corporal y de su imaginación, y según las opiniones que antes
hubiera adoptado.
En relación al temperamento, la revelación variaba del modo siguiente. Si el profeta era
alegre, se le revelaban las victorias, la paz y cuantas cosas despiertan alegría en los hombres; en
cambio, si era triste, se le revelaban guerras, suplicios y todos los males; y así, según que el
profeta fuera compasivo, afable, colérico, severo, etc., era más o menos apto para unas u otras
revelaciones. Las variaciones respecto a la imaginación consisten en que, si el profeta era
elegante, también percibía la mente de Dios en un estilo elegante, y si era confuso, la percibía
confusamente; y esto es aplicable a todas las revelaciones que se le representaban a través de
imágenes: es decir, que, si el profeta era campesino, se le representaban bueyes y vacas, etc.; si
era militar, jefes y ejércitos; y, en fin, si era cortesano, se le representaba el solio regio y cosas
similares. La profecía variaba, finalmente, según las diversas opiniones de los profetas. Por eso,
a los magos (ver Mateo, 2), que daban crédito a los juegos de la astrología, se les reveló el
nacimiento de Cristo por la imaginación de una estrella surgida en Oriente; a los augures de
Nabucodonosor se les reveló en las entrañas de las víctimas (ver Ezequiel, 21,26) la destrucción
de Jerusalén, que el mismo rey conoció por los oráculos y por la dirección de las saetas que él
lanzó al aire; y a los profetas que creían que los hombres actúan por libre elección y por su
propio poder, se les reveló Dios como indiferente y como si desconociera las acciones humanas
futuras. Pasemos, pues, a demostrar todo esto, punto por punto, a partir de la Escritura.
El primer punto consta por aquel caso de Elíseo (ver 2 Reyes, 3,15), cuando, para profetizar
a Joram, pidió un instrumento musical y no logró percibir la mente de Dios hasta que se deleitó
con su música; sólo entonces predijo a Joram y sus compañeros cosas alegres, cosa que antes no
había podido hacer; porque estaba irritado contra el rey, y quienes están enfadados con alguien,
tienden a imaginar de él males, pero no bienes. Y, cuando otros pretenden decir que Dios no se
revela a quienes están irritados y tristes, es que sueñan
[56]
. En efecto, Dios reveló a Moisés, que
estaba irritado contra el faraón, la tristemente célebre matanza de los primogénitos (ver Éxodo,
11,8), y, por cierto, sin emplear instrumento alguno. Dios se reveló también a Caín furioso. A
Ezequiel, impaciente por la ira, se le reveló la miseria y la contumacia de los judíos (ver
Ezequiel, 3,14). Y Jeremías, embargado por la tristeza y aburrido de la vida, profetizó las
calamidades de los judíos; hasta el punto que Josías no le quiso consultar a él, sino a una mujer
de la misma época, porque estaba más dispuesta, por su temperamento femenino, a que se le
revelara la misericordia de Dios (ver 2 Paralipómenos, 34). Tampoco Miqueas profetizó nunca
nada bueno a Ajab (mientras que sí lo hicieron otros verdaderos profetas, como consta por 1
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Reyes, 20), sino tan sólo males durante toda su vida (ver 1 Reyes, 22,8; y más claramente, 2
Paralipómenos, 18,7). Los profetas eran, pues, más aptos para estas o aquellas revelaciones,
según su diferente temperamento.
Por otra parte, el estilo de la profecía variaba según la elocuencia de cada profeta. Las
profecías de Ezequiel y de Amos no están escritas en un estilo elegante, como las de Isaías y
Nahún, sino en un estilo un tanto tosco. Y, si alguno es experto en la lengua hebrea y quiere
satisfacer su curiosidad de comprobarlo por sí mismo, que coteje algunos capítulos de distintos
profetas, que tratan del mismo tema, y hallará una gran diferencia de estilo. Que compare, por
ejemplo, al cortesano Isaías, 1,11-20 con el campesino Amos, 5,21-24; que coteje después el
orden y la argumentación de Jeremías, 49 (en su profecía contra Edom) con el orden y la
argumentación de Abdías; y que compare, además, Isaías, 40, 19-20 y 44, 8 ss. con Oseas, 8, 6 y
13, 2. Y así para los demás. Si se sopesan atentamente todas estas razones, se verá sin dificultad
que Dios no tiene ningún estilo peculiar de expresarse, sino que éste sólo es elegante, conciso,
severo, tosco, prolijo y oscuro, de acuerdo con la erudición y la capacidad del profeta.
Las representaciones proféticas y sus jeroglíficos, aunque significaran lo mismo, eran
diferentes también. Y así, la gloria de Dios, abandonando el Templo, se le presentó de distinta
forma a Isaías y a Ezequiel, por más que los rabinos pretendan que ambas fueron exactamente la
misma, sólo que a Ezequiel, por ser campesino, le habría sorprendido en extremo y por eso la
habría descrito con todo detalle. Pero, a menos que los rabinos hayan tenido una tradición segura
al respecto, cosa que no creo en absoluto, su interpretación es totalmente arbitraria, puesto que
Isaías vio serafines con seis alas, mientras que Ezequiel vio animales con cuatro alas; Isaías vio
a Dios vestido y sentado sobre el solio regio, y en cambio Ezequiel lo vio a manera de fuego
[57]
.
No cabe duda que cada uno vio a Dios tal como solía imaginarlo.
Las representaciones proféticas variaban, además, no sólo en su forma, sino también en su
claridad. Las de Zacarías, por ejemplo, eran demasiado oscuras como para que él mismo pudiera
entenderlas sin explicación, como se ve por su propia narración. Y las de Daniel, ni siquiera
explicadas, lograba él comprenderlas
[58]
. Y eso no se debía a la dificultad de la cosa revelada (ya
que sólo se trataba de asuntos humanos, que no superan los límites de la capacidad humana, a no
ser porque son futuros), sino exclusivamente a que la imaginación de Daniel no era capaz de
profetizar en la vigilia lo mismo que en sueños, como se ve por el hecho de que, al comienzo
mismo de la revelación, estaba tan atemorizado que casi desesperaba de sus fuerzas. Debido,
pues, a la debilidad de su imaginación y de sus fuerzas, las cosas se le representaron
extremadamente oscuras y, ni explicadas, consiguió entenderlas. Hay que señalar, además, que
las palabras oídas por Daniel (como antes hemos mostrado) sólo fueron imaginarias; y por eso
no es nada extraño que, turbado como estaba, haya imaginado dichas palabras con tal confusión
y oscuridad, que no pudiera, después, sacar nada claro de ellas. Quienes dicen, en cambio, que
Dios no quiso revelar la cosa claramente a Daniel, parece que no han leído las palabras del
ángel, que dijo expresamente (ver Daniel, 10,14) que él había venido para hacer entender a
Daniel qué ocurriría a su pueblo en los días venideros. Aquellas cosas permanecieron, pues,
oscuras, porque no había nadie por entonces que estuviera dotado de imaginación suficiente para
que se le pudieran revelar de forma más clara. Finalmente, los profetas a quienes fue revelado
que Dios arrebataría a Elias, intentaban convencer a Elíseo de que había sido trasladado a otro
lugar, donde todavía podrían encontrarlo
[59]
; lo cual muestra claramente que no habían
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entendido bien la revelación de Dios.
II
No es necesario mostrar esto con más detalle, puesto que nada resulta más claro por la
Escritura que el hecho de que Dios dotó a un profeta de una gracia mayor de profetizar que a
otro. En cambio, que las profecías o representaciones variaban según las opiniones adoptadas
por los profetas, y que éstos abrazaron opiniones distintas e incluso contrarias, así como
prejuicios diversos (me refiero a las cosas puramente especulativas, ya que, en lo que concierne
a la honradez y a las buenas costumbres, hay que pensar de modo muy distinto), lo probaré con
más esmero y amplitud, puesto que pienso que es éste un asunto de mayor importancia. De ahí,
en efecto, sacaré finalmente la conclusión de que la profecía no hizo nunca más doctos a los
profetas, sino que los dejó en sus opiniones previamente adoptadas, y que, por lo mismo,
nosotros no estamos obligados a creerles acerca de las materias meramente especulativas.
Con sorprendente precipitación ha llegado todo el mundo a persuadirse de que los profetas
supieron todo cuanto el entendimiento humano es capaz de alcanzar
[60]
. Y, aunque algunos
pasajes de la Escritura nos dicen clarísimamente que los profetas ignoraron ciertas cosas,
prefieren afirmar que ellos no entienden esos pasajes, antes que conceder que los profetas
ignoraron alguna cosa; o se atreven a violentar las palabras de la Escritura, hasta el punto de
hacerle decir lo que de ningún modo quiere decir. Claro que, si es lícito emplear uno de esos dos
métodos, se ha acabado con toda la Escritura. En vano nos empeñaremos, en efecto, en probar
algo por la Escritura, si las cosas que están sumamente claras, podemos situarlas entre las
oscuras e impenetrables o interpretarlas a nuestro capricho.
Por ejemplo, nada hay más claro en la Escritura que esto: que Josué y también, quizá, el
autor que escribió su historia
[61]
, pensaron que el sol se movía en torno a la tierra y que la tierra,
en cambio, estaba en reposo, y que el sol permaneció inmóvil durante algún tiempo. Pero, como
muchos no quieren admitir que en los cielos pueda darse cambio alguno, explican dicho pasaje
de suerte que no parece decir nada similar. Por el contrario, otros que han aprendido a filosofar
con más coherencia, como comprenden que la tierra se mueve y que el sol, en cambio, está en
reposo o no se mueve en torno a la tierra, se empeñan con todas sus fuerzas en sacar eso mismo
de la Escritura, por más que ésta se resiste abiertamente a ello. Realmente, los admiro. ¿O es que
tenemos que creer que el soldado Josué era experto en astronomía y no se le pudo revelar un
milagro, o que la luz del sol no pudo estar más tiempo del habitual sobre el horizonte, a menos
que Josué comprendiera su causa? La verdad es que ambas alternativas me parecen ridículas.
Por eso, prefiero decir abiertamente que Josué ignoró la verdadera causa de la prolongación de
aquel día y que tanto él como la multitud que estaba presente, pensaban que el sol daba una
vuelta diaria en torno a la tierra y, al mismo tiempo, que aquel día se había detenido un poco;
que ellos creyeron que ésa fue la causa de la prolongación de aquel día, sin advertir que, a
consecuencia del excesivo hielo que había en esos momentos en aquella región del cielo (ver
Josué, 10, 11), pudo producirse una refracción mayor de lo habitual o algo similar que no
investigaremos aquí.
También a Isaías se le reveló el signo de la retrogradación de la sombra de acuerdo con su
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[38]
capacidad, es decir, por la retrogradación del sol
[62]
; porqué también él pensaba que el sol se
movía y la tierra estaba inmóvil, y ni en sueños, quizá, se le había ocurrido la idea de los
parhelios. Podemos afirmar esto sin el menor escrúpulo, porque fue realmente posible que tal
signo se produjera y que Isaías lo predijera al rey, aunque el profeta ignorara su verdadera causa.
Y lo mismo hay que decir de la construcción de Salomón, si es que fue revelada por Dios:
todas sus medidas le fueron reveladas según la capacidad y las opiniones de Salomón. Pues,
como no estamos obligados a creer que Salomón fuera un matemático, nos es lícito afirmar que
ignoraba la relación entre la periferia y el diámetro del círculo y que creía, como los simples
obreros, que era de 3 a 1. Si nos está permitido decir que no entendemos ese texto (1 Reyes,
7,23), no sé yo qué diablos podemos entender de la Escritura, puesto que ese pasaje se limita a
describir, en forma meramente histórica, dicha construcción. Aún más, si cabe fingir que la
Escritura pensaba otra cosa, pero que, por alguna razón que desconocemos, quiso describirla así,
eso es sencillamente destruir de raíz toda la Escritura. Pues cualquiera podrá, con igual derecho,
decir otro tanto de todos los pasajes de la Escritura; y por consiguiente, cuantos absurdos y
males pueda excogitar la malicia humana, se los podrá defender y cometer, sin menoscabo de la
autoridad de la Escritura. En cambio, lo que nosotros proponemos, no implica impiedad alguna,
puesto que Salomón, Isaías, Josué, etc., aunque fueran profetas, eran también hombres, y hay
que pensar que nada humano les era ajeno
[63]
.
También a Noé le fue revelado, según su capacidad, que Dios iba a destruir el género
humano, ya que pensaba que, fuera de Palestina, el mundo no estaba habitado
[64]
.
Los profetas pudieron ignorar, sin menoscabo de su piedad, no sólo estas cosas, sino otras
más importantes, y de hecho las ignoraron. En realidad, no enseñaron nada particular sobre los
atributos divinos, sino que tuvieron opiniones bien vulgares acerca de Dios. Ahora bien, sus
revelaciones fueron acomodadas a esas opiniones, como enseguida haré ver con numerosos
testimonios de la Escritura; de donde se desprende fácilmente que los profetas son alabados y
tenidos en alta estima, no tanto por la sublimidad y excelencia de su ingenio, cuanto por su
piedad y constancia de ánimo.
Adán, el primero a quien Dios se reveló, ignoró que Dios es omnipresente y omnisciente,
puesto que se escondió de Él y se esforzó en excusarse de su pecado ante Dios, como si
estuviera ante un hombre. De ahí que también Dios se le reveló según su capacidad, es decir,
como si no estuviera en todas partes e ignorara el pecado de Adán y en dónde se encontraba.
Efectivamente, Adán oyó o creyó oír a Dios pasearse por el jardín y llamarle y preguntarle en
dónde estaba; y después, al sentirse avergonzado, preguntarle si había comido del árbol
prohibido. Adán, pues, no conocía ningún atributo de Dios, excepto que era el hacedor de todas
las cosas
[65]
. A Caín también se le reveló Dios según su capacidad, es decir, como si
desconociera las cosas humanas; para arrepentirse de su pecado, no necesitaba Caín tener un
conocimiento más elevado de Dios
[66]
. A Labán, Dios se le reveló como Dios de Abraham,
porque creía que cada nación poseía su Dios peculiar (ver Génesis, 31,29). También Abrabam
ignoró que Dios está en todas partes y que conoce de antemano todas las cosas; y así, tan pronto
oyó la sentencia contra los sodomitas, rogó que Dios no la ejecutase, hasta saber si todos
merecían tal suplicio; por eso dice (Génesis, 18, 24): quizá existan cincuenta justos en aquella
ciudad. Y Dios no se le reveló de otra forma, puesto que habla así en la imaginación de
Abraham[67]
: bajaré ahora para ver si han obrado de acuerdo con la profunda queja que a mí
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ha llegado, y, si no es así, lo sabré. El testimonio divino sobre Abraham (ver Génesis, 18,19) no
contiene nada más que su obediencia y que amonestaba a sus criados a la justicia y al bien; pero
no que Abraham haya tenido pensamientos sublimes acerca de Dios
Tampoco Moisés percibió con suficiente claridad que Dios es omnisciente y dirige todas las
acciones humanas con su solo decreto. En efecto, aunque Dios le había dicho (ver Éxodo, 3,18)
que los israelitas le obedecerían, lo pone en duda y replica (ver Éxodo, 4,1): ¿y si no me creen y
no me obedecen? De ahí que también a él se le reveló Dios como indiferente y desconocedor de
las acciones humanas futuras. Por eso le dio dos signos y le dijo (Éxodo, 4,8): si acaso no
creyeran en el primer signo, creerán en el último; mas, si ni en el último creyeran, coge
(entonces) un poco de agua del río, etcétera. Y, si uno quiere examinar sin prejuicios las frases
de Moisés, verá claramente que su opinión acerca de Dios es que Dios es un ser que siempre
existió, existe y existirá siempre; y, por eso, le da el nombre de Jehová
[68]
, que en hebreo
expresa estos tres tiempos de la existencia. Sobre su naturaleza, en cambio, no enseñó, sino que
es misericordioso, benigno, etc., y sumamente celoso, como consta por innumerables pasajes del
Pentateuco.
Por otra parte, creyó y enseñó que este ser de tal modo difiere de todos los demás, que no
puede ser expresado por ninguna imagen de ninguna cosa visible; no tanto por la contradicción
de tal hecho, cuanto por la debilidad humana. Enseñó, además, Moisés que Dios es singular o
único en razón de su poder; pues, aun cuando concedió que existen seres que (por supuesto, por
orden y mandato de Dios) hacían las veces de Dios, es decir, seres a los que Dios concedió
autoridad, derecho y poder para dirigir las naciones y para velar y preocuparse por ellas; enseñó,
sin embargo, que ese ser, que los judíos debían venerar, era el Dios supremo y soberano o (por
decirlo con una expresión hebrea) el Dios de los Dioses. Por eso dijo en el cántico del Éxodo,
15,11: ¿quién, entre los Dioses, es semejante a ti, Jehová? Y Jetró (Ib., 18, 11): ahora he
conocido que Jehová es mayor que todos los Dioses; es decir: al fin, me veo forzado a conceder
a Moisés que Jehová es mayor que todos los dioses y de un poder singular. Cabe, no obstante,
dudar si Moisés creyó que esos seres, que hacían las veces de Dios, fueron creados por Dios,
puesto que nada ha dicho, que nosotros sepamos, sobre su principio y creación. Moisés enseñó,
además, que ese ser supremo hizo pasar el mundo visible del caos (Génesis, 1,2) al orden y puso
en la naturaleza las semillas, y que, por eso, tiene el derecho y el poder supremos sobre todas las
cosas, que, en virtud de ese derecho y de ese poder soberanos (ver Deuteronomio, 10,14-5),
eligió para Sí solo a la nación hebrea y cierta región del mundo (ver Deuteronomio, 4,19; 32,8-
9), dejando las otras naciones y regiones al cuidado de los otros dioses, sustitutos suyos; y que,
por este motivo, Él es llamado Dios de Israel y Dios de Jerusalén (ver 2 Paralipómenos, 32,19),
mientras que los otros Dioses se llaman Dioses de las otras naciones.
Por eso también creían los judíos que aquella región, que Dios les había elegido, exigía un
culto especial a Dios, totalmente distinto del de las otras regiones, y que incluso no podía tolerar
el culto de los otros dioses y propio de otras regiones. Pues creían que los pueblos que el rey de
Asiria había traído a las tierras de los judíos, eran desgarrados por los leones, porque
desconocían el culto de los dioses de aquellas tierras (2 Reyes, 17, 25-6, etc.). Y por eso, según
la opinión de Ibn Ezra, cuando Jacob quiso dirigirse a su patria, dijo a sus hijos que se
dispusieran a adoptar un nuevo culto y que abandonaran el culto a los dioses de la tierra en que
entonces se hallaban (ver Génesis, 35, 2-3). Y también David, para decirle a Saúl que, a
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consecuencia de su persecución, se veía forzado a vivir fuera de su patria, le dijo que era
expulsado de la herencia de Dios y era enviado a rendir culto a otros dioses (ver 1 Samuel
26,19). Moisés creyó, finalmente, que ese ser o Dios tenía su morada en los cielos (ver
Deuteronomio, 33,27), opinión que era sumamente frecuente entre los paganos.
Si nos fijamos ahora en las revelaciones de Moisés, comprobaremos que fueron adaptadas a
sus opiniones. Y así, como creía que la naturaleza de Dios era susceptible de las condiciones
antes señaladas, a saber, la misericordia, la benignidad, etc., Dios se le reveló de acuerdo con
esta opinión suya y bajo estos atributos (ver Éxodo, 34,6-7, donde se cuenta de qué forma se
apareció Dios a Moisés, y vv. 4-5 relativos al Decálogo)
[69]
. Se nos dice, por otra parte (Éxodo,
33, 18), que Moisés pidió a Dios que le permitiera verle; pero, como Moisés no había formado
(como ya he dicho) en su cerebro ninguna imagen de Dios, y Dios tan sólo se revela a los
profetas (como también he probado) según la disposición de sus imaginaciones, Dios no se le
apareció bajo ninguna imagen. Y esto sucedió, repito, porque repugnaba a la imaginación de
Moisés; puesto que otros profetas, por ejemplo, Isaías, Ezequiel, Daniel, etc., testifican haber
visto a Dios. Por eso, contestó Dios a Moisés: no podrás ver mi rostro
[70]
; y porque, además,
Moisés creía que Dios era visible, es decir, que ello no implicaba contradicción alguna por parte
de la naturaleza divina, ya que, de lo contrario, no hubiera pedido tal cosa. Y por eso mismo
añadió Dios: porque nadie me verá y vivirá, dando así una razón acorde con la opinión de
Moisés; pues no dice que eso contradiga a la naturaleza divina, como sucede en realidad, sino
que eso no puede realizarse a causa de la debilidad humana. Aún más, para revelar a los
israelitas, que habían adorado el becerro, que se habían hecho semejantes a los demás pueblos,
Dios les dice (Éxodo, 33, 2-3) que les enviará un ángel, es decir, un ser que velará por los
israelitas en nombre del ser supremo, pero que Él no quiere estar entre ellos. De esta forma, no
le quedaba a Moisés ningún motivo para convencerse de que los israelitas eran más gratos a
Dios que las demás naciones que Dios había puesto al cuidado de otros seres o ángeles, como
consta por el versículo 16 del mismo capítulo. Finalmente, como creía que Dios habitaba en los
cielos, se le revelaba como si bajara del cielo sobre la montaña; y Moisés, por su parte, subía al
monte para hablar con Dios, lo cual no le sería necesario en absoluto, si pudiera imaginar a Dios
en todas partes con la misma facilidad.
Pese a que Dios se les reveló a ellos mismos, los israelitas no supieron apenas nada de Dios,
y dieron pruebas más que sobradas, cuando, unos cuantos días después, dieron su honor y su
culto a un becerro y creyeron que él no era otra cosa que los dioses que les habían sacado de
Egipto. No hay que creer, por cierto, que hombres habituados a las supersticiones de Egipto,
rudos y moldeados por la más mísera esclavitud, tuvieran alguna idea sana de Dios o que Moisés
les hubiera enseñado algo más que una forma de vida; no, por supuesto, como filósofo, para que
vivieran, por fin, guiados por la libertad interior, sino como legislador, para que se sintieran
coaccionados por el imperio de la Ley a vivir bien. De ahí que la forma correcta de vida o la
vida verdadera, así como el culto y el amor de Dios, fueron para ellos una esclavitud, más bien
que una verdadera libertad y que una gracia o un don de Dios. Moisés, en efecto, les mandó
amar a Dios y observar su Ley para agradecer a Dios los bienes pasados (a saber, la liberación de
la esclavitud egipcia) e incluso los aterró con amenazas, si transgredían aquellos preceptos, y les
prometió muchos bienes, si, por el contrario, los observaban. Es decir, que les enseñó de la
misma manera que suelen hacer los padres con sus hijos que aún no tienen uso de razón. Es
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cierto, pues, que los judíos ignoraron la verdadera dignidad de la virtud y la verdadera
felicidad
[71]
.
Jonás creyó escapar a la mirada de Dios, lo cual parece demostrar que también él pensó que
Dios había entregado el cuidado de las demás regiones, fuera de Judea, a otros poderes que, al
fin, serían sustitutos suyos
[72]
. No hay nadie, en el Antiguo Testamento, que haya hablado de
Dios de modo más acorde con la razón que Salomón, el cual superó a todos los de su tiempo por
la inteligencia natural. De ahí que se consideró también por encima de la Ley (puesto que ésta
sólo fue dada a aquellos que carecen de razón y de las enseñanzas del entendimiento natural) y
apenas hizo caso de todas las leyes que se refieren al rey y que se reducían fundamentalmente a
tres (ver Deuteronomio, 17,16-7), sino que las violó abiertamente (pero se equivocó, lejos de
hacer algo digno de un filósofo, en cuanto que se dio a los placeres). Enseñó que todos los
bienes de la fortuna resultan vanos para los hombres (ver el Eclesiastés)
[73] y que los hombres
no tienen nada más valioso que el entendimiento ni pueden ser castigados con mayor suplicio
que la necedad (ver Proverbios, 16,22).
Pero volvamos a los profetas, cuyas discrepancias de opinión nos hemos propuesto señalar.
Los rabinos vieron que las opiniones de Ezequiel se oponen tanto a las de Moisés, que (como se
cuenta en el Tratado del sábado, cap. 1, folio 13, p. 2), al transmitirnos los pocos libros de los
profetas que nos quedan, casi dudaron en admitir ese libro entre los canónicos; y lo hubieran
ocultado totalmente, si un tal Ananías
[74] no se hubiera comprometido a explicarlo, cosa que,
como allí se dice, logró finalmente hacer, aunque no sin gran trabajo y empeño. Cómo lo haya
conseguido, no está, sin embargo, bien claro: si acaso escribió un comentario que haya
desaparecido o si incluso cambió las palabras y las oraciones de Ezequiel (si tuvo audacia para
ello) y las adornó a su gusto. En todo caso, Ezequiel, 18 no parece concordar con Éxodo, 34,7 ni
con Jeremías, 32,18, etc.
Samuel creía que, cuando Dios había decretado algo, nunca se arrepentía de su decisión (ver
1 Samuel, 15,29); puesto que, cuando Saúl, arrepentido de su pecado, quería adorar a Dios y
pedirle perdón, Samuel le dijo que Dios no cambiaría su decreto contra él. Por el contrario, a
Jeremías (18,8,10) le fue revelado que, aunque Dios hubiera decretado algo bueno o algo malo
respecto a una nación, volvía sobre su decreto, siempre que los hombres cambiaran
posteriormente a mejor o a peor. En cambio, Joel (2,13) enseñó que Dios sólo se arrepiente del
mal. Finalmente, por Génesis, 4,7 consta con toda evidencia que el hombre puede dominar las
tentaciones de pecado y obrar bien; pues eso es lo que se le dice a Caín, pese a que, como consta
por la misma Escritura y por Josefo
[75]
, nunca las dominó. Y lo mismo se desprende con la
máxima claridad del capítulo de Jeremías que acabamos de citar, puesto que dice que Dios
cambia el decreto dictado en daño o beneficio de los hombres, según que éstos decidan cambiar
sus costumbres y forma de vida. Pablo, en cambio, nada enseña con más claridad que esto: que,
si no es por una singular vocación o gracia de Dios, los hombres no tienen dominio ninguno
sobre las tentaciones de la carne (ver Romanos, 9,10 ss. y adviértase que en 3, 5 y 6, 19, donde
atribuye la justicia a Dios, se corrige diciendo que habla al estilo humano y a causa de la
debilidad de la carne).
Por lo anterior consta, pues, más que de sobra, lo que nos proponíamos demostrar: que Dios
adaptó las revelaciones a la capacidad y a las opiniones de los profetas; que los profetas
pudieron ignorar y de hecho ignoraron las cosas que sólo se refieren a la especulación y no a la
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caridad y a la vida práctica; y que tuvieron opiniones contrarias. Por consiguiente, no hay que
buscar en ellos, ni mucho menos, el conocimiento de las cosas materiales y espirituales
[76]
.
Nuestra conclusión es, pues, la siguiente: fuera de aquello que constituye el fin y la sustancia de
la revelación, no estamos obligados a creer a los profetas; en lo demás, cada uno es libre para
creer como le plazca.
La revelación de Caín, por ejemplo, sólo nos enseña que Dios amonestó a Caín a que viviera
mejor. Ése es el único objetivo y la sustancia de la revelación, y no enseñar la libertad de la
voluntad o cosas filosóficas. Por tanto, aunque en las palabras y en el contenido de dicha
amonestación está clarísimamente incluida la libertad de la voluntad, nos es licito pensar lo
contrario, dado que aquellas palabras y razones sólo están adaptadas a la capacidad de Caín. Así
también, la revelación de Miqueas tan sólo quiere enseñar que Dios le reveló el resultado exacto
de la lucha de Ajab contra Aram[77]
; y, por consiguiente, eso es lo único que tenemos que creer.
Todo lo que, aparte de esto, en ella se dice sobre el verdadero o falso espíritu de Dios, sobre el
ejército celeste, situado a uno y otro lado de Dios, y sobre las demás circunstancias de dicha
revelación, no nos incumben para nada; que cada cual crea, pues, en ellas, según le parezca más
acorde con su propia razón. En cuanto a los argumentos, con los que Dios mostró a Job su poder
sobre todas las cosas (si es verdad que le fueron revelados y no, como creen algunos, que él se
esmeró en adornar sus ideas), hay que decir exactamente lo mismo: que esos argumentos sólo
fueron aducidos según la capacidad de Job y para convencerle a él, pero no son argumentos
universales, para convencer a todos.
Ni cabe decir otra cosa sobre las razones con las que Cristo convence a los fariseos de
contumacia e ignorancia y exhorta a sus discípulos a la verdadera vida: que acomodó sus
razones a las opiniones de unos y otros. Por ejemplo, cuando dijo a los fariseos (ver Mateo, 12,
26): y, si satanás expulsa a satanás, está dividido contra sí mismo: ¿cómo, entonces, se
mantendría su reino?, no pretendía otra cosa que convencer a los fariseos por sus mismos
principios, y no, enseñar que hay demonios o algún reino satánico. Y así también, cuando dijo a
los discípulos (Mateo, 18,10): mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños, pues os digo
que sus ángeles están en los cielos, etc., no quiere enseñar, sino que no sean soberbios y que no
desprecien a nadie; y no todo lo que está contenido en sus razones, puesto que sólo las aduce
para mejor convencer a sus discípulos.
Otro tanto habría que decir, finalmente, sobre los argumentos y signos de los apóstoles. Pero
no es necesario que me extienda más sobre el tema, ya que, si tuviera que enumerar todos los
lugares de la Escritura, que sólo han sido escritos al modo humano o según la capacidad de
alguien en particular, y que son defendidos, no sin gran perjuicio para la filosofía, como doctrina
divina, me apartaría mucho de la brevedad que me he propuesto. Baste, pues, con los pocos
textos, de carácter general, que he tocado, y que el curioso lector examine por sí mismo el
resto
[78]
.
Pero, aunque es verdad que sólo lo que hemos dicho sobre los profetas y la profecía,
concierne directamente al fin que busco, es decir, a separar la filosofía de la teología; como he
abordado esta cuestión en términos universales, me parece oportuno investigar, además, si el don
profético sólo fue peculiar de los hebreos o si fue más bien común a todas las naciones, y
preguntarme, a la vez, qué hay que decir sobre la vocación de los hebreos. Sobre estos temas,
véase el capítulo siguiente
[79].
Capítulo III
5
De la vocación de los hebreos y de si el don profético fue
peculiar de los hebreos
x
I
La verdadera felicidad y beatitud de cada individuo consiste exclusivamente en la fruición
del bien y no en la gloria de ser uno solo, con exclusión de los demás, el que goza del mismo.
Pues quien se considera más feliz, porque sólo a él le va bien y no tanto a los demás o porque es
más feliz y más afortunado que ellos, desconoce la verdadera felicidad y beatitud; ya que la
alegría que con ello experimenta, si no es puramente infantil, no se deriva más que de la envidia
o del mal corazón. Por ejemplo, la verdadera felicidad y beatitud del hombre consiste
únicamente en la sabiduría y en el conocimiento de la verdad y no, en absoluto, en ser más sabio
que los demás o en que éstos carezcan del verdadero conocimiento; puesto que esto no aumenta
en nada su sabiduría, es decir, su felicidad. De ahí que, quien disfruta de eso, disfruta del mal de
otro y, por consiguiente, es envidioso y malo, y no ha conocido ni la verdadera sabiduría ni la
tranquilidad de la vida verdadera
[80].
Así, pues, cuando la Escritura, para exhortar a los hebreos a la obediencia de la ley, dice que
Dios los ha elegido, con preferencia a las demás naciones (ver Deuteronomio, 10,15); que está
cerca de ellos y no de los demás (Ib., 4,4 y 7); que sólo a ellos les ha prescrito leyes justas (Ib.,
4, 8); en fin, que sólo a ellos, posponiendo a los demás, se les dio a conocer (Ib., 4,32), etc.,
habla adaptándose a su capacidad. Ahora bien, los hebreos, como hemos probado en el capítulo
precedente
[81] y como el mismo Moisés confirma (Ib., 9,67), no habían conocido la verdadera
felicidad. Porque es evidente que ellos no hubieran sido menos felices, si Dios hubiera llamado a
todos por igual a la salvación; ni Dios les hubiera sido menos propicio, si hubiera estado
igualmente cerca de los demás; ni sus leyes hubieran sido menos justas ni ellos menos sabios,
porque hubieran sido prescritas a todos; ni los milagros hubieran manifestado menos el poder de
Dios, aunque también hubieran sido hechos para otras naciones; ni, finalmente, estarían los
hebreos menos obligados a rendir culto a Dios, si él hubiera concedido a todos por igual todos
estos dones. En cuanto a que Dios dice a Salomón (ver 1 Reyes, 3,12) que nadie, en lo sucesivo,
será más sabio que él, no parece ser más que una forma de expresar su eximia sabiduría. En
cualquier caso, no hay que creer, en modo alguno, que Dios haya prometido a Salomón, para su
mayor felicidad, que Él no otorgaría a nadie, en lo sucesivo, una sabiduría igual; puesto que eso
no acrecentaría nada la inteligencia de Salomón, ni tampoco ese prudente rey hubiera agradecido
menos a Dios tan gran don, si él le hubiera dicho que concedería a todos la misma sabiduría.
Cuando decimos que Moisés, en los pasajes del Pentateuco que acabamos de citar, habló
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[47]
adaptándose a la capacidad de los hebreos, no pretendemos, sin embargo, negar que Dios les
haya prescrito a ellos solos esas leyes del Pentateuco, ni que sólo les haya hablado a ellos, ni, en
fin, que los hebreos hayan visto cosas tan admirables como a ninguna otra nación le han
sucedido. Sólo queremos decir que Moisés, hablando en esos términos y aduciendo esas razones,
quiso amonestar a los hebreos a que se unieran más a Dios mediante un culto acorde con su
mentalidad infantil. Quiero probar, además, que los hebreos no han superado a las demás
naciones en ciencia y en piedad, sino en algo totalmente distinto; o (para hablar, como la
Escritura, según su capacidad) que los hebreos no han sido elegidos por Dios, con preferencia a
los otros pueblos, para la verdadera vida y las sublimes especulaciones, aunque sí han sido
reiteradamente amonestados, sino para algo totalmente distinto. Qué sea eso, sin embargo, lo
explicaré siguiendo un orden
[82]
.
Pero, antes de empezar, quiero explicar brevemente qué entiendo, en lo sucesivo, por
gobierno de Dios y qué por auxilio divino, externo e interno, qué por elección de Dios y qué en
fin, por fortuna. Por gobierno de Dios, entiendo el orden fijo e inmutable o la concatenación de
las cosas naturales; puesto que ya antes hemos dicho y lo hemos probado en otro lugar
[83]
, que
las leyes universales de la naturaleza, conforme a las cuales se hacen y determinan todas las
cosas, no son más que los eternos decretos de Dios, que implican siempre una verdad y una
necesidad eternas. Es, pues, lo mismo que digamos que todas las cosas se hacen según las leyes
de la naturaleza o que son ordenadas por el decreto de Dios y su gobierno. Y como, además, el
poder de todas las cosas naturales no es más que el mismo poder de Dios, único que todo lo hace
y determina, se sigue que toda ayuda que el hombre (que también es una parte de la naturaleza)
aporta a su propia conservación, o la que le ofrece la naturaleza sin su colaboración, todo ello le
es ofrecido por el solo poder divino, en cuanto que actúa por la naturaleza humana o por las
cosas exteriores a ella. Con razón, pues, podemos llamar auxilio interno de Dios a cuanto la
naturaleza humana puede aportar, por su solo poder, a la conservación de su propio ser; y auxilio
externo de Dios, a toda utilidad que pueda provenirle, además, del poder de las causas
externas
[84]
. De lo anterior se desprende fácilmente qué hay que entender por elección divina.
Dado, en efecto, que nadie puede hacer nada, sino en virtud de un orden predeterminado de la
naturaleza, es decir, por el gobierno y el decreto eterno de Dios, se sigue que nadie elige para sí
una forma de vida ni hace nada, si no es por una singular vocación de Dios, que eligió a éste, y
no a otros, para esta obra o para esta forma de vida. Finalmente, por fortuna no entiendo otra
cosa que el gobierno de Dios, en cuanto que dirige los asuntos humanos a través de cosas
externas e inesperadas.
Hechas estas aclaraciones, volvamos ya a nuestro tema y veamos por qué se ha dicho que la
nación hebrea fue elegida por Dios con preferencia a las demás. Para probarlo, procedo de la
forma siguiente.
Todo cuanto deseamos honestamente, se reduce a estos tres objetos principales, a saber,
entender las cosas por sus primeras causas, dominar las pasiones o adquirir el hábito de la virtud
y, finalmente, vivir en seguridad y con un cuerpo sano. Los medios que sirven directamente para
el primero y el segundo objetivo y que pueden ser considerados como sus causas próximas y
eficientes, residen en la misma naturaleza humana; su adquisición depende, pues, principalmente
de nuestro propio poder o de las leyes de la naturaleza humana. Por este motivo, hay que afirmar
categóricamente que estos dones no son peculiares de ninguna nación, sino que han sido siempre
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patrimonio de todo el género humano, a menos que queramos soñar que la naturaleza ha
engendrado desde antiguo diversos géneros de hombres
[85]
. En cambio, los medios que sirven
para vivir en seguridad y para conservar el cuerpo, residen principalmente en las cosas externas;
precisamente por eso, se llaman bienes de fortuna: porque dependen, sobre todo, del gobierno de
las cosas externas, que nosotros desconocemos; y en este sentido, el necio es casi tan feliz o
infeliz como el sabio
[86]
.
No obstante, para vivir en seguridad y evitar los ataques de los otros hombres y de los
mismos brutos, nos puede prestar gran ayuda la vigilancia y el gobierno humano. A cuyo fin, la
razón y la experiencia no nos han enseñado nada más seguro, que formar una sociedad regida
por leyes fijas, ocupar una región del mundo y reunir las fuerzas de todos en una especie de
cuerpo, que es el de la sociedad. Ahora bien, para formar y conservar la sociedad, se requiere un
ingenio y una vigilancia no mediocre; y por tanto, la sociedad más segura y estable, y la menos
expuesta a los embates de la fortuna, será aquella que esté fundada y dirigida, en su mayor parte,
por hombres sabios y vigilantes; y a la inversa, aquella que está formada por hombres torpes,
depende, en su mayor parte, de la fortuna y es menos estable. Y, si acaso permanece largo
tiempo, se debe a la dirección ajena y no a la propia; aún más, si llega a superar grandes peligros
y las cosas le resultan favorables, no podrá menos de admirar el gobierno de Dios y adorarle (en
cuanto que Dios actúa a través de causas externas ocultas, no en cuanto que actúa por la
naturaleza y la mente humanas), puesto que le ha sucedido algo realmente inesperado, que
incluso puede ser tenido por un milagro.
Por consiguiente, lo único por lo que se distinguen las naciones entre sí, es por la forma de
su sociedad y de las leyes bajo las cuales viven y son gobernadas. Y por lo mismo, la nación
hebrea no fue elegida por Dios, antes que las demás, a causa de su inteligencia y de su serenidad
de ánimo, sino a causa de su organización social y de la fortuna, gracias a la cual logró formar
un Estado y conservarlo durante tantos años. La misma Escritura lo hace constar con toda
claridad, ya que basta una lectura superficial para ver claramente que los hebreos sólo superaron
a las otras naciones en que dirigieron con éxito todo cuanto se refiere a la seguridad de la vida y
en que lograron vencer grandes peligros, gracias, sobre todo, al auxilio externo de Dios; en lo
demás, fueron iguales a los otros pueblos, y Dios fue igualmente propicio a todos.
En cuanto al entendimiento, consta (como hemos mostrado en el capítulo precedente) que
tuvieron pensamientos sumamente vulgares sobre Dios y la naturaleza; en este sentido, no
fueron, pues, elegidos por Dios más que los otros. Ni tampoco en cuanto a la virtud y a la vida
verdadera; puesto que en esto también fueron iguales a los demás pueblos, y poquísimos fueron
elegidos. Su elección y vocación consistió, pues, exclusivamente en la felicidad temporal de su
Estado y en sus comodidades. Ni vemos que Dios haya prometido algo más a los patriarcas
[n4] y
a sus sucesores. En la misma Ley, no se promete, a cambio de la obediencia, otra cosa que la
continua felicidad del Estado y demás comodidades de esta vida; y, a la inversa, a cambio de la
contumacia y de la ruptura del pacto, se promete la ruina del Estado y las máximas
incomodidades. Nada extraño, por lo demás, ya que el fin de la sociedad en general y del Estado
(como ya consta por lo dicho y expondremos más largamente después) es vivir segura y
cómodamente. Ahora bien, el Estado no puede subsistir más que con leyes que obliguen a todo
el mundo; pues, si todos los miembros de una sociedad quieren eximirse de las leyes, disolverán
ipso facto la sociedad y destruirán el Estado. De ahí que a la sociedad de los hebreos no se le
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pudo prometer otra cosa, a cambio de la constante observancia de las leyes, que la seguridad de
la vida
[n5] y sus comodidades; y, al revés, a cambio de la contumacia, no se le podía predecir
ningún suplicio más seguro que la ruina del Estado y los males que de ahí suelen seguirse; a los
que se añadirían otros especiales, derivados de la particular constitución de su Estado. Pero no es
éste el momento de hablar de esto más largamente.
Sólo añadiré lo siguiente: que también las leyes del Antiguo Testamento sólo fueron
reveladas y prescritas a los judíos; puesto que, como Dios sólo los había elegido para formar una
sociedad y un Estado singulares, era necesario que tuvieran también unas leyes especiales. En
cuanto a si Dios también prescribió a otras naciones leyes especiales y si se reveló a sus
legisladores en forma de profecías, es decir, bajo aquellos atributos con los que ellos solían
imaginar a Dios, es algo que no me resulta suficientemente claro.
II
Pero una cosa, al menos, está clara por la misma Escritura: que también las otras naciones
recibieron el Estado y sus leyes particulares del gobierno externo de Dios. Sólo aduciré, para
probarlo, dos pasajes de la Escritura. En Génesis, 14,18-20, se cuenta que Melquisidec fue rey
de Jerusalén y pontífice del Dios altísimo, y que, como incumbía al pontífice (ver Números,
6,23), bendijo a Abraham; y, finalmente, que Abraham, predilecto de Dios, entregó a éste
pontífice de Dios la décima parte de todo su botín. Todo lo cual muestra con suficiente claridad
que Dios, antes de fundar la nación israelita, constituyó reyes y pontífices en Jerusalén y les
prescribió ritos y leyes; mas si hizo esto en forma de profecías, no está suficientemente claro,
como acabamos de decir. Yo, al menos, estoy persuadido de que Abraham, mientras vivió allí,
observó religiosamente aquellas leyes. Efectivamente, Abraham no recibió de Dios ningún rito
especial; y, sin embargo, se dice en Génesis, 26, 5 que Abraham observó el culto, los mandatos,
las instituciones y las leyes de Dios, lo cual hay que referir sin duda al culto, mandatos,
instituciones y leyes del rey Melquisidec. Y Malaquías, 1,10-11 increpa a los judíos con estas
palabras; ¿Quién es el que, de entre vosotros, cerrará las puertas (del Templo) para que no en
vano se ponga el fuego sobre mi altar? No me complazco en vosotros, etc. Porque, desde el
oriente hasta el poniente, mi nombre es grande entre las naciones, y por todas partes se me
traen perfumes y oblaciones puras; porque grande es mi nombre entre las naciones, dice el Dios
de los ejércitos. Dado que estas palabras, a menos que queramos violentarlas, no admiten otro
tiempo que el presente, son testimonio más que suficiente de que, en aquella época
[87]
, los judíos
no eran más queridos de Dios que las otras naciones; que incluso Dios se dio a conocer a otras
naciones con milagros más que a los judíos de entonces, los cuales habían recuperado
parcialmente su Estado sin milagros; y que, además, las naciones tuvieron ritos y ceremonias
con las que eran gratas a Dios. Pero dejo esto a un lado, ya que para mi objetivo me basta con
haber mostrado que la elección de los judíos no se refería más que a la felicidad temporal del
cuerpo y a la libertad o al Estado, y al modo y los medios con que lo formaron; y, por
consiguiente, también a las leyes, en cuanto que eran necesarias para establecer aquel Estado
particular y, finalmente, al modo como ellas fueron reveladas; pero que, en todo lo demás, en lo
que reside la verdadera felicidad del hombre, los judíos eran iguales a los otros pueblos.
Por consiguiente, cuando en la Escritura (ver Deuteronomio, 4,7) se dice que ninguna nación
tiene dioses tan cercanos a ella como los judíos tienen a Dios, hay que entender que eso sólo se
refiere al Estado y a aquella época, en que les sucedieron tantos milagros. Pues, en cuanto a la
inteligencia y a la virtud, es decir, en cuanto a la beatitud, Dios es, como ya hemos dicho y
hemos probado racionalmente, igualmente propicio a todos. Y esto consta, además, por la misma
Escritura
[88]
. Dice, por ejemplo, el salmista (Salmos, 145,18): Dios está cercano a todos los que
le invocan, a todos los que le invocan de verdad. Y también en el mismo salmo (v. 9): Dios es
benigno con todos, y su misericordia se extiende a todo cuanto hizo. En el Salmo 33,15 se dice
claramente que Dios dio a todos el mismo entendimiento, con estas palabras: el cual forma del
mismo modo su corazón, ya que los hebreos creían que el corazón era la sede del alma y del
entendimiento, como todos saben, según creo. Además, por Job, 28, 28 consta que Dios
prescribió a todo el género humano esta ley: reverenciar a Dios y evitar toda mala obra, u obrar
bien; de ahí que, aunque Job era gentil, fue el más grato de todos a Dios, porque los superó a
todos en piedad y en religión. Finalmente, por Jonás, 4,2 consta clarísimamente que Dios se
muestra con todos, y no sólo con los judíos, propicio, misericordioso, indulgente, amplio en
benignidad y pesaroso del mal; dice, en efecto, Jonás: por eso yo decidí anteriormente huir a
Tarsis, porque sabía (a saber, por las palabras de Moisés, recogidas en Éxodo, 34,6) que tú eres
un Dios propicio, misericordioso, etc., y que, por tanto, perdonaría a los gentiles ninivitas.
Concluimos, pues: dado que Dios es igualmente propicio a todos y que los hebreos sólo han
sido elegidos por Dios en relación a la sociedad y al Estado, ningún judío, considerado
exclusivamente fuera de la sociedad y del Estado, posee ningún don de Dios por encima de los
demás y no se diferencia en nada de un gentil.
Por consiguiente, como es verdad que Dios es igualmente benigno, misericordioso, etc., con
todos y que el oficio de profeta no consistía tanto en enseñar las leyes peculiares de la patria,
cuanto la verdadera virtud y en invitar a los hombres a practicarla, no cabe duda que todas las
naciones tuvieron profetas y que el don profético no fue peculiar de los hebreos.
Esto lo confirma la historia
[89]
, tanto profana como sagrada. Y aunque los relatos del Antiguo
Testamento no hagan constar que otras naciones tuvieron tantos profetas como los hebreos, ni
siquiera que un profeta gentil fuera enviado por Dios a otros pueblos, eso no significa nada,
puesto que los hebreos sólo se preocuparon de escribir sus cosas y no las de otros pueblos.
Basta, pues, que constatemos en el Antiguo Testamento que hombres paganos e incircuncisos,
como Noé, Enoc, Abimelec, Balaán, etc., profetizaron, y que, además, los profetas hebreos
fueron enviados por Dios, no sólo a su nación, sino también a otras muchas.
Ezequiel, por ejemplo, vaticinó para todos los pueblos entonces conocidos. Abdías, incluso
no profetizó, que sepamos, más que para los idumeos; y Jonás vaticinó principalmente para los
ninivitas. Isaías no sólo lamenta y pronostica las calamidades de los judíos, y canta su
restauración, sino también de otras naciones; dice, en efecto (Isaías, 16,9): por eso lamentaré
con mi llanto a Jazer. Y después (19,19-21 y 25) predice, primero, las calamidades de los
egipcios y, después, su restauración; es decir, que Dios les enviará un salvador, que los liberará,
y que Dios se les dará a conocer y que, finalmente, los egipcios rendirán culto a Dios con
sacrificios y oblaciones; y termina llamando a esta nación Egipto bendito, pueblo de Dios; todo
lo cual es bien digno de señalar. Finalmente, Jeremías (1,5) es llamado profeta, no sólo del
pueblo hebreo, sino de todos los pueblos sin más; también él lamenta en sus pronósticos las
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[53]
calamidades de las naciones y predice su restauración; dice, en efecto (48, 31): por eso
lamentaré a Moab y clamaré por todo Moab, etc.; y añade (v. 36): por eso mi corazón retumba,
cual un tambor, por Moab; y, finalmente, predice su restauración, igual que la de los egipcios,
ammonitas y elamitas. No cabe duda, pues, que los demás pueblos también tuvieron, como los
judíos, sus profetas, que profetizaron para ellos y para los judíos.
Aunque la Escritura sólo menciona a Balaán, a quien fueron revelados los sucesos futuros de
Israel y de otras naciones, no por eso hay que creer que Balaán sólo profetizó en aquella ocasión,
ya que por la misma historia consta con toda evidencia que ya mucho antes se había distinguido
por la profecía y por otros dones divinos. Y así, cuando Balac le manda llamar, le dice
(Números, 22, 6): pues sé que aquél a quien bendices, es bendito, y a quien maldices, maldito es.
Él poseía, pues, aquella virtud que Dios había otorgado a Abraham (ver Génesis, 12,3). A
continuación, Balaán respondió a los enviados, como alguien habituado a las profecías, que le
esperaran hasta que se le revelase la voluntad de Dios. Cuando profetizaba, es decir, cuando
interpretaba el verdadero pensamiento de Dios, solía decir de sí mismo: dicho de aquel que oye
los dichos de Dios y conoce la ciencia (la mente o la presciencia) del Altísimo, que ve la visión
del omnipotente, cayendo a tierra, pero con los ojos abiertos
[90]
. Finalmente, una vez que
bendijo a los hebreos por mandato de Dios (pues así solía hacerlo), comenzó a profetizar para
otros pueblos y a predecir su futuro
[91]
. Todo lo cual muestra más que suficientemente que
Balaán siempre fue profeta o que profetizó con mucha frecuencia y (hay que señalarlo también
aquí) que poseyó aquello que más seguridad daba a los profetas sobre la verdad de su profecía, a
saber, un alma inclinada solamente a la justicia y al bien. Efectivamente, no bendecía a quien
quería y, a quien quería, maldecía, como creía Balac, sino tan sólo a aquellos que Dios quería
que fueran benditos o malditos; y por eso respondió a Balac: aun cuando Balac me diera tanta
plata y oro como para llenar su casa, no podré transgredir el mandato de Dios para hacer el
bien o el mal según mi voluntad; lo que Dios dirá, yo lo diré
[92]
. Y, si Dios se irritó con él,
cuando iba de camino, lo mismo sucedió a Moisés, cuando se dirigía a Egipto por mandato de
Dios (ver Éxodo, 4,24); y, si admitía dinero para profetizar, lo mismo hacía Samuel (ver 1
Samuel, 9,7-8); y, si en algo pecó (ver 2 Pedro, 2,15-6; Judas, v. 11), nadie hay tan justo que
siempre obre bien y no peque nunca (ver Eclesiastés, 7,20). En realidad, sus oraciones siempre
debieron valer mucho ante Dios, y su poder para maldecir fue sin duda muy grande, puesto que
vemos que en la Escritura se dice muchas veces, a fin de resaltar la gran misericordia de Dios
con los israelitas, que Dios no quiso escuchar a Balaán y que convirtió la maldición en bendición
(ver Deuteronomio, 23,6; Josué, 24,10; Nehemías, 13,2). Eso significa que era sin duda
gratísimo a Dios, ya que las oraciones y maldiciones de los impíos no conmueven en absoluto a
Dios.
Dado, pues, que Balaán fue un verdadero profeta y que, no obstante, Josué (13,22) le califica
de adivino o augur, es cierto que este nombre también se toma en buen sentido; que aquellos
que los gentiles solían llamar augures y adivinos, eran verdaderos profetas; y que aquellos que la
Escritura acusa y condena con frecuencia, eran seudoadivinos que engañaban a los gentiles,
como los seudoprofetas a los judíos. Esto consta, además, por otros pasajes de la Escritura con
bastante claridad. De donde concluimos, por tanto, que el don profético no fue peculiar de los
judíos, sino común a todas las naciones.
Sin embargo, los fariseos defienden con vehemencia, frente a lo que acabamos de decir, que
ese don divino sólo fue peculiar de su nación, mientras que las demás habrían predicho las cosas
futuras en virtud de no sé qué virtud diabólica (¡qué ficciones no inventará la superstición!). El
principal argumento que aducen del Antiguo Testamento es el de Éxodo, 33, 16, donde Moisés
dice a Dios: ¿en qué cosas se conocerá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos? Sin
duda, cuando tú vayas con nosotros y yo y tu pueblo nos separemos de todo otro pueblo que hay
sobre la superficie de la tierra. De este texto quieren inferir, según digo, que Moisés pidió a
Dios que estuviera presente a los judíos y que se les revelara a través de profetas y, además, que
no concediera esta gracia a ninguna otra nación. Realmente, sería ridículo que Moisés envidiara
la presencia de Dios a los gentiles o que se hubiera atrevido a pedir tal cosa a Dios. Pero lo
cierto es que, después que Moisés conoció el carácter y el talante contumaz de su pueblo, vio
claramente que éste no podía llevar a cabo la empresa iniciada sin grandes milagros y sin una
singular ayuda externa de Dios, sino que incluso perecerían necesariamente sin tal auxilio. Para
que constara, pues, que Dios quería conservarlos, pidió esa singular ayuda externa de Dios. Y
así, en Éxodo, 34,9, dice: Señor, si he hallado gracia a tus ojos, que vaya, suplico, el Señor entre
nosotros, ya que este pueblo es contumaz, etc. Por tanto, el motivo de que pidiera la especial
ayuda externa de Dios, es que el pueblo era contumaz
[93]
. Pero lo que muestra con más claridad
todavía que Moisés no pidió a Dios nada más que esa singular ayuda externa, es la misma
respuesta de Dios, ya que le contestó al instante (Ib., v. 10): he aquí que yo hago una alianza de
que haré ante todo tu pueblo cosas admirables, cuales no han sido hechas sobre toda la tierra ni
entre todos los pueblos, etc. Como se ve, Moisés no habla aquí más que de la elección de los
hebreos, tal como la he explicado antes, y no pide otra cosa a Dios.
Sin embargo, en la carta a los Romanos, 3,1-2, encuentro otro texto que me inquieta más.
Pablo parece enseñar en él algo distinto de lo que yo vengo diciendo, puesto que dice: ¿cuál es,
pues, la superioridad del judío o cuál la utilidad de la circuncisión? Incalculables, ya que la
principal consiste en que se le han confiado las alocuciones de Dios. Mas, si prestamos atención
a la doctrina central que Pablo quiere enseñar aquí, no encontraremos nada que se oponga a la
que venimos exponiendo, sino más bien la misma. En efecto, en el mismo pasaje (v. 29) dice que
Dios es Dios de los judíos y de los gentiles; y en 2,25-6 añade: si el circunciso se aparta de la
ley, la circuncisión se habrá convertido en prepucio; y, por el contrario, si el prepucio observa
los preceptos de la ley, su prepucio se reputará como circuncisión. Y después (3,9 y 4,15) dice
que todos, judíos y gentiles, estuvieron igualmente bajo el pecado; pero que, sin precepto y ley,
no hay pecado. De donde se desprende con toda evidencia que la ley fue revelada (como ya
antes demostramos por Job, 28,28) absolutamente a todos y que todos vivieron bajo ella.
Entiéndase, obviamente, la ley que sólo se refiere a la verdadera virtud, no aquella que se
establece en orden a la constitución de un Estado concreto y se adapta a la idiosincrasia de una
nación. Pablo concluye, finalmente, diciendo que, puesto que Dios es Dios de todas las naciones,
es decir, igualmente propicio a todos, y puesto que todos habían estado por igual bajo la ley y el
pecado, Dios envió a su Cristo a todas las naciones, para que librara a todos por igual de la
esclavitud de la ley, a fin de que obraran bien, no ya por mandato de la ley, sino por una
constante decisión interior. Pablo enseña, pues, exactamente lo que nosotros intentamos probar.
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De ahí que, cuando afirma que sólo a los judíos fueron confiadas las alocuciones divinas, hay
que entender que o bien sólo a ellos les fueron entregadas las leyes por escrito, y a los demás
pueblos únicamente mediante la revelación y el concepto, o que (teniendo en cuenta que Pablo
pretende refutar algo que los judíos debían objetar) Pablo responde a su pregunta adaptándose a
la capacidad y a las opiniones propias de los judíos de aquella época. Para enseñar, en efecto, lo
que en parte había visto y en parte había oído, él era griego con los griegos y judío con los
judíos.
Ya sólo nos resta contestar a las razones con que algunos quieren persuadirse de que la
elección de los hebreos no fue temporal y únicamente en orden al Estado, sino eterna. Vemos,
dicen, que los judíos han sobrevivido largos años, después de la pérdida de su Estado, dispersos
por todas partes y separados de todas las naciones, como no ha sucedido con ningún otro pueblo;
y que, además, las Sagradas Escrituras parecen enseñar en muchos lugares que Dios ha elegido
para sí a los judíos para siempre; por consiguiente, aunque perdieron el Estado, siguen siendo los
elegidos de Dios.
Los pasajes que más claramente prueban, según ellos creen, esta eterna elección, son
principalmente los siguientes. En primer lugar, Jeremías, 31,26, donde el profeta declara que la
semilla de Israel seguirá siendo por siempre el pueblo de Dios, comparando a los judíos con el
orden fijo de los cielos y de la naturaleza. En segundo lugar, Ezequiel, 20,32, etc., donde el
profeta parece querer decir que, aunque los judíos decidieran ex professo abandonar el culto
divino, Dios los reunirá de todas las regiones en que estaban dispersos y los conducirá al
desierto de los pueblos, como condujera a sus padres al desierto de Egipto; y que, tras haberlos
segregado de los rebeldes y de los débiles, los llevará, finalmente, de allí al monte de su
santidad, donde le rendirá culto toda la familia de Israel.
Aparte de estos pasajes, suelen aducir otros, especialmente los fariseos; pero yo creo que
habré dado cumplida respuesta a todos ellos, contestando a estos dos. Lo haré sin dificultad, una
vez que haya mostrado por la misma Escritura que Dios no eligió para siempre a los hebreos,
sino en las mismas condiciones en que había elegido antes a los cananeos; pues también éstos,
como hemos mostrado ya, tuvieron pontífices que veneraban religiosamente a Dios; y, no
obstante, a causa de su molicie, de su pereza y de su falso culto, Dios los rechazó. Y así, Moisés
(Levítico, 18,27-8) advierte a los israelitas que no se manchen con los incestos, como los
cananeos, para que no los vomite la tierra, como vomitó a aquellos pueblos que habitaban
aquellos lugares. Y Deuteronomio, 8, 19-20 les amenaza en los términos más explícitos con la
ruina total, diciendo: os aseguro hoy que pereceréis totalmente; como los pueblos que Dios hace
perecer ante vuestra presencia, así pereceréis vosotros. Se hallan en la Ley otros pasajes por el
estilo, que indican de forma explícita que Dios no eligió a la nación hebrea sin condiciones y
para siempre.
Aunque los profetas predijeron a los judíos una alianza nueva y eterna, de conocimiento,
amor y gracia, con Dios, es fácil convencerse de que eso únicamente se promete a los piadosos.
Pues, en el mismo capítulo de Ezequiel, que acabamos de citar, se dice expresamente que Dios
separó de ellos a los rebeldes y a los débiles. Y en Sofonías, 3, 12-3, se dice que Dios quitará de
en medio a los soberbios y hará subsistir a los pobres. Ahora bien, como esta elección se refiere
a la verdadera virtud, no cabe pensar que sólo haya sido prometida a los judíos piadosos, con
exclusión de los demás, sino que hay que creer abiertamente que los auténticos profetas, que,
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según hemos probado, todas las naciones tenían, también prometieron a los fieles de sus
naciones esa misma elección y los consolaron con ella. Por consiguiente, esa alianza eterna de
conocimiento y de amor de Dios es universal, como consta también con toda evidencia por
Sofonías, 3,10-1; de ahí que, en este aspecto, no hay que admitir diferencia alguna entre los
judíos y los gentiles, ni tampoco, por tanto, hay que atribuirles una particular elección, aparte de
la que hemos explicado. Y, en cuanto a que los profetas, al referirse a esta elección, que sólo
concierne a la verdadera virtud, mezclan muchas cosas sobre los sacrificios y otras ceremonias,
y sobre la reconstrucción del Templo y de la ciudad, es que quisieron explicar, como es habitual
y acorde con la naturaleza de la profecía, las cosas espirituales con tales figuras, a fin de indicar
al mismo tiempo a los judíos, de quienes eran profetas, que la restauración del Estado y del
Templo había que esperarla en la época de Ciro. Los judíos hoy no tienen, pues, absolutamente
nada que puedan atribuirse por encima de todas las naciones.
Respecto a que los judíos han subsistido tantos años dispersos y sin Estado, no es nada
extraño, una vez que se separaron de todas las naciones, hasta el punto de concitar contra sí el
odio de todas; y esto no sólo por la práctica de ritos externos contrarios a los de las demás
naciones, sino también por el signo de la circuncisión, que observan con toda religiosidad.
En cuanto a que el odio de las naciones les conserva, la experiencia misma lo ha probado.
Cuando, hace tiempo, el rey de España forzó a los judíos a admitir la religión del reino o irse al
exilio, muchísimos judíos aceptaron la religión de los adictos a los pontífices (romanos). Y,
como a aquellos que admitieron su religión, les fueron concedidos todos los privilegios de los
españoles de origen y fueron considerados dignos de todos los honores, se mezclaron
rápidamente con los españoles, de forma que poco después no quedaba de ellos ni resto ni
recuerdo. Todo lo contrario sucedió a aquéllos a quienes el rey de Portugal forzó a admitir la
religión de su Estado; ya que, aunque se convirtieron a su religión, vivieron siempre separados
de todos, porque el rey los declaró indignos de todo cargo honorífico
[94]
.
Por mi parte, además, pienso que el signo de la circuncisión tiene, a este respecto, tanto
poder, que estoy convencido de que él sólo basta para conservar eternamente a esta nación. Aún
más, si los fundamentos de su religión no afeminaran sus corazones, creería sin titubeos que
algún día los judíos, cuando se les presente la ocasión (¡tan mudables son las cosas humanas!),
reconstruirían su Estado y Dios los elegiría de nuevo
[95]
. De hecho, ya tenemos un excelente
ejemplo de ello en los chinos; pues también ellos conservan con toda religiosidad una trenza en
la cabeza, con la que se distinguen de todos los demás; y tantos miles de años se han conservado
así separados, que superan con mucho a todas las otras naciones en antigüedad. No es que hayan
tenido siempre un Estado, sino que siempre recuperaron el perdido; y sin duda que lo
recuperarán otra vez, tan pronto los tártaros comiencen a debilitarse interiormente a
consecuencia de la molicie y la pereza que traen las riquezas.
Finalmente, si alguien quisiera defender que, por tal o cual motivo, los judíos fueron
elegidos por Dios para siempre, no le contradiré, a condición que afirme que esta elección,
temporal o eterna, en cuanto que sólo es peculiar de los judíos, no se refiere más que al Estado y
a las comodidades del cuerpo (puesto que sólo esto puede distinguir a una nación de otra); pero
que, por lo que toca al entendimiento y a la verdadera virtud, ninguna nación se distingue de
otra, y que en este sentido, por tanto, ninguna es elegida por Dios con preferencia a otra.
Capítulo IV
x
De la ley divina
x
I
La palabra ley, tomada en sentido absoluto, significa aquello por lo cual los individuos de
una misma especie, ya sean todos, ya sean tan sólo algunos, actúan de una misma forma, fija y
determinada. Ahora bien, la ley puede depender o bien de la necesidad de la naturaleza o del
arbitrio humano; la que depende de la necesidad de la naturaleza, es aquella que se sigue
necesariamente de la misma naturaleza o definición de la cosa; la que depende, en cambio, del
arbitrio de los hombres y que se llama con más propiedad derecho, es aquella que los hombres
se prescriben a sí mismos y a otros, para vivir con más seguridad y comodidad o por otras
razones. Por ejemplo, que todos los cuerpos, al chocar con otros menores, pierdan tanta cantidad
de movimiento como comunican a otros, es una ley universal de todos los cuerpos, que se sigue
de la necesidad de la naturaleza. Y así también, que el hombre, al recordar una cosa, recuerde
inmediatamente otra semejante o percibida simultáneamente con ella, es una ley que se deriva
necesariamente de la naturaleza humana. En cambio que los hombres cedan o se vean forzados a
ceder algo de su derecho, que tienen por naturaleza, y se constriñan a cierto modo de vida,
depende del arbitrio humano.
Y, aunque admito sin reservas que todas las cosas son determinadas por leyes universales de
la naturaleza a existir y a obrar de una forma fija y determinada, afirmo, no obstante, que estas
últimas leyes dependen del arbitrio de los hombres. 1.º Porque el hombre, en la medida en que es
una parte de la naturaleza, constituye también una parte del poder de la naturaleza. De ahí que
aquellas cosas que se derivan de la necesidad de la naturaleza humana, es decir, de la naturaleza
misma, en cuanto la concebimos determinada por la naturaleza humana, se siguen también,
aunque necesariamente, del poder humano. Por lo cual se puede muy bien decir que la sanción
de estas leyes depende de la decisión de los hombres, ya que depende principalmente del poder
de la mente humana; pero de tal forma, sin embargo, que la mente humana, en cuanto percibe las
cosas como verdaderas o como falsas, puede ser clarísimamente concebida sin estas leyes, mas
no sin la ley necesaria tal como acabamos de definirla. 2.º Porque, además, debemos definir y
explicar las cosas por sus causas próximas; y aquella consideración general sobre el hado y la
concatenación de las causas no nos puede valer, en absoluto, para formar y ordenar nuestras
ideas acerca de las cosas particulares. Aparte de que nosotros ignoramos completamente la
misma coordinación y concatenación de las cosas; por lo que, para el uso de la vida, nos es
mejor e incluso indispensable considerar las cosas como posibles
[96]
. Baste con esto sobre la ley
en general.
Pero la verdad es que la palabra ley parece haber sido aplicada, metafóricamente, a las cosas
naturales, ya que habitualmente no se entiende por ley, sino un mandato que los hombres pueden
cumplir e igualmente desdeñar, puesto que constriñe el poder humano dentro de ciertos límites,
que él supera, pero no le impone nada superior a sus fuerzas. Parece, pues, que la ley debe ser
definida, en un sentido más restringido, como la forma de vivir que el hombre se prescribe a sí
mismo o a otros por algún fin. Ahora bien, como el verdadero fin de las leyes sólo suele resultar
claro a unos pocos, mientras que la mayoría de los hombres son casi completamente incapaces
de percibirlo y están muy lejos de vivir de acuerdo con la razón, los legisladores, a fin de
constreñir a todos por igual, establecieron sabiamente un fin muy distinto de aquel que
necesariamente se sigue de la naturaleza de las leyes. A los cumplidores de las leyes les
prometieron, pues, aquello que más ama el vulgo, mientras que a sus infractores les amenazaron
con lo que más teme; es decir, que han procurado sujetar, en la medida de lo posible, al vulgo
como a un caballo con un freno. De ahí que se ha considerado, ante todo, como ley una forma de
vida que es impuesta a los hombres por mandato de otros; y, en consecuencia, los que obedecen
a las leyes, viven, como suele decirse, bajo la ley y parecen sus esclavos. La verdad es que quien
da a cada cual lo suyo, porque teme al patíbulo, obra coaccionado por el mandato ajeno y por el
mal, y no se puede llamar justo; en cambio, quien da a cada uno lo suyo, porque ha conocido la
verdadera naturaleza de las leyes y su necesidad, obra con ánimo firme y por decisión propia y
no ajena, y se llama justo con razón. El mismo Pablo, según creo, quiso enseñar esto, cuando
dijo que quienes vivían bajo la ley, no pudieron justificarse por la ley
[97]
, ya que la justicia, tal
como suele definírsele, es la voluntad constante y perpetua de conceder a cada uno su derecho;
en este sentido, dice Salomón (Proverbios, 21,15) que el justo se alegra cuando se celebra el
juicio, mientras que los inicuos tiemblan de miedo.
Dado, pues, que la ley no es nada más que la forma de vida que los hombres se imponen a sí
mismos o a otros por algún fin, parece que hay que distinguir ley humana y ley divina. Por ley
humana entiendo aquella forma de vida que sólo sirve para mantener segura la vida y el Estado;
por ley divina, en cambio, aquella que sólo se refiere al sumo bien, es decir, al verdadero
conocimiento y amor de Dios
[98]
. La razón de por qué doy el nombre de divina a esta ley, es la
naturaleza misma del bien supremo, que paso a explicar con la mayor brevedad y claridad
posible.
Puesto que la mejor parte de nuestro ser es el entendimiento, está claro que, si realmente
queremos buscar nuestra utilidad, debemos esforzarnos más que nada en perfeccionarlo cuanto
podamos, ya que en su perfección debe consistir nuestro sumo bien. Como, además, todo
nuestro conocimiento y certeza, que elimine efectivamente toda duda, tan sólo depende del
conocimiento de Dios, tanto porque sin Dios nada puede ser ni ser concebido como porque,
mientras no tenemos una idea clara y distinta de Dios, podemos dudar de todo
[99]
, se sigue que
nuestro sumo bien y perfección depende exclusivamente del conocimiento de Dios, etc. Por otra
parte, como nada puede ser ni ser concebido sin Dios, es cierto que cuantas cosas existen en la
naturaleza, implican y expresan el concepto de Dios en proporción a su esencia y a su
perfección; de ahí también que, en la medida en que nosotros conocemos más las cosas
naturales, adquirimos un conocimiento más amplio y más perfecto de Dios. En otros términos
(ya que conocer el efecto por su causa no es sino conocer alguna propiedad de la causa), cuanto
más conocemos las cosas naturales, más perfectamente conocemos la esencia de Dios (que es la
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causa de todas las cosas). Por consiguiente, todo nuestro conocimiento, es decir, nuestro sumo
bien, no sólo depende del conocimiento de Dios, sino que consiste enteramente en él. Lo cual se
sigue también de que el hombre es más perfecto o al contrario, según la naturaleza y perfección
de la cosa que ama por encima de todas. Aquél es, pues, necesariamente el más perfecto y
participa más de la beatitud suprema, que ama, por encima de todo, el conocimiento intelectual
de Dios, ser sumamente perfecto, y se deleita al máximo con él.
A esto se reduce, pues, nuestro sumo bien y nuestra beatitud: al conocimiento y al amor de
Dios. Por consiguiente, los medios exigidos por este fin de todas las acciones humanas, esto es,
por el mismo Dios, en cuanto que su idea está en nosotros, se pueden denominar mandatos de
Dios, porque nos son, por así decirlo, prescritos por el mismo Dios, en cuanto existe en nuestra
mente; y por eso también, la forma de vida, que se orienta a este fin, es denominada con toda
razón ley divina. Cuáles, sin embargo, sean estos medios y cuál la forma de vida que dicho fin
exige; en qué sentido los fundamentos de un Estado perfecto y las relaciones entre los hombres
persigan ese fin, es algo que pertenece determinarlo a la Ética general. En lo que sigue, trataré
exclusivamente de la ley divina.
Una vez probado que el amor de Dios es la suprema felicidad y la beatitud del hombre, el fin
y la meta última de todas las acciones humanas, se sigue que sólo cumple la ley divina quien
procura amar a Dios, no por temor al castigo ni por amor a otra cosa, como los placeres, la fama,
etc., sino simplemente porque ha conocido a Dios o, en otros términos, porque sabe que el
conocimiento y el amor de Dios son el bien supremo. La síntesis de la ley divina y su mandato
supremo consisten, pues, en amar a Dios como sumo bien; y no, como ya hemos dicho, por
miedo de algún castigo y de alguna pena ni por amor a otra cosa con la que esperamos
deleitarnos. Esto es, en efecto, lo que nos dicta la idea de Dios: que Dios es nuestro bien
supremo o que el conocimiento y el amor de Dios son el bien último al que deben ser dirigidas
todas nuestras acciones. Sin embargo, el hombre carnal no es capaz de entender esto y le parece
algo fútil, por estar demasiado ayuno del conocimiento de Dios y porque, además, no encuentra
nada en este sumo bien que él pueda palpar y comer o que afecte a la carne, que es en lo que él
más se deleita, puesto que ese bien consiste exclusivamente en la contemplación y en la pura
mente. Aquéllos, por el contrario, que han descubierto que no poseen nada más noble que el
entendimiento y la mente sana, juzgarán sin duda que estas cosas son las más sólidas.
Hemos explicado, pues, en qué consiste principalmente la ley divina y cuáles son las leyes
humanas, a saber, todas aquellas que llevan consigo un fin distinto del señalado, a menos que
hayan sido sancionadas por la revelación; ya que también de esta forma se refieren las cosas a
Dios (como antes hemos probado); y, en este sentido, la ley de Moisés, aunque no era universal,
sino que estaba principalmente adaptada a la idiosincrasia y a la conservación de un pueblo
concreto, puede ser llamada ley de Dios o ley divina, puesto que creemos que fue sancionada
por la luz profética
[100]
.
Si examinamos ahora la naturaleza de la ley divina natural, tal como acabamos de
describirla, veremos lo siguiente:
1.º Que es universal o común a todos los hombres, ya que la hemos deducido de la
naturaleza humana en general.
2.º Que no exige la fe en las historias, cualesquiera que sean; pues, como esta ley divina
natural se comprende por la sola consideración de la naturaleza humana, es cierto que lo mismo
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la podemos concebir en Adán que en otro hombre cualquiera, en un hombre que viva entre
nosotros, que en uno que lleve una vida solitaria. Aparte de que la fe en las historias, aunque sea
cierta, no nos puede dar el conocimiento de Dios ni tampoco, por consiguiente, el amor de Dios.
Porque el amor de Dios surge de su conocimiento y éste debe ser derivado de nociones comunes,
ciertas y evidentes por sí mismas. La fe en las historias está, pues, muy lejos de ser un requisito
necesario para que lleguemos a nuestro bien supremo. No obstante, aunque la fe en las historias
no pueda darnos el conocimiento y el amor de Dios, no negamos, sin embargo, que su lectura
sea muy útil, en orden a la vida civil; pues, cuanto más observemos y mejor conozcamos las
costumbres y las condiciones de los hombres, que por ningún medio se pueden conocer mejor
que por sus acciones, con más cautela podremos vivir entre ellos y adaptar, en cuanto la razón lo
permita, nuestras acciones y nuestra vida a su forma de ser.
3.º Que esta ley divina natural no exige ceremonias, es decir, acciones en sí indiferentes y
que sólo se llaman buenas por ser algo establecido o por representar algún bien necesario para la
salvación, o, si se prefiere, acciones cuya razón de ser escapa a la capacidad humana. En efecto,
la luz natural no exige nada que ella no capte, sino únicamente aquello que ella puede indicar
con toda claridad que es bueno, esto es, un medio para nuestra felicidad. Por el contrario,
aquellas cosas que sólo son buenas en virtud de un mandato o de una institución, o porque son
representaciones de algún bien, no pueden perfeccionar nuestro entendimiento y no son más que
sombras, lejos de poder ser incluidas entre las acciones que son como la prole o el fruto del
entendimiento o mente sana. Pero esto no es necesario explicarlo más aquí
[101]
.
4.º Vemos, finalmente, que el premio máximo de la ley divina consiste en conocer esa misma
ley, es decir, a Dios y en amarlo con verdadera libertad y con alma sincera y constante, mientras
que la máxima pena consiste en la privación de éstos y en la esclavitud de la carne, es decir, en
un alma inconstante y fluctuante.
Hechas estas observaciones, debemos investigar lo siguiente: 1) Si por la luz natural
podemos concebir a Dios como legislador o como un príncipe que prescribe leyes a los hombres;
2) qué enseña la Escritura sobre esta luz y esta ley natural; 3) con qué fin han sido establecidas
en otro tiempo las ceremonias; 4) qué interés hay en conocer las narraciones sagradas y en creer
en ellas. Las dos primeras cuestiones las trataremos en este capítulo, dejando las otras dos para
el siguiente
[102]
.
II
Qué se deba afirmar acerca del primer punto, se deduce fácilmente de la naturaleza de la
voluntad de Dios, la cual no se distingue del entendimiento de Dios más que en relación a
nuestra razón; en otros términos, la voluntad y el entendimiento de Dios son realmente, en sí
mismos, una y la misma cosa y no se distinguen sino respecto a las ideas que nosotros nos
formamos del entendimiento de Dios. Por ejemplo, cuando consideramos que la naturaleza del
triángulo está contenida, como una verdad eterna, en la naturaleza divina desde la eternidad,
decimos que Dios tiene la idea del triángulo o que entiende la naturaleza del triángulo. Pero,
cuando observamos, después, que la naturaleza del triángulo está contenida en la naturaleza
divina, no en virtud de la necesidad de la esencia y de la naturaleza del triángulo, sino tan sólo
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en virtud de la naturaleza de Dios; aún más, que la necesidad de la esencia y de las propiedades
del triángulo, incluso en cuanto son concebidas como verdades eternas, dependen únicamente de
la necesidad de la naturaleza y del entendimiento divinos, y no de la naturaleza del triángulo,
llamamos voluntad o decreto de Dios lo mismo que antes habíamos llamado entendimiento
divino. Por consiguiente, respecto a Dios, afirmamos una y la misma cosa, cuando decimos que
Dios ha decretado y querido desde la eternidad que los tres ángulos de un triángulo sean iguales
a dos rectos o que Dios entendió justamente eso. De donde se sigue que las afirmaciones y
negaciones de Dios implican siempre una necesidad o una verdad eterna
[103]
.
Y así, por ejemplo, si Dios dijo a Adán que él no quería que comiera del árbol del
conocimiento del bien y del mal, sería contradictorio que Adán pudiera comer de dicho árbol y
sería, por tanto, imposible que Adán comiera de él; puesto que aquel decreto debería llevar
consigo una necesidad y una verdad eterna. Pero, como la Escritura cuenta que Dios le dio ese
precepto a Adán y que, no obstante, Adán comió del árbol
[104]
, es necesario afirmar que Dios tan
sólo reveló a Adán el mal que necesariamente había de sobrevenirle, si comía de aquel árbol;
pero no le reveló que era necesario que dicho mal le sobreviniere. De ahí que Adán no entendió
aquella revelación como una verdad necesaria y eterna, sino como una ley, es decir, como una
orden a la que sigue cierto beneficio o perjuicio, no por una necesidad inherente a la naturaleza
misma de la acción realizada, sino por la simple voluntad y el mandato absoluto de un príncipe.
Por tanto, sólo respecto a Adán y por su defecto de conocimiento, revistió aquella revelación el
carácter de una ley y apareció Dios como un legislador o un príncipe. Y por este mismo motivo,
a saber, por defecto de conocimiento, el Decálogo fue una ley solamente para los hebreos; ya
que, como no habían conocido la existencia de Dios como una verdad eterna, no podían menos
de percibir como una ley lo que se les revelaba en el Decálogo, a saber, que Dios existe y que
sólo él debe ser adorado. En cambio, si Dios les hubiera hablado inmediatamente, sin emplear
ningún medio corpóreo, lo hubieran percibido, no ya como una ley, sino como una verdad
eterna.
Y lo que decimos de los israelitas y de Adán, hay que decirlo también de todos los profetas
que escribieron leyes en nombre de Dios, es decir, que no percibieron adecuadamente los
decretos de Dios, esto es, como verdades eternas. Por ejemplo, hay que decir que el mismo
Moisés percibió, por revelación o por los fundamentos que le fueron revelados, que el pueblo
israelita podía congregarse con gran facilidad en una región del mundo y podía formar una
sociedad completa o constituir un Estado; y que percibió, además, cuál era el modo más fácil de
forzar a ese pueblo a la obediencia; pero que no percibió ni le fue revelado que ese modo era
realmente el mejor ni tampoco que la obediencia general del pueblo, junto con su residencia en
cierta región, traerían necesariamente consigo el objetivo al que tendían. Por consiguiente,
Moisés no percibió todas estas cosas como verdades eternas, sino como preceptos e instituciones
y las prescribió como leyes. De donde resultó también que imaginaban a Dios como un rector,
un legislador, un rey misericordioso, justo, etc. Pero, como todos éstos no son más que atributos
de la naturaleza humana, hay que excluirlos totalmente de la naturaleza divina.
Todo lo anterior, insisto, sólo es aplicable a los profetas, que escribieron leyes en nombre de
Dios, pero no a Cristo.
Pues, aunque parece que también Cristo ha escrito leyes en nombre de Dios, hay que pensar,
sin embargo, que él percibió verdadera y adecuadamente las cosas. Efectivamente, Cristo no fue
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tanto un profeta, cuanto la boca de Dios, puesto que Dios reveló al género humano algunas cosas
a través de la mente de Cristo (como hemos mostrado en el capítulo I), como lo había hecho
antes a través de los ángeles, es decir, por medio de una voz creada, de visiones, etc.
[105] Es,
pues, tan contrario a la razón afirmar que Dios adaptó sus revelaciones a las opiniones de Cristo,
como que las hubiera adaptado antes a las opiniones de los ángeles, es decir, de una voz creada y
de ciertas visiones, a fin de comunicar así a los profetas las cosas que les quería revelar. ¿Cabría
acaso algo más absurdo? Sobre todo, cuando Cristo no había sido enviado únicamente para
enseñar a los judíos, sino a todo el género humano; ya que, en estas condiciones, no bastaba que
tuviera su mente adaptada a las opiniones de los judíos, sino que debía tenerla adaptada a las
opiniones y convicciones de todo el género humano, es decir, a las nociones comunes y
verdaderas. Este hecho, en efecto, de que Dios se reveló inmediatamente a Cristo o a su mente, y
no, como a los profetas, a través de palabras e imágenes, no podemos entenderlo de otra forma,
sino en el sentido de que Cristo percibió o entendió exactamente las cosas reveladas; puesto que
una cosa se entiende propiamente, cuando es percibida por la pura mente, sin ayuda de palabras
e imágenes. Por consiguiente, Cristo percibió verdadera y adecuadamente las cosas reveladas; de
ahí que, si alguna vez las prescribió como leyes, lo hizo por culpa de la ignorancia y de la
pertinacia del pueblo. En ese caso, hizo las veces de Dios, en cuanto que se acomodó al ingenio
del pueblo; de suerte que, aunque habló un poco más claro que los demás profetas, lo hizo en
términos oscuros. Por eso, las más de las veces, enseñó las cosas reveladas en forma de
parábolas, especialmente cuando hablaba a aquéllos a los que no era dado todavía comprender el
reino de Dios (Mateo, 13,10, etcétera). Pues no cabe duda que a aquéllos a los que había sido
concedido entender los misterios celestiales, les enseñó las cosas como verdades eternas y no se
las prescribió como leyes; y, en este sentido, los liberó de la esclavitud de la ley. Actuando así,
no obstante, confirmó y afianzó todavía más la ley y la imprimió profundamente en sus
corazones.
Esto mismo parece indicar Pablo en algunos pasajes, por ejemplo: Romanos, 7,6 y 3,28. Pero
tampoco él quiere hablar abiertamente, sino, como él mismo advierte (Ib., 3, 5 y 6,19), al modo
humano; y lo dice expresamente, cuando califica a Dios de justo. Sin duda que es también a
causa de la debilidad de la carne, por lo que atribuye a Dios la misericordia, la gracia, la ira, etc.,
y adapta sus palabras a la mentalidad del pueblo (como él mismo dice en 1 Corintios, 3,1-2) o de
los hombres carnales. Puesto que él enseña, sin restricción alguna (Romanos, 9, 18), que la ira de
Dios y su misericordia dependen, no de las obras humanas, sino tan sólo de la vocación, es decir,
de la voluntad de Dios; que, además, nadie se justifica por las obras de la ley, sino por la sola ley
(ver Romanos, 3, 28), por la cual él no entiende otra cosa que el pleno asentimiento interno; y, en
fin, que nadie es feliz sin poseer la mente de Cristo (ver Romanos, 8, 9), con la que perciba las
leyes de Dios como verdades eternas.
Nuestra conclusión es, pues, que sólo en relación a la capacidad del vulgo y a su falta de
comprensión se describe a Dios como legislador o príncipe y se le denomina justo,
misericordioso, etc. Porque, en realidad, Dios obra únicamente por necesidad de su naturaleza y
de su perfección, y así dirige todas las cosas. Sus decretos y voliciones son verdades eternas y
siempre implican una necesidad. He ahí lo que me proponía explicar y probar en este primer
punto.
III
Pasemos, pues, al segundo punto y recorramos las páginas sagradas a fin de comprobar qué
nos enseñan acerca de la luz natural y de esta ley divina. Lo primero que encontramos es
justamente la historia del primer hombre, en la que se nos cuenta que Dios prohibió a Adán
comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esto parece significar que Dios
mandó a Adán que hiciera el bien y lo buscara en cuanto bien y no en cuanto es contrario al mal;
es decir, que buscara el bien por amor del bien y no por temor del mal. Ya que, como ya hemos
indicado, quien obra el bien porque conoce exactamente el bien y lo ama, obra libremente y con
ánimo constante; quien obra, en cambio, por temor del mal, actúa forzado por el mal y obra
servilmente y vive bajo las órdenes de otro. Por eso, este simple mandato de Dios a Adán
comprende toda la ley divina natural y está totalmente acorde con el dictamen de la luz natural;
no sería, pues, difícil explicar toda esta historia o parábola del primer hombre a partir del
principio anterior. Pero prefiero dejarlo, porque, por un lado, no puedo estar absolutamente
seguro de si mi explicación concuerda con la mente del escritor; y porque, por otro, hay muchos
que no conceden que esta historia sea una parábola, sino que afirman abiertamente que es una
simple narración
[106]
.
Será, por tanto, más acertado aducir otros pasajes de la Escritura, particularmente aquellos
que han sido dictados por aquel que habla en virtud de la luz natural, en la que aventajó a todos
los sabios de su época, y cuyas opiniones aceptó el pueblo con tanta veneración como las de los
profetas. Me refiero a Salomón, cuya prudencia y sabiduría celebran los sagrados libros, más
bien que su don profético y su piedad. En sus Proverbios, llama al entendimiento humano fuente
de la verdadera vida y hace consistir el infortunio exclusivamente en la ignorancia. Y así (16,
22) dice: fuente de la vida (es) el entendimiento de su señor
[02]
, y el suplicio de los necios es la
ignorancia; adviértase que, en hebreo, por vida, en sentido general, se entiende la vida
verdadera, como se ve por Deuteronomio, 30,19. Salomón pone, pues, el fruto del entendimiento
exclusivamente en la verdadera vida, y el suplicio en su privación; lo cual está plenamente de
acuerdo con lo que antes señalamos, en el punto 4.º, acerca de la ley divina natural. Que, por lo
demás, esta fuente de vida o el entendimiento por sí solo prescribe, como también hemos
probado, leyes a los sabios, lo enseña abiertamente este mismo sabio. Dice, en efecto (13,14): la
ley del prudente (es) fuente de vida, es decir (como consta por el texto que acabamos de citar), el
entendimiento. Aún más (3,13), dice en los términos más explícitos que el entendimiento hace al
hombre feliz y dichoso y le da la verdadera tranquilidad de ánimo. Y así dice: feliz el hombre
que ha hallado la ciencia, y feliz el hijo del hombre que descubre la inteligencia. Y la razón es
que (como dicen los siguientes vv.: 16-17): directamente, da la prolongación de los días
[03] e,
indirectamente, las riquezas y el honor; sus caminos (aquellos que indica la ciencia) son
deliciosos, y todas sus sendas pacíficas. Por tanto, según la opinión de Salomón, únicamente los
sabios viven con ánimo tranquilo y firme, y no los impíos, ya que su alma es agitada por afectos
contrarios y no tienen (como dice Isaías, 57,20) ni paz ni descanso.
En estos Proverbios de Salomón, debemos señalar sobre todo, en fin, lo que se dice en el
cap. 2, puesto que confirma clarísimamente nuestra opinión. Y así en el v. 3 comienza diciendo:
pues, si proclamas la prudencia y ofreces tu voz a la inteligencia, etc., entonces entenderás el
temor de Dios y hallarás la ciencia de Dios (o más bien el amor, ya que el verbo jadah significa
30
[68]
10
20
30
ambas cosas); porque Dios da la sabiduría y de su boca (mana) la ciencia y la prudencia. Con
estas palabras, Salomón indica con toda claridad, en primer lugar, que sólo la sabiduría o
entendimiento nos enseña a temer sabiamente a Dios, es decir, a rendirle un culto auténticamente
religioso. Enseña, además, que la sabiduría y la ciencia fluyen de la boca de Dios y que es Dios
quien las da; y eso mismo lo hemos explicado nosotros antes, al decir que nuestro entendimiento
y nuestra ciencia dependen exclusivamente de la idea o conocimiento de Dios, que ahí tienen su
origen y su perfección. Prosigue diciendo en los términos más explícitos que esta ciencia
contiene una verdadera Ética y Política, que se deducen de ella (v. 9): entonces entenderás la
justicia y el juicio y la rectitud (y) todo buen sendero. Y no contento con ello, continúa: cuando
entre la ciencia en tu corazón y gustes de la sabiduría, tu
[04] providencia velará por ti y tu
prudencia te guardará. Todo lo cual está plenamente acorde con la ciencia natural, ya que ésta
es la que enseña la Ética y la verdadera virtud, una vez que hemos adquirido el conocimiento de
las cosas y que hemos saboreado la excelencia de la ciencia. Según el pensamiento de Salomón,
la felicidad y la tranquilidad de quien cultiva el entendimiento natural no depende, pues, del
poder de la fortuna (es decir, del auxilio externo de Dios), sino principalmente de su propia
virtud interna (o auxilio interno de Dios), en cuanto que ese tal se conserva, sobre todo,
vigilando, actuando y deliberando correctamente.
Finalmente, no debemos pasar aquí por alto aquel pasaje de Pablo, que se halla en Romanos,
1,20, que reza así (Tremellius traduce del texto siríaco)
[107]
: las cosas que Dios ha escondido,
desde la constitución del mundo, en sus creaturas, se perciben por el entendimiento, así como
también su virtud y su divinidad, que es eterna, por lo cual no tienen excusa. Con estas palabras
muestra con suficiente claridad que todo el mundo entiende claramente, por la luz natural, la
virtud y la divinidad eterna de Dios, de donde podemos deducir y saber qué debamos buscar y
qué huir; y por eso concluye que nadie tiene excusa ni puede disculparse con su ignorancia,
como sin duda cabría hacer, si el texto se refiriera a la luz sobrenatural y a la pasión y
resurrección, etc., de Cristo según la carne. De ahí que, un poco más abajo, continúe diciendo (v.
24): por eso los entregó Dios a las inmundas concupiscencias de su corazón, etc.; con estas
palabras y hasta el final del capítulo describe, pues, los vicios de la ignorancia y se refiere a ellos
como castigo de la ignorancia. Lo cual está plenamente en consonancia con el dicho de
Salomón, ya citado (Proverbios, 16, 22): y el suplicio de los necios es la ignorancia. Nada
extraño, pues, que Pablo afirme que los malhechores son inexcusables
[108] ya que, lo que cada
uno siembra, eso cosecha, y de las acciones malas se siguen necesariamente males, a menos que
sean sabiamente corregidas, y de las acciones buenas se siguen bienes, si las acompaña la
constancia de ánimo. Por tanto, la Escritura recomienda la luz y la ley divina natural, sin
restricción alguna. Con esto pongo fin a lo que había decidido tratar en este capítulo.
Capítulo V
x
Por qué han sido instituidas las ceremonias y por qué y
para quiénes es necesaria la fe en las historias
x
I
En el capítulo precedente, hemos mostrado que la ley divina, que hace a los hombres
verdaderamente felices y enseña la verdadera vida, es común a todos los hombres; más aún, la
hemos deducido de la naturaleza humana, por lo que debe ser considerada como innata y, por así
decirlo, inscrita en la mente humana
[109].
Por el contrario, las ceremonias (aquéllas, al menos, que se encuentran en el Antiguo
Testamento) sólo fueron instituidas para los hebreos y de tal forma fueron adaptadas a su Estado,
que, en su mayor parte, podían ser practicadas por la comunidad en general, mas no por cada
individuo en particular. Es cierto, pues, que no pertenecen a la ley divina y que, por
consiguiente, tampoco contribuyen nada a la felicidad y a la virtud, sino que tan sólo se refieren
a la elección de los hebreos, es decir (por lo expuesto en el capítulo III), a la felicidad temporal
del cuerpo y a la tranquilidad del Estado, y que, por lo mismo, sólo pudieron tener alguna
utilidad mientras duró su Estado. Por consiguiente, si en el Antiguo Testamento esas ceremonias
eran referidas a la ley de Dios, es simplemente porque fueron establecidas en virtud de una
revelación o de acuerdo con principios revelados.
No obstante, como la razón, por sólida que sea, no vale gran cosa para el común de los
teólogos, me parece oportuno confirmar también con la autoridad de la Escritura lo que acabo de
indicar. Para mayor claridad, mostraré, después, cómo y por qué razón servían las ceremonias
para afianzar y conservar el Estado de los judíos
[110]
.
La enseñanza más clara de Isaías es sin duda que la ley divina, sin restricción, significa
aquella ley universal que consiste en la forma recta de vida y no en las ceremonias. Y así, llama
el profeta (Isaías, 1, 10) a su pueblo a que escuche de sus labios la ley divina, de la que excluye,
de entrada, todo género de sacrificios y todas las fiestas, para terminar enseñando la ley como tal
(vv. 16-17), que él reduce a estas pocas cosas: a la purificación del alma y a la práctica o hábito
de la virtud o buenas acciones, y finalmente a la obligación de ayudar al necesitado. No menos
elocuente es aquel testimonio del salmista (Salmos, 40,7 y 9), cuando se dirige a Dios en estos
términos: no quisiste el sacrificio ni la oblación, me abriste los oídos
[05]
, no pediste holocaustos
ni ofrendas por el pecado; yo he querido, oh Dios, cumplir tu voluntad, porque tu ley está en mis
entrañas. Isaías llama, pues, ley de Dios únicamente a aquella que está inscrita en las entrañas o
en la mente y separa de ella las ceremonias; pues, como éstas sólo son buenas en virtud de un
decreto y no por su naturaleza, no están grabadas en las mentes. Aparte de estos pasajes, existen
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[71]
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30
otros en la Escritura que acreditan lo mismo, pero baste con los dos citados.
En cuanto a que las ceremonias no ayudan en nada a la felicidad, sino que miran
exclusivamente por el bienestar temporal del Estado, también consta por la Escritura, ya que por
las ceremonias no promete más que comodidades y delicias del cuerpo, y únicamente por la ley
divina universal promete la felicidad. En efecto, en los cinco libros que suelen atribuirse a
Moisés, no se promete, como antes hemos dicho, otra cosa que este bienestar temporal, a saber,
honores o fama, victorias, riquezas, placeres y salud. Y, aun cuando aquellos libros contengan,
además de las ceremonias, muchos preceptos morales, éstos no están incluidos ahí en cuanto
enseñanzas morales, sino como mandatos que se adaptan perfectamente a la capacidad y a la
idiosincrasia propia de la nación hebrea, y porque velan exclusivamente por la utilidad de su
Estado. Por ejemplo, Moisés no enseña a los judíos que no maten ni roben, en calidad de doctor
o de profeta, sino que se lo impone como legislador y como príncipe; y la prueba es que no
demuestra su doctrina por la razón, sino que a sus preceptos añade una pena, que puede y debe
variar según la idiosincrasia de cada nación, como la experiencia ha probado con creces.
Igualmente, el precepto de no cometer adulterio sólo se refiere a la utilidad de la nación y del
Estado; puesto que, si hubiera querido ofrecer una enseñanza moral, que no atendiera
exclusivamente a la utilidad de la nación, sino a la tranquilidad interior y a la verdadera felicidad
individual, no condenaría únicamente la acción externa, sino también el consentimiento interno.
Así lo hizo Cristo: sólo enseñó doctrinas universales (ver Mateo, 5, 28), y por eso promete
un premio espiritual y no corporal, como Moisés. Porque, como he dicho, Cristo no fue enviado
para conservar el Estado y para dictar leyes, sino tan sólo para enseñar la ley universal. Por
donde entendemos fácilmente que Cristo no abrogó la ley de Moisés, dado que no se propuso
introducir ninguna nueva ley en el Estado, sino que puso su máximo empeño en enseñar
doctrinas morales y en distinguirlas de las leyes del Estado; y sobre todo a causa de la ignorancia
de los fariseos, que pensaban que vivía felizmente quien defendía los derechos del Estado o la
ley de Moisés, siendo así que esta ley sólo miraba por el Estado y no servía tanto para enseñar a
los hebreos, cuanto para coaccionarlos
[111]
.
Pero volvamos a nuestro tema y traigamos a colación otros pasajes de la Escritura que no
prometen por las ceremonias más que comodidades corporales, y por la ley divina universal, la
felicidad. Entre los profetas, nadie enseñó esto con más claridad que Isaías, quien, después de
condenar la hipocresía, encomienda la libertad y la caridad consigo mismo y con el prójimo y
promete a quienes lo hagan lo siguiente (Isaías, cap. 58): entonces surgirá tu luz como la aurora
y tu salud enseguida florecerá, e irá ante ti tu justicia y la gloria de Dios te agregará
[06]
, etc. A
continuación también recomienda el sábado y a quienes lo observen con diligencia les promete
esto: entonces te deleitarás con Dios
[07] y yo te haré cabalgar
[08] sobre las cumbres de la tierra
y haré que comas la herencia de Jacob, tu padre, tal como lo ha dicho la boca de Jehová.
Vemos, pues, que el profeta promete por la libertad y la caridad una mente sana en un cuerpo
sano y la gloria de Dios después de la muerte; en cambio, por las ceremonias, no promete más
que la seguridad y la prosperidad del Estado y la felicidad del cuerpo. En los Salmos 15 y 24 no
se mencionan para nada las ceremonias, sino tan sólo las enseñanzas morales, justamente porque
en ellos se trata únicamente de la felicidad, y ésta es lo único que se promete, aunque en forma
de parábola. Es cierto, en efecto, que por monte de Dios y sus tiendas y por morar en ellos se
entiende la felicidad y la tranquilidad de ánimo, y no el monte de Jerusalén ni el tabernáculo de
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[73]
10
Moisés, puesto que nadie habitaba en esos lugares, y solamente podían administrarlos quienes
pertenecían a la tribu de Leví. Por otra parte, todas las frases de Salomón que he aducido en el
capítulo anterior, sólo prometen la felicidad por el cultivo del entendimiento y de la sabiduría, en
cuanto que sólo por ésta se llega a comprender el temor de Dios y a encontrar la ciencia de Dios.
En cuanto a que los hebreos no están obligados, después de la destrucción de su Estado, a
observar las ceremonias, se ve por Jeremías, quien, en el momento en que ve y predice que la
devastación de la ciudad está muy próxima, dice que Dios tan sólo ama a aquellos que saben y
entienden que él ejerce su misericordia, su juicio y su justicia en el mundo, y que, por tanto, en
lo sucesivo sólo quienes sepan esto serán juzgados dignos de alabanza
[113]
. Como si dijera que,
tras la devastación de la ciudad, Dios no exigirá nada especial a los judíos ni les pedirá, en lo
sucesivo, nada más que la ley natural, que obliga a todos los mortales.
Por lo demás, también el Nuevo Testamento confirma plenamente esto, puesto que, como
hemos dicho, en él sólo se enseñan doctrinas morales y se promete por ellas el reino de los
cielos; en cambio, las ceremonias, después que se comenzó a predicar el Evangelio a otros
pueblos, que se regían por el derecho de otro Estado, fueron abandonadas por los apóstoles. Y si
los fariseos las mantuvieron, al menos la mayor parte de ellas, tras la pérdida del Estado
israelita, lo hicieron con ánimo de oponerse a los cristianos, más que de agradar a Dios. De
hecho, después de la primera destrucción de la ciudad, cuando fueron llevados a Babilonia como
cautivos, al no estar, que yo sepa, divididos en sectas, descuidaron rápidamente las ceremonias e
incluso abandonaron toda la ley de Moisés, olvidaron, como completamente superfluos, los
derechos de la patria y comenzaron a mezclarse con las demás naciones, como consta más que
de sobra por Esdras y Nehemías.
No cabe duda, pues, de que los judíos, desde la disolución de su Estado, ya no están más
obligados por la ley de Moisés que lo estaban antes del comienzo de su sociedad y de su Estado.
Pues, mientras vivieron entre otras naciones, antes de la salida de Egipto, no tuvieron ninguna
ley particular ni estuvieron obligados por ningún derecho, fuera del natural y, por supuesto, del
derecho del Estado en el que vivían, en cuanto que no se oponía a la ley divina natural. En
cuanto a que los patriarcas hicieron sacrificios a Dios, pienso que obedeció a que, teniendo,
desde la infancia, su ánimo acostumbrado a los sacrificios, lo excitaban mejor así a la devoción;
porque, desde los tiempos de Enoc, todos los hombres estaban plenamente habituados a los
sacrificios, por lo que sólo ellos los movían especialmente a la devoción. Por consiguiente, los
patriarcas ofrecieron sacrificios a Dios, no por un derecho divino que lo impusiera, ni porque lo
dedujeran de los principios universales de la ley divina, sino llevados de la costumbre de aquella
época; y, si lo hicieron por mandato de alguien, ese mandato no fue otro que el derecho del
Estado en el que vivían, al que también ellos estaban obligados, como antes hemos dicho y
como habíamos señalado en el capítulo III, al referirnos a Melquisedec
[114]
.
Con lo anterior pienso haber confirmado mi opinión con la autoridad de la Escritura. Me
resta ahora mostrar cómo y por qué motivos servían las ceremonias para mantener y afianzar el
Estado de los hebreos; lo haré con la máxima brevedad que pueda a partir de principios
universales.
La sociedad
[115] es sumamente útil e igualmente necesaria, no sólo para vivir en seguridad
frente a los enemigos, sino también para tener abundancia de muchas cosas; pues, a menos que
los hombres quieran colaborar unos con otros, les faltará arte y tiempo para sustentarse y
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[74]
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conservarse lo mejor posible. No todos, en efecto, tienen igual aptitud para todas las cosas, y
ninguno sería capaz de conseguir lo que, como simple individuo, necesita ineludiblemente. A
todo el mundo, repito, le faltarían fuerzas y tiempo, si cada uno debiera, por sí solo, arar,
sembrar, cosechar, moler, cocer, tejer, coser y realizar otras innumerables actividades para
mantener la vida, por no mencionar las artes y las ciencias, que también son sumamente
necesarias para el perfeccionamiento de la naturaleza humana y para su felicidad. Constatamos,
en efecto, que aquellos que viven como bárbaros, sin gobierno alguno, llevan una vida mísera y
casi animal y que incluso las pocas cosas que poseen, por pobres y bastas que sean, no las
consiguen sin colaboración mutua, de cualquier tipo que sea.
Ahora bien, si los hombres estuvieran por naturaleza constituidos de tal forma que no
desearan nada, fuera de lo que la verdadera razón les indica, la sociedad no necesitaría ley
alguna, sino que sería absolutamente suficiente enseñar a los hombres doctrinas verdaderas para
que hicieran espontáneamente, y con ánimo sincero y libre, lo que es verdaderamente útil. Pero
la verdad es que la naturaleza humana está constituida de forma muy distinta; porque todos
buscan su propia utilidad, mas no porque lo dicte la sana razón, sino que, las más de las veces,
desean las cosas y las juzgan útiles, porque se dejan arrastrar por el solo placer y por las
pasiones del alma, sin tener en cuenta para nada el tiempo futuro ni otras cosas. De donde resulta
que ninguna sociedad puede subsistir sin autoridad y sin fuerza y, por tanto, sin leyes que
moderen y controlen el ansia de placer y los impulsos desenfrenados.
No obstante, tampoco la naturaleza humana soporta ser coaccionada sin límite, y, como dice
Séneca, el trágico, nadie ha contenido largo tiempo Estados de violencia, mientras que los
moderados son estables
[116]
. Porque, en la medida en que los hombres sólo actúan por miedo,
hacen lo que rechazan de plano y no se fijan en la necesidad o utilidad de la acción a realizar,
sino que sólo se cuidan de no hacerse reos de muerte o de ser castigados. Más aún, no pueden
menos de alegrarse con el mal o perjuicio del que manda, aunque ello redunde en gran
detrimento propio, y de desearle todos los males y de inferírselos tan pronto puedan. Por otra
parte, nada pueden soportar menos los hombres que el servir a sus iguales y ser gobernados por
ellos. Finalmente, nada resulta más difícil que volver a quitar a los hombres la libertad, una vez
concedida.
De las anteriores consideraciones se deriva lo siguiente: 1.º) Que o bien toda la sociedad
debe tener, si es posible, el poder en forma colegial, a fin de que todos estén obligados a
obedecer a sí mismos y nadie a su igual; o bien, si son pocos o uno solo quien tiene el poder,
debe poseer algo superior a la humana naturaleza o, al menos, debe procurar con todas sus
fuerzas convencer de ello al vulgo. 2.º) Que en cualquier Estado hay que establecer de tal modo
las leyes, que los hombres sean controlados, no tanto por el miedo, cuanto por la esperanza de
algún bien que desean vehementemente, ya que entonces todo el mundo cumplirá gustoso su
oficio. 3.º) Finalmente, como la obediencia consiste en que alguien cumpla las órdenes por la
sola autoridad de quien manda, se sigue que la obediencia no tiene cabida en una sociedad cuyo
poder está en manos de todos y cuyas leyes son sancionadas por el consenso general; y que en
semejante sociedad, ya aumenten las leyes, ya disminuyan, el pueblo sigue siendo igualmente
libre, porque no actúa por autoridad de otro, sino por su propio consentimiento. Lo contrario
sucede cuando uno solo tiene el poder sin límites, ya que entonces se ejecutan las órdenes del
Estado por la simple autoridad de un individuo; de ahí que, a menos que estén educados desde el
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comienzo a estar pendientes de la palabra del que manda, difícil le será a éste establecer nuevas
leyes, cuando fuera necesario, y quitar al pueblo la libertad una vez concedida
[117]
.
Con estas ideas generales a la vista, bajemos ya a analizar el Estado de los hebreos. Tan
pronto salieron de Egipto, ya no estaban obligados por el derecho de ninguna otra nación, y les
estaba permitido, por tanto, dictar nuevas leyes o establecer nuevos derechos a guisa suya, y
constituir un Estado donde quisieran y ocupar las tierras que desearan. Para nada, sin embargo,
eran menos aptos que para fijar sabiamente derechos y para detentar ellos mismos el poder
supremo, puesto que todos eran un tanto rudos y estaban deformados por la esclavitud. El poder
tuvo que permanecer, pues, en manos de uno solo, que mandara sobre los demás, les obligara
por la fuerza y les prescribiera, finalmente, leyes y las interpretara en adelante. Efectivamente,
Moisés logró fácilmente retener ese poder, porque superaba a los demás por una virtud divina, y
convenció al pueblo de que la poseía y lo confirmó con muchos hechos (ver Éxodo, 14, 34;
19,9). Estableció, pues, derechos con la virtud divina, de que estaba dotado, y los impuso al
pueblo. Tuvo, sin embargo, sumo cuidado de que el pueblo cumpliera su deber, no tanto por
miedo como por propia iniciativa. De hecho, le obligaban a ello dos razones valiosas: la natural
contumacia del pueblo (que no tolera ser obligado únicamente por la fuerza) y la inminencia de
la guerra; ya que, para que ésta tenga éxito, es necesario animar a los soldados, más bien que
aterrarlos con amenazas y con castigos; porque, de esta forma, todo el mundo se esfuerza más en
brillar por su virtud y magnanimidad que en evitar únicamente el suplicio.
Por este motivo, introdujo Moisés, por su virtud y por mandato divino, la religión en el
Estado: para que el pueblo cumpliera su oficio, no tanto por miedo cuanto por devoción. Por otra
parte, urgió esa obligación con beneficios y con numerosas promesas divinas para el futuro;
aparte de que no dictó leyes demasiado severas, como cualquiera que las haya estudiado nos
concederá sin dificultad, sobre todo si se fija en las circunstancias que se requerían para
condenar a alguien. Finalmente, a fin de que el pueblo, que no podía ser autónomo, estuviera
pendiente de la palabra de la autoridad, no permitió que unos hombres, acostumbrados a la
esclavitud, hicieran nada a su capricho. Efectivamente, el pueblo no podía hacer nada sin
sentirse obligado a recordar en ese momento la ley y cumplir las órdenes que sólo dependían del
dictamen del que tenía el poder. No les estaba permitido, por ejemplo, arar, sembrar, recolectar a
su voluntad, sino según cierto precepto concreto de la ley; ni tampoco comer algo, vestirse,
cortar el pelo o la barba, ni alegrarse ni hacer absolutamente nada, si no era de acuerdo con los
preceptos y mandatos prescritos en las leyes. Y no sólo eso, sino que estaban obligados a colocar
en las puertas, en las manos y entre los ojos ciertas señales que les invitaran siempre a la
obediencia
[118]
.
La finalidad de las ceremonias fue, pues, ésta: que los hombres no hicieran nada por decisión
propia, sino todo por mandato ajeno y que con sus acciones y consideraciones dejaran
constancia de que no eran autónomos, sino totalmente dependientes de otro. De todo ello resulta
más claro que la luz del día que las ceremonias no contribuyen nada a la felicidad y que, en
concreto, las del Antiguo Testamento e incluso toda la ley de Moisés no estaban orientadas más
que al Estado de los hebreos y, por consiguiente, a las comodidades del cuerpo.
Por lo que respecta a las ceremonias de los cristianos, a saber, el bautismo, la santa cena, las
fiestas, las oraciones externas y aquellas otras, si las hay, que son y han sido siempre comunes a
todo el cristianismo, si fueron instituidas por Cristo o por los apóstoles (cosa que a mí no me
20
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[77]
10
20
consta todavía), fueron es tallecidas como signos externos de la Iglesia universal, pero no como
cosas que contribuyan algo a la felicidad o que contengan en sí alguna santidad
[119]
. Así, pues,
aunque esas ceremonias no han sido instituidas en orden al Estado, sí lo fueron en orden
exclusivamente a la sociedad en su totalidad. Por tanto, aquel que vive solo, no está obligado a
cumplirlas; aún más, quien vive en un Estado, en el que está prohibida la religión cristiana, está
obligado a prescindir de ellas, y podrá, no obstante, vivir feliz. Un ejemplo de esto lo tenemos en
el reino del Japón
[120]
, donde está prohibida la religión cristiana: los holandeses que viven allí
están obligados, por mandato de la Compañía de las Indias Orientales, a abstenerse de todo culto
externo. No voy a confirmarlo con otros testimonios; y, aunque no sería difícil deducirlo también
de los fundamentos del Nuevo Testamento y probarlo, quizá, con otros ejemplos, prefiero
dejarlos, porque me urge abordar otra cuestión.
II
Paso, pues, al tema que decidí tratar en segundo lugar en este capítulo, a saber, para quiénes
y por qué razones es necesaria la fe en las historias contenidas en los libros sagrados. Mas, para
investigarlo por la luz natural, me parece que debo proceder como sigue
[121]
.
Si alguien quiere persuadir o disuadir a los hombres de algo que no es evidente por sí
mismo, sólo conseguirá que lo acepten, si lo deduce de algo que ellos conceden y los convence
por la experiencia o por la razón, es decir, o con cosas que ellos han comprobado por los
sentidos que suceden realmente o con axiomas intelectuales evidentes por sí mismos. No
obstante, a menos que la experiencia sea entendida clara y distintamente, aunque convenza al
hombre, no logrará afectar su entendimiento ni disipar sus nieblas tanto como cuando el objeto
en cuestión es deducido exclusivamente de axiomas intelectuales, es decir, de la sola virtud del
entendimiento y siguiendo su orden de percepción; y, sobre todo, cuando se trata de un objeto
espiritual y que no cae en absoluto bajo los sentidos. Pero, para deducir las cosas de las simples
nociones intelectuales, se requiere, las más de las veces, una larga cadena de percepciones,
aparte de una precaución suma, de un agudo talento y de un dominio perfecto, cosas que rara vez
se hallan juntas en los hombres. De ahí que los hombres prefieren informarse por la experiencia,
más bien que deducir todas sus percepciones de unos pocos axiomas y encadenar unos con
otros
[122]
.
En consecuencia, si alguien desea enseñar una doctrina a toda una nación, por no decir a
todo el género humano, y ser comprendido en todo por todos, está obligado a confirmar su
doctrina por la sola experiencia y a adaptar sus argumentos y las definiciones de las cosas que
pretende enseñar a la capacidad de la plebe, que constituye la mayor parte del género humano,
en vez de encadenar sus argumentos y de formular sus definiciones como serían más útiles para
su argumentación. De lo contrario, sólo escribirá para los doctos, es decir, que sólo podrá ser
comprendido por muy pocos hombres, en relación al conjunto. Dado, pues, que toda la Escritura
fue revelada para utilidad de toda la nación, primero, y de todo el género humano, finalmente,
fue necesario que las cosas en ella contenidas estuvieran muy bien adaptadas a la capacidad del
pueblo y que se confirmaran por la simple experiencia.
Expliquemos esto con más claridad. Las cosas que la Escritura quiere enseñar, relativas a la
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simple especulación, son principalmente las siguientes: que existe Dios, es decir, un ser que hizo
todas las cosas y las dirige y sustenta con una sabiduría suprema, y que tiene el máximo cuidado
de los hombres, a saber, de aquellos que vivan piadosa y honestamente, y que castiga a los
demás con numerosos suplicios y los separa de los buenos. La Escritura demuestra estos temas
sólo por la experiencia, es decir, con las historias que cuenta; y no da ninguna definición de las
cosas que relata, sino que adapta todas las palabras y argumentos a la capacidad de la plebe. Y,
aunque la experiencia no pueda aportar ningún conocimiento claro de estas cosas ni enseñar qué
es Dios y de qué modo sostiene y dirige todas las cosas y cómo cuida de los hombres, puede, no
obstante, enseñar e iluminar a los hombres en la medida estrictamente suficiente para imprimir
en sus ánimos la obediencia y la devoción
[123]
.
Con esto creo que está suficientemente claro a quiénes y en qué sentido es necesaria la fe en
las historias contenidas en la Escritura Sagrada. Pues de lo que acabo de exponer se sigue con
toda evidencia que su conocimiento y su fe es indispensable al vulgo, cuyo talento es incapaz de
percibir clara y distintamente las cosas. Consta, además, que quien las niega, porque no cree que
Dios exista ni que tenga providencia de las cosas y de los hombres, es un impío. En cambio,
quien las ignora, pero ha conocido por la luz natural que Dios existe y lo demás que acabamos
de decir y observa una forma de vida recta, es totalmente feliz; e incluso más feliz que el vulgo,
porque, aparte de las opiniones exactas, tiene un concepto claro y distinto. Y, finalmente, quien
ni conoce estas historias de la Escritura ni conoce nada por la luz natural, si no es impío o
contumaz, es sin duda inhumano y casi un bruto y no posee ningún don de Dios
[124]
.
Hay que señalar, sin embargo, que, cuando nosotros decimos que el conocimiento de las
historias es sumamente necesario al vulgo, no queremos decir el conocimiento de absolutamente
todas las historias contenidas en las Sagradas Escrituras, sino tan sólo de aquellas principales,
que bastan por sí solas para mostrar con evidencia más que suficiente la doctrina a que
acabamos de referirnos, y que pueden mover más que ninguna otra los ánimos de los hombres.
Porque, si todas las historias de la Escritura fueran necesarias para probar su doctrina y si
únicamente se pudiera sacar una conclusión a partir de una consideración general de
absolutamente todas las historias en ella contenidas, la demostración y deducción de su doctrina
no sólo superaría la capacidad y las fuerzas de la plebe, sino del hombre en general. ¿Quién, en
efecto, podría atender simultáneamente a tan gran número de historias y a tantas circunstancias y
partes de una doctrina que debería ser extraída de tantas y tan diversas historias? Yo, al menos,
soy incapaz de convencerme de que aquellos hombres que nos dejaron la Escritura, tal como la
tenemos, hayan tenido tal ingenio que hayan podido efectuar tal demostración; y, mucho menos,
de que la doctrina de la Escritura no pueda ser comprendida sin haber dado oídos a las
discusiones de Isaac, sin escuchar los consejos de Aquitofel a Absalón, sin tener en cuenta la
guerra civil de los hijos de Judá y los de Israel, y otras crónicas por el estilo
[125]
. Ni tampoco
puedo creer que esa misma doctrina no haya podido ser demostrada, a partir de dichas historias y
con la misma facilidad, a los primeros judíos, que vivieron en tiempos de Moisés, que a aquellos
que vivieron en la época de Esdras. Pero de esto hablaremos más ampliamente más adelante.
El vulgo sólo está obligado, por tanto, a conocer aquellas historias que más pueden mover
sus ánimos a la obediencia y a la devoción; pero no está en disposición de emitir un juicio sobre
ellas, puesto que se complace más con las narraciones y con los sucesos concretos e inesperados,
que con la doctrina misma de tales historias; de ahí que, aparte de la lectura de las historias, el
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vulgo necesite de pastores o ministros de la Iglesia que le instruyan de acuerdo con la debilidad
de su talento.
Pero, a fin de no desviarnos de nuestro objetivo y de probar el punto principal que nos
habíamos propuesto, concluyamos diciendo que la fe en las historias, cualesquiera que ellas
sean, no pertenece a la ley divina ni hace, por sí misma, felices a los hombres, ni tiene utilidad
alguna, a no ser en razón de su doctrina, que es el único motivo por el que unas historias pueden
ser más importantes que otras. Así, pues, las narraciones contenidas en el Antiguo y en el Nuevo
Testamento son más importantes que las demás historias profanas y que otras historias bíblicas,
según la proporción de opiniones salvíficas que de ellas se siguen. Por consiguiente, si uno lee
las historias de la Sagrada Escritura y cree en todas ellas, pero no presta atención a la doctrina
que ésta pretende enseñar con ellas, ni enmienda su vida, es lo mismo que si hubiera leído el
Corán
[126] o creaciones poéticas escenificables o las crónicas ordinarias, con la atención con que
suele hacerlo el vulgo. En cambio, quien las ignora completamente y, no obstante, tiene
opiniones saludables y practica una vida honesta, es, como hemos dicho, totalmente feliz y
posee realmente el espíritu de Cristo.
Pero los judíos opinan de forma totalmente opuesta. Pues afirman que las opiniones
verdaderas y la forma recta de vida en nada contribuyen a la felicidad, mientras los hombres las
abracen por la sola luz natural, y no como doctrinas reveladas a Moisés como profeta. Esto es
justamente lo que se atreve a afirmar expresamente Maimónides, en el cap. 8.º de Reyes, ley 11:
todo aquel que acepta los siete mandamientos
[09] y los cumple con diligencia, está entre los
piadosos de las naciones y es heredero del mundo futuro; es decir, si los acepta y los cumple,
porque Dios los mandó en la ley y porque nos reveló por Moisés que ya habían sido prescritos
antes a los hijos de Noé; pero, si los cumple guiado por la razón, no es habitante ni está entre
los piadosos ni
[127] entre los sabios de las naciones. Éstas son las palabras de Maimónides
[128]
.
Y R. Joseph, hijo de Shem Tob, en su libro titulado Kebob Elohim o gloria de Dios, añade que,
aunque Aristóteles (que, según él cree, escribió la Ética más perfecta y a quien estima por
encima de todos) no haya omitido nada de lo que se refiere a la verdadera ética y que él mismo
ha aceptado en su Ética, sino que lo ha cumplido todo con diligencia, eso no pudo serle útil para
la salvación, porque no abrazó esas enseñanzas como doctrinas divinas, reveladas en forma de
profecías, sino únicamente en virtud del dictamen de la razón
[129]
.
Yo creo, sin embargo, que todo aquel que haya leído atentamente todo esto, estará
convencido de que no se trata sino de simples ficciones, que no están avaladas ni con razones ni
con la autoridad de la Escritura; su simple exposición basta, pues, para refutarlas. Tampoco es
mi intención refutar la opinión de aquellos que defienden que la luz natural no puede enseñar
nada sano sobre las cosas relativas a la verdadera salvación; puesto que como ellos no se otorgan
a sí mismos ninguna razón sana, tampoco lo pueden probar con ninguna razón; y si pretenden
poseer algo superior a la razón, es una pura ficción y algo muy inferior a la razón, como lo ha
demostrado su estilo habitual de vida. Pero, sobre esto, no es necesario hablar con más claridad.
Sólo añadiré una cosa: que no podemos conocer a nadie más que por sus obras. De ahí que quien
abunde en estos frutos, a saber, en la caridad, la alegría, la paz, la longanimidad, la benignidad,
la bondad, la fe, la mansedumbre y la continencia (contra los cuales, como dice Pablo en la carta
a los Gálatas, 5,22, no ha sido dictada la ley), ese tal, ya haya sido instruido por la razón, ya por
la Escritura sola, ha sido instruido realmente por Dios y es totalmente feliz
[130]
. Con esto
termino, pues, cuanto me había propuesto tratar sobre la ley divina.
Capítulo VI
x
De los milagros
x
I
Así como los hombres han acostumbrado a llamar divina a aquella ciencia que supera la
capacidad humana, así también han llamado obra divina u obra de Dios a aquella obra cuya
causa es ignorada por el vulgo. El vulgo, en efecto, cree que el poder y la providencia de Dios
no están nunca tan patentes como cuando ve que sucede en la naturaleza algo insólito y opuesto
a la opinión que sobre ella ha recibido, especialmente si ello redunda en provecho y comodidad
propia. Y con nada cree que se puede probar mejor la existencia de Dios, que por el hecho de
que la naturaleza no mantiene, según él cree, su orden; y por eso piensa que todos aquellos que
explican o intentan entender las cosas y los milagros por causas naturales, eliminan a Dios o, al
menos, la providencia divina.
Es decir, que el vulgo estima que, mientras la naturaleza actúa de la forma habitual, Dios no
hace nada; y que, a la inversa, el poder de la naturaleza y las causas naturales están ociosos,
mientras Dios actúa. Imagina, pues, dos poderes numéricamente distintos, a saber, el poder de
Dios y el poder de las cosas naturales, aunque éste está de algún modo determinado por Dios o
(como opina actualmente la mayoría) es creado por él. No sabe, sin embargo, qué entiende por
uno y otro poder, ni por Dios y la naturaleza, si no es que imagina el poder de Dios como la
autoridad de cierta majestad real y el poder de la naturaleza como una fuerza o un ímpetu. De
ahí que el vulgo llama milagros u obras de Dios a las obras insólitas de la naturaleza; y, en parte
por devoción, en parte por deseos de oponerse a aquellos que cultivan las ciencias naturales, se
gloría de ignorar las causas naturales y sólo quiere oír lo que ignora y, por tanto, lo que más
admira. Y es que el vulgo sólo puede adorar a Dios y referir todas las cosas a su dominio y a su
voluntad, suprimiendo las causas naturales e imaginando las cosas fuera del orden de la
naturaleza; y nunca admira más el poder de Dios que cuando imagina el poder de la naturaleza
como sometido por Dios.
Esto parece tener su origen en los primeros judíos que, para convencer a los gentiles de su
tiempo, que adoraban a dioses visibles, a saber, el Sol, la Luna, la Tierra, el Agua, el Aire, etc., y
convencerles de que aquellos dioses eran débiles e inconstantes o mudables, y de que estaban
bajo el dominio del Dios invisible, les contaban sus milagros, con los que pretendían demostrar,
además, que toda la naturaleza era dirigida en beneficio exclusivo de ellos por el Dios que
adoraban. Tanto agradó esto a los hombres, que no han cesado, hasta la época actual, de inventar
milagros, para que se creyera que ellos eran más gratos a Dios que los demás y que eran la causa
final por la que Dios creó todas las cosas y las dirige incesantemente. ¡A qué no se atreverá la
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estupidez del vulgo, cuando no tiene ningún concepto sano ni sobre Dios ni sobre la naturaleza,
confunde los designios de Dios con los de los hombres y finge, finalmente, la naturaleza tan
limitada, que cree que el hombre es su parte principal! Con esto he expuesto con suficiente
amplitud las opiniones y prejuicios del vulgo sobre la naturaleza y los milagros.
Mas, a fin de explicar el tema con orden, probaré los puntos siguientes: 1.º Que nada sucede
contra la naturaleza, sino que ella mantiene un orden fijo e inmutable; y mostraré, a la vez, qué
hay que entender por milagro. 2.º Que por los milagros no podemos conocer ni la esencia ni la
existencia de Dios ni, por tanto, su providencia, sino que todo esto se percibe mucho mejor por
el orden fijo e inmutable de la naturaleza. 3.º Mostraré, a partir de unos cuantos ejemplos de la
Escritura, que la misma Escritura, por decretos y voliciones de Dios y, por tanto, por
providencia, no entiende otra cosa que el mismo orden de la naturaleza, que se sigue
necesariamente de sus leyes eternas. 4.º Trataré, finalmente, de la forma de interpretar los
milagros de la Escritura y haré algunas observaciones más dignas de nota acerca de la narración
de los milagros. He ahí los temas principales que constituyen el contenido central de este
capítulo y que contribuirán no poco, según creo, al objetivo final de este libro
[131]
.
II
Por lo que respecta al primer punto, se desprende fácilmente de cuanto hemos demostrado en
el capítulo IV sobre la ley divina, a saber, que todo lo que Dios quiere o determina, implica una
necesidad y una verdad eternas
[132]
. Allí hemos mostrado, en efecto, que, como el entendimiento
de Dios no se distingue de su voluntad, afirmamos lo mismo cuando decimos que Dios quiere
algo y cuando decimos que Dios lo entiende; y que, por tanto, con la misma necesidad con la
que de la naturaleza divina se sigue que Dios entiende alguna cosa como es, se sigue también
que Dios la quiere tal como es. Y puesto que nada es necesariamente verdadero, a no ser por el
decreto divino, se sigue con toda evidencia que las leyes universales de la naturaleza son
decretos de Dios que se siguen de la necesidad y de la perfección de la naturaleza divina. Por
consiguiente, si sucediera algo en la naturaleza que contradijera sus leyes universales,
repugnaría necesariamente también al decreto y al entendimiento y a la naturaleza divina; y, si
alguien afirmara que Dios hace algo contra las leyes de la naturaleza, se vería forzado a afirmar,
a la vez, que Dios actúa contra su naturaleza, lo cual es la cosa más absurda. Se podría probar
fácilmente lo mismo por el hecho de que el poder de la naturaleza es el mismo poder y virtud de
Dios y que el poder divino es la mismísima esencia divina; pero prefiero dejar esto de momento.
Por tanto, no sucede nada en la naturaleza
[010] que repugne a sus leyes universales, ni nada que
no esté acorde con ellas o no se derive de ellas. Cuanto se produce, en efecto, se hace por la
voluntad y por el eterno decreto de Dios, es decir, que, como ya hemos probado, cuanto se hace,
se efectúa según unas leyes y unas reglas que implican una necesidad y una verdad eternas. Por
consiguiente, la naturaleza observa siempre unas leyes y unas reglas que implican una necesidad
y una verdad eternas, aunque no todas nos sean conocidas, y mantienen también un orden fijo e
inmutable.
Por otra parte, no hay ninguna sana razón que nos aconseje atribuir a la naturaleza un poder
y una virtud limitados y afirmar que sus leyes sólo son aptas para ciertas cosas y no para todas.
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Pues, dado que la virtud y el poder de la naturaleza son la misma virtud y poder de Dios, y que
las leyes y reglas de la naturaleza son los mismos decretos divinos, hay que creer absolutamente
que el poder de la naturaleza es infinito y que sus leyes son tan amplias que se extienden a todo
cuanto es concebido por el entendimiento divino. Ya que, de no ser así, se afirmaría
sencillamente que Dios creó la naturaleza tan impotente y le impuso unas leyes y unas reglas tan
estériles, que se ve forzado a venir con frecuencia en su ayuda, si quiere que la naturaleza sea
conservada, y a que las cosas sucedan como por un deseo, lo cual considero totalmente ajeno a
la razón.
Dado, pues, que en la naturaleza no acontece nada que no se siga de sus leyes, que estas
leyes se extienden a todo lo que es concebido por el entendimiento divino, y que, finalmente, la
naturaleza observa un orden fijo e inmutable, se sigue clarísimamente de cuanto llevamos dicho
que el término milagro sólo se puede entender en relación a las opiniones humanas y que no
significa sino una obra cuya causa natural no podemos explicar a ejemplo de otra cosa que nos
es familiar, o que no puede explicarla, al menos, quien describe o relata el milagro. También
podría decir que milagro es aquello cuya causa no puede ser explicada por los principios de las
cosas naturales conocidos por la luz natural. Pero, como los milagros fueron hechos según la
capacidad del vulgo, el cual ignora completamente los principios de las cosas naturales, es cierto
que los antiguos tuvieron por milagro lo que no podían explicar en la forma en que el vulgo
suele explicar las cosas naturales, a saber, recurriendo a la memoria, a fin de recordar otra cosa
similar, que suele imaginar sin sorpresa; ya que el vulgo considera que entiende suficientemente
una cosa cuando no se sorprende de ella. De ahí que los antiguos y casi todo el mundo hasta el
día de hoy no tuvieron otra norma para el milagro, aparte de ésta
[133]
. No cabe duda, por tanto,
de que en las Sagradas Escrituras se narran muchas cosas como milagros, cuyas causas pueden
ser fácilmente explicadas por principios conocidos de las cosas naturales, como ya hemos
indicado en el capítulo II, al referirnos al hecho de que el sol se detuviera en tiempos de Josué y
que retrocediera en tiempos de Ajaz
[134]
. Pero de todo esto trataremos más largamente después,
al referimos a la interpretación de los milagros, de la que he prometido tratar en este capítulo.
III
Ya es hora, pues, de pasar al segundo punto, es decir, a probar que por los milagros no
podemos entender ni la esencia ni la existencia ni la provindencia de Dios, sino que, por el
contrario, estas cosas se perciben mucho mejor por el orden fijo e inmutable de la naturaleza.
Procedo, para ello, de la forma siguiente. Puesto que la existencia de Dios no es conocida por sí
misma
[n6]
, debe ser necesariamente demostrada a partir de nociones
[135]
, cuya verdad sea tan
firme e inconcusa, que no pueda existir ni ser concebido poder alguno que pueda cambiarlas.
Desde el momento, al menos, que deducimos de ellas la existencia de Dios, deben
presentársenos con tales características, si pretendemos con ellas poner fuera de toda duda dicha
existencia. Pues, si pudiéramos concebir que esas nociones pudieran ser cambiadas por algún
poder, cualquiera que fuera, dudaríamos de su verdad y, por tanto, también de nuestra
conclusión, es decir, de la existencia de Dios, y no podríamos estar ciertos jamás de cosa alguna.
Por otra parte, sabemos que sólo está acorde con la naturaleza o la contradice aquello que hemos
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mostrado que está acorde con esos principios o los contradice. De ahí que, si pudiéramos
concebir que un poder, cualquiera que fuera, pudiera hacer algo en la naturaleza que la
contradijera, contradiría igualmente a esas nociones y debería, por tanto, ser desechado como
absurdo; o habría que dudar de las primeras nociones (como acabamos de explicar) y, por
consiguiente, de Dios y de todo lo percibido de cualquier modo. Los milagros, en cuanto que por
tales se entiende una obra que repugna al orden de la naturaleza, están, pues, tan lejos de
mostrarnos la existencia de Dios, que, antes por el contrario, nos harían dudar de ella; sin ellos,
en cambio, podemos estar seguros de la existencia divina, con tal que sepamos que todas las
cosas de la naturaleza siguen un orden fijo e inmutable.
Supongamos, sin embargo, que milagro es aquello que no puede explicarse por causas
naturales. Se lo puede entender de dos formas: o que tiene sin duda causas naturales, pero que
éstas no pueden ser averiguadas por el entendimiento humano, o que no admite causa alguna,
aparte de Dios o de la voluntad divina. Pero, como todas las cosas que son hechas por causas
naturales también son producidas por el poder y la voluntad de Dios, hay que llegar finalmente a
esto: que el milagro, ya tenga causas naturales, ya no las tenga, es una obra que no puede ser
explicada por una causa, es decir, que supera la capacidad humana. Ahora bien, por una obra y,
en general, por cualquier cosa que supere nuestra capacidad, no podemos entender nada. Pues
todo lo que entendemos clara y distintamente, nos debe ser conocido o por sí mismo o por otra
cosa que entendemos clara y distintamente. Por consiguiente, por el milagro, es decir, por una
obra que supera nuestra capacidad, no podemos comprender ni la esencia ni la existencia de
Dios, ni nada, en general, acerca de Dios y de la naturaleza
[136]
.
Por el contrario, puesto que sabemos que todas las cosas son determinadas y sancionadas por
Dios, que las operaciones de la naturaleza se siguen de la esencia de Dios y que las leyes de la
naturaleza son decretos eternos y voliciones de Dios, hay que concluir sin reservas que nosotros
conocemos a Dios y la voluntad divina tanto mejor, cuanto mejor conocemos las cosas naturales
y cuanto más claramente entendemos cómo dependen de la causa primera y cómo obran según
las leyes eternas de la naturaleza. Por este motivo, aquellas obras de nuestro entendimiento que
entendemos clara y distintamente, deben ser llamadas obras de Dios y referidas a la voluntad
divina con mucho más derecho que aquellas que ignoramos completamente, aunque ocupen gran
parte de nuestra imaginación y susciten en los hombres gran admiración. Pues aquellas obras de
la naturaleza que entendemos clara y distintamente, son las únicas que hacen más sublime el
conocimiento de Dios y manifiestan con la máxima claridad la voluntad y los decretos de Dios.
Así pues, aquellos que, cuando ignoran una cosa, recurren a la voluntad de Dios, desvarían
totalmente: ¡forma ridícula, sin duda, de confesar la propia ignorancia!
[137]
.
Por lo demás, aunque de los milagros se pudiera concluir algo, no podría ser nunca la
existencia de Dios. Pues, dado que el milagro es una obra limitada y no expresa nunca más que
un cierto poder limitado, está claro que de dicho efecto no podemos concluir la existencia de una
causa cuyo poder sea infinito, sino, a lo sumo, de una causa cuyo poder sea mayor
[138]
; digo a b
sumo, porque, de muchas causas que concurran simultáneamente, también puede seguirse algo,
cuya fuerza y poder sea menor que el poder de todas esas causas juntas, pero mucho mayor que
el poder de cada una de ellas. Pero, como las leyes de la naturaleza (como ya hemos dicho) se
extienden al infinito y son concebidas por nosotros bajo cierta especie de eternidad, y como la
naturaleza procede, según esas leyes, en un orden fijo e inmutable, estas leyes nos indican,
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justamente por eso, la infinitud, eternidad e inmutabilidad de Dios en alguna medida.
Concluimos, pues, que por los milagros no se puede conocer a Dios, ni su existencia ni su
providencia, sino que esto se demuestra mucho mejor por el orden fijo e inmutable de la
naturaleza.
Me refiero, en esta conclusión, al milagro en cuanto que por tal se entiende una obra que
supera o se cree que supera la capacidad humana. Porque, si supusiéramos que destruye o
interrumpe el orden de la naturaleza o que contradice sus leyes, entonces (como acabamos de
mostrar) no sólo no puede proporcionarnos ningún conocimiento de Dios, sino que nos quitaría,
por el contrario, el que naturalmente poseemos y nos haría dudar de Dios y de todo. Por lo
demás, en este momento no reconozco diferencia alguna entre obra contra la naturaleza y obra
sobre la naturaleza, es decir, como ellos suelen expresarse
[139]
, una obra que no contradice a la
naturaleza, pero que no puede ser producida y efectuada por ella. Ya que, como el milagro no se
efectúa fuera de la naturaleza, sino dentro de ella, aunque se defienda que es superior a la
naturaleza, es necesario que interrumpa el orden de la naturaleza, que, por otra parte,
concebimos como fijo e inmutable en virtud de los decretos de Dios. De ahí que, si en la
naturaleza se produjera algo que no se siguiera de sus leyes, contradiría necesariamente el orden
que Dios estableció para siempre en ella mediante las leyes universales de la naturaleza; ese
hecho estaría, pues, en contra de las leyes de la naturaleza, y la creencia en él nos haría dudar de
todo y nos conduciría al ateísmo.
Con esto pienso haber dado razones firmes y suficientes para probar el punto segundo, antes
señalado. Así que podemos concluir, una vez más, que el milagro, ya sea contra la naturaleza, ya
sea sobre la naturaleza, es un puro absurdo, y que, por consiguiente, en las Sagradas Escrituras
no se puede entender por milagro nada más que una obra de la naturaleza que, como dijimos,
supera o se cree superar la capacidad humana.
Antes de pasar al punto tercero, me parece oportuno confirmar con la autoridad de la
Escritura esta opinión mía, a saber, que por los milagros no podemos conocer a Dios. Y, aunque
la Escritura no enseña esto abiertamente en ningún lugar, se puede concluir fácilmente de ella. Y,
en primer lugar, del hecho de que Moisés (Deuteronomio, 13) manda que condenen a muerte al
profeta seductor, aunque haga milagros. Pues se expresa así: (aunque) se produzca la señal o el
portento que te predijo, etc., no quieras (sin embargo) dar crédito a las palabras de ese profeta,
etc., porque vuestro Dios os tienta, etc. Que aquel profeta sea (pues) condenado a muerte, etc.
De donde se sigue claramente que los milagros también pueden ser realizados por falsos profetas
y que, a menos que los hombres estén provistos del verdadero conocimiento y amor de Dios, por
los milagros pueden ser inducidos con la misma facilidad a abrazar dioses falsos o el Dios
verdadero. Pues añade Moisés: porque Jehová, vuestro Dios, os tienta para saber si le amáis con
todo vuestro corazón y con toda vuestra alma
[140]
. Por otra parte, los israelitas no lograron
formar, a partir de tantos milagros, una idea correcta de Dios, como la misma experiencia ha
confirmado. Y así, cuando creyeron que Moisés se había marchado, pidieron a Aarón
divinidades visibles: y, ¡qué vergüenza!, un becerro fue la idea que ellos formaron, finalmente,
de Dios a partir de tantos milagros
[141]
. Y Asaf, aunque había oído tantos milagros, dudó de la
providencia de Dios y casi se hubiera desviado del camino recto si no hubiera comprendido, por
fin, la verdadera beatitud (Salmos, 73). El mismo Salomón, en cuya época los asuntos judíos
estaban en su máximo esplendor, alberga la sospecha de que todo sucede por casualidad (ver
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Eclesiastés, 3, 19-21; 9, 2-3, etc.). Finalmente, a casi todos los profetas les resultó muy oscuro
eso mismo, a saber, cómo podían conciliarse el orden de la naturaleza y los hechos humanos con
la idea que ellos se habían hecho de la providencia de Dios.
En cambio, los filósofos
[142]
, que procuran entender las cosas no por los milagros sino por
conceptos claros, siempre tuvieron eso muy claro; me refiero a aquellos que ponen la verdadera
felicidad en la sola virtud y tranquilidad de ánimo y que no intentan que la naturaleza les
obedezca, sino, al revés, obedecer ellos a la naturaleza; puesto que éstos están seguros de que
Dios dirige la naturaleza tal como lo exigen sus leyes universales y no las leyes particulares de la
naturaleza humana, y de que, por lo mismo, Dios no sólo tiene en cuenta el género humano, sino
toda la naturaleza. Consta, pues, por la misma Escritura que los milagros no proporcionan el
conocimiento verdadero de Dios, ni enseñan claramente la providencia divina.
Es cierto, sin embargo, que constatamos muchas veces en la Escritura que Dios hizo
prodigios para darse a conocer a los hombres. Por ejemplo (Éxodo, 10,2), que Dios burló a los
egipcios y dio muestras de su presencia para que los israelitas conocieran que él era Dios. Pero
de ahí no se sigue que los milagros enseñen realmente eso, sino únicamente que los judíos tenían
tales opiniones, que podían ser fácilmente convencidos por esos milagros. Pues ya hemos
probado claramente antes, en el capítulo segundo, que los argumentos proféticos o formados a
partir de la revelación no se derivan de nociones universales y comunes, sino de ideas admitidas,
aunque sean absurdas, y de las opiniones de aquéllos a quienes se revelan las cosas o a quienes
quiere convencer el Espíritu Santo; y lo hemos confirmado con numerosos ejemplos e incluso
con el testimonio de Pablo, que era griego con los griegos y judío con los judíos
[143]
. Porque,
aunque aquellos milagros podían convencer a los egipcios y a los judíos en virtud de sus ideas
previas, no podían proporcionarles una idea y un conocimiento verdadero de Dios; únicamente
podían lograr que ellos admitieran que existe una divinidad más poderosa que todas las cosas
por ellos conocidas y que, además, cuidaba de los hebreos (a quienes por entonces les sucedió
todo mucho mejor de lo que podrían esperar) más que de nadie. Pero los milagros no podían
convencerles de que Dios cuida de todos los hombres por igual, porque esto solamente lo puede
enseñar la filosofía. De ahí que los judíos y todos los que no tuvieron noticia de la providencia
de Dios más que por los diversos estados de las cosas humanas y por la desigual fortuna de los
hombres, se creyeron que eran más queridos por Dios que los demás, aunque realmente no los
aventajaban en la verdadera perfección humana, como ya hemos probado en el capítulo III
[144]
.
IV
Paso, pues, al punto tercero: probar por la Escritura que los decretos o mandatos de Dios y,
por tanto, su providencia no son, en realidad, nada más que el orden de la naturaleza; es decir,
que, cuando la Escritura afirma que esto o aquello fue hecho por Dios o por su voluntad, no
entiende sino que eso se hizo según las leyes y el orden de la naturaleza y no, como opina el
vulgo, que la naturaleza dejó entonces de actuar o que su orden fue interrumpido algún tiempo.
Ahora bien, la Escritura no enseña directamente lo que no se refiere a su doctrina, porque no es
incumbencia suya (como dijimos al hablar de la ley divina) enseñar las cosas por sus causas
naturales ni tratar de asuntos puramente especulativos
[145]
. Por eso, debemos probar lo que
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pretendemos, derivándolo como una consecuencia lógica de ciertas historias de la Escritura que
casualmente son relatadas con más amplitud y detalle. Aduciré, pues, algunos ejemplos.
En 1 Samuel, 9,15-16 se cuenta que Dios reveló a Samuel que le enviaría a Saúl; sin
embargo, no envió a éste a Samuel, como los hombres suelen enviar alguien a otro, sino que este
envío no fue otra cosa que el mismo orden de la naturaleza. Efectivamente, como se dice en el
citado pasaje, estaba Saúl buscando las asnas que había perdido y ya pensaba regresar sin ellas a
casa, cuando, por consejo de su criado, se dirigió al profeta Samuel para que le informara en
dónde podría hallarlas; de todo el relato no se desprende que Saúl haya recibido de Dios otro
mandato, aparte de este desarrollo natural de los hechos, para que se dirigiera a Samuel. En
Salmos, 105,24 se dice que Dios cambió el ánimo de los egipcios, a fin de que odiaran a los
israelitas; pues también este cambio fue totalmente natural, como consta por Éxodo, 1, donde se
da cuenta del no ligero motivo que movió a los egipcios a reducir a esclavitud a los israelitas. En
Génesis, 9,13 dice Dios a Noé que le dará como señal el arco iris en una nube; pues tampoco
esta acción de Dios es otra cosa que la refracción y reflexión de los rayos del sol que éstos
sufren en las gotitas de agua. En Salmos, 147,18 la acción natural del viento y el calor con que
se derriten la escarcha y la nieve, se llaman palabras de Dios; y en el v. 15 el viento y el frío
reciben el nombre de dicho y palabra de Dios; el viento y el fuego se dicen, en Salmos, 104,4,
legados y ministros de Dios. Se encuentran en la Escritura otros muchos pasajes similares, los
cuales indican con la máxima claridad que el decreto, el mandato, el dicho y la palabra de Dios
no son otra cosa que la misma acción y el orden de la naturaleza. No cabe duda, pues, de que
todo cuanto se refiere en la Escritura sucedió naturalmente; pero es referido a Dios, porque,
como ya hemos dicho, no incumbe a la Escritura enseñar las cosas por sus causas naturales, sino
relatar únicamente aquellas que predominan en la imaginación, y hacerlo con el método y el
estilo más apropiados para suscitar la máxima admiración y para imprimir, por tanto, la
devoción en el ánimo del vulgo.
Por consiguiente, si se halla en la Escritura alguna cosa de la que no acertamos a dar razón y
que parece haber sucedido al margen o contra el orden de la naturaleza, no debe constituir un
obstáculo para nosotros, sino que debemos creer con firmeza que lo que realmente haya
sucedido, ha sucedido naturalmente
[146]
. Lo cual se confirma también, porque en los milagros
concurrían varias circunstancias, aunque no siempre se describan, especialmente cuando se
expresan en estilo poético; pues las circunstancias de los milagros, repito, muestran claramente
que éstos exigen causas naturales. Y así, para que los egipcios fueran infestados de lepra, fue
necesario que Moisés esparciera las cenizas por los aires (ver Éxodo, 9,10). También las
langostas se dirigieron a la zona de Egipto por un mandato natural de Dios, a saber, por un
viento del Este que sopló día y noche sin parar; y por un fortísimo viento del Oeste abandonaron
esa región (ver Éxodo, 10, 14 y 19). El mar abrió camino a los judíos por el mismo mandato de
Dios (ver Éxodo, 14,21), es decir, por el Euro que sopló fortísimamente toda la noche. Por otra
parte, para que Elíseo resucitara a un niño que se creía que estaba muerto, debió echarse varías
veces sobre él hasta que se calentó, primero, y abrió, finalmente, los ojos (2 Reyes, 4,34-5).
También en el evangelio de Juan, 9 se narran ciertas circunstancias de las que se sirvió Cristo
para sanar a un ciego. Existen en la Escritura otros muchos pasajes por el estilo, todos los cuales
muestran suficientemente que los milagros requieren algo distinto del mandato absoluto (así lo
llaman) de Dios. Hay que pensar, pues, que aunque no siempre se cuenten las circunstancias de
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los milagros ni sus causas naturales, o al menos no todas, los milagros no se produjeron sin ellas.
Lo cual consta también por Éxodo, 14,27, donde únicamente se cuenta que el mar volvió a
hincharse ante una simple señal de Moisés, sin mencionar para nada el viento; pero en el Canto
triunfal (Éxodo, 15, 10) se dice, por el contrario, que sucedió así, porque Dios sopló con su
viento (es decir, con un viento fortísimo); es decir, que esa circunstancia es omitida en el relato,
y así el milagro parece mayor.
Pero quizá arguya alguno que existen en la Escritura muchísimos hechos que no parecen
poder explicarse de ningún modo por causas naturales; como que los pecados y las súplicas de
los hombres pueden ser causa de la lluvia y de la fertilidad de la tierra, o que la fe pudo curar a
los ciegos, y otras cosas similares que se hallan en los sagrados libros. Por mi parte, creo haber
respondido ya a esto, puesto que he probado que la Escritura no enseña las cosas por sus causas
próximas, sino que, tanto en el orden como en el estilo, narra las cosas de la forma que mejor
puedan mover a los hombres y principalmente a la plebe a la devoción; de ahí que hable en
términos muy impropios de Dios y de las cosas, porque no se propone convencer a la razón, sino
impresionar la fantasía e imaginación de los hombres y dominarla. Porque, si la Escritura
relatara la devastación de un Estado tal como suelen hacerlo los historiadores políticos, no
impresionaría a la plebe; por el contrario, si lo describe todo poéticamente y lo refiere a Dios,
como suele hacer, le impresiona al máximo. Por tanto, cuando la Escritura cuenta que la tierra es
estéril a causa de los pecados de los hombres o que los ciegos se curan por la fe, no debe
afectarnos más que cuando dice que Dios se irrita o entristece por los pecados de los hombres,
que se arrepiente del bien prometido o hecho, o que Dios, porque ve un signo, recuerda su
promesa, y otras muchísimas cosas que o bien están expresadas poéticamente o bien están
descritas según las opiniones y prejuicios del escritor.
Concluimos, pues, sin restricción alguna, que todo lo que se dice en la Escritura que sucedió
realmente, sucedió necesariamente, como todas las cosas, según las leyes de la naturaleza. Y, si
se encuentra algo que pueda demostrarse apodícticamente que contradice las leyes de la
naturaleza o que no pudo derivarse de ellas, hay que creer firmemente que fue añadido a las
Sagradas Escrituras por hombres sacrílegos. Ya que, todo lo que es contra la naturaleza es contra
la razón, y lo que es contra la razón es absurdo y por lo mismo también debe ser rechazado
[147]
.
V
Ya sólo nos resta hacer unas observaciones acerca de la interpretación de los milagros o más
bien (pues lo principal ya ha sido dicho) sintetizarlas e ilustrarlas con algún que otro ejemplo, tal
como prometí hacer en el cuarto punto. Con ello pretendo conseguir que nadie, por interpretar
mal algún milagro, sospeche temerariamente que ha encontrado algo en la Escritura que repugna
a la luz natural.
Es sumamente raro que los hombres cuenten una cosa simplemente como ha sucedido, sin
mezclar al relato nada de su propio juicio. Más aún, cuando ven u oyen algo nuevo, si no tienen
sumo cuidado con sus opiniones previas, estarán, las más de las veces, tan condicionados por
ellas que percibirán algo absolutamente distinto de lo que ven u oyen que ha sucedido;
particularmente, si lo sucedido supera la capacidad de quien las cuenta o las oye, y sobre todo si
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le interesa que el hecho suceda de una determinada forma. De ahí resulta que los hombres, en
sus crónicas e historias, cuentan más bien sus opiniones que las cosas realmente sucedidas; que
uno y el mismo caso es relatado de modo tan diferente por dos hombres de distinta opinión, que
parece tratarse de dos casos; y que, finalmente, no es demasiado difícil muchas veces averiguar
las opiniones del cronista y del historiador por sus simples relatos
[148]
.
En confirmación de esto podría aducir muchos ejemplos, tanto de filósofos que han escrito la
historia de la naturaleza como de cronistas, si no lo juzgara superfluo. Sólo aduciré, pues, un
ejemplo tomado de la Sagrada Escritura; de los demás, que juzgue el mismo lector. En tiempos
de Josué, los hebreos (como ya antes advertimos) creían, con el vulgo, que el sol se desplaza con
el llamado movimiento diurno y que, en cambio, la tierra está en reposo. A esta opinión previa
adaptaron el milagro que les sucedió, cuando luchaban contra aquellos cinco reyes. Porque no
dijeron simplemente que aquel día fue mayor que de costumbre, sino que el sol y la luna se
detuvieron o dejaron de moverse; esto, en efecto, podía ayudarles no poco en aquella época para
convencer a los gentiles, que adoraban el sol, y demostrarles por la experiencia que el sol estaba
bajo el dominio de otra divinidad, ante cuya señal está obligado a cambiar su orden natural. De
ahí que, en parte por religión, en parte por sus opiniones previas, concibieron y relataron el
hecho de forma muy distinta de como realmente pudo suceder
[149]
.
Para interpretar, pues, los milagros de la Escritura y entender por sus relatos cómo se
produjeron realmente, es necesario conocer las opiniones de los primeros que los contaron y de
los que nos los transmitieron por escrito, y distinguirlas de aquello que los sentidos pudieron
representarles; pues, de lo contrario, confundiremos sus opiniones y juicios con el mismo
milagro, tal como sucedió en realidad. Conocer sus opiniones tiene interés, no sólo para los
milagros, sino para no confundir las cosas que realmente sucedieron con las cosas imaginarias y
que no fueron más que representaciones proféticas. En la Escritura, en efecto, se cuentan muchas
cosas como reales y que incluso eran creídas como tales, pero que no fueron más que
representaciones y cosas imaginarias. Por ejemplo, que Dios (ser supremo) descendió del cielo
(ver Éxodo, 19,18; Deuteronomio, 5,19) y que el monte Sinaí humeaba, porque Dios había
bajado a él rodeado de fuego; que Elias subió al cielo en un carro de fuego y en caballos de
fuego
[150]
. Todo lo cual no fueron más que representaciones, adaptadas a las opiniones de
aquellos que nos las transmitieron tal como ellos las representaron, es decir, como cosas
actuales. Pues todos los que tienen un poco más idea que el vulgo saben que Dios no tiene
derecha ni izquierda, ni se mueve ni está parado, ni se halla en un lugar, sino que es
absolutamente infinito y contiene en sí todas las perfecciones. Esto, repito, lo saben quienes
juzgan las cosas por las percepciones del entendimiento puro y no tal como la imaginación es
afectada por los sentidos externos, como suele hacer el vulgo. Éste, en efecto, concibe a Dios
como algo corpóreo e investido de un poder regio, y sitúa su solio en la bóveda del cielo, por
encima de las estrellas, cuya distancia de la tierra no cree ser demasiado larga
[151]
. A éstas y
parecidas opiniones están adaptados (como hemos dicho) muchísimos casos de la Escritura, que
no deben, por consiguiente, ser aceptados como reales por los filósofos.
Para saber, finalmente, si los milagros sucedieron realmente, importa conocer los giros y
modismos hebreos; pues quien no les preste suficiente atención atribuirá a la Escritura muchos
milagros que sus escritores nunca pensaron contar, y desconocerá en absoluto, no sólo las cosas
y los milagros tal como realmente han sucedido, sino incluso la mente de los autores de los
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sagrados códices. Zacarías, 14,7, por ejemplo, hablando de cierta guerra futura, dice: y el día
será único, sólo conocido de Dios; no (habrá, pues) día ni noche; pero, en el momento del
atardecer, surgirá la luz. Con estas palabras parece predecir un gran milagro; y, sin embargo, no
quiere sino indicar a los judíos que la batalla será todo el día incierta y que su resultado sólo es
conocido a Dios, y que al atardecer alcanzarán la victoria. De hecho, los profetas solían predecir
y describir en términos similares las victorias y las derrotas de las naciones, como vemos en
Isaías, 13, donde pinta así la destrucción de Babilonia: porque las estrellas del cielo y sus astros
no brillarán con su luz, el sol se cubrirá de tinieblas al amanecer y la luna no enviará el
resplandor de su luz. No pienso que haya nadie que crea que esto sucedió realmente en la
destrucción de aquel imperio; como tampoco lo que añade más adelante: por eso haré
estremecer los cielos, y la tierra será removida de su lugar
[152]
. Y así, el mismo Isaías, 48,21, a
fin de indicar a los judíos que regresarán seguros de Babilonia a Jerusalén y que no pasarán sed
en el camino, dice: y no tuvieron sed, los condujo por el desierto, les hizo brotar agua de una
piedra, rompió la piedra y fluyeron aguas. Con estas palabras, insisto, no quiere significar, sino
que los judíos encontrarán, como de hecho sucede, fuentes en el desierto, con las que mitigarán
su sed; puesto que, cuando, por consentimiento de Ciro, se dirigieron los judíos a Jerusalén,
consta que no les sucedieron tales milagros.
Relatos de este tipo hay muchísimos en las Sagradas Escrituras, que son formas de hablar
típicas de los judíos, sin que sea necesario recogerlos aquí uno a uno. Tan sólo quisiera señalar, a
este respecto, que con estos giros los hebreos no sólo acostumbraron a hablar elegantemente,
sino también y sobre todo, devotamente. Por este motivo, justamente, hallamos en las Sagradas
Escrituras que Dios bendice en vez de maldice (ver 1 Reyes, 21,10; Job, 2,9); y por eso también,
los hebreos referían todas las cosas a Dios. De ahí que la Escritura no parece narrar más que
milagros, incluso cuando habla de las cosas más naturales, de lo cual ya hemos aducido algunos
ejemplos. Hay que creer, pues, que cuando la Escritura dice que Dios endureció el corazón del
faraón, no indica con ello sino que el faraón fue contumaz. Y cuando dice que Dios abre las
ventanas del cielo, no significa sino que llovió mucho
[153]
; y así otras cosas. Por consiguiente, si
uno presta honradamente atención a esos giros hebreos y a que en la Escritura se cuentan
muchas cosas con suma brevedad, sin detalles y casi mutiladas, no hallará en ella apenas
ninguna que pueda demostrarse que repugna a la luz natural; y, por el contrario, muchas que
antes le parecían oscurísimas, podrá entenderlas tras una breve meditación e interpretarlas con
facilidad. Con esto pienso haber mostrado claramente lo que pretendía.
No obstante, antes de poner fin a este capítulo, aún queda otra cosa que quiero señalar aquí,
a saber, que yo he seguido un método totalmente distinto para los milagros y para la profecía.
Efectivamente, sobre la profecía no afirmé nada que no haya podido deducirlo de los principios
revelados en las Escrituras Sagradas; aquí, en cambio, lo principal lo he extraído exclusivamente
de principios conocidos por la luz natural. Y lo he hecho de propósito, ya que, como la profecía
supera la capacidad humana y es una cuestión puramente teológica, no podía afirmar nada sobre
ella ni saber en qué consistía esencialmente si no era por los principios revelados; por eso me vi
obligado a elaborar un estudio histórico
[154] de la profecía y formular, a partir de ahí, algunos
dogmas que me indicaran, en la medida de lo posible, la naturaleza y propiedades de la profecía.
En cambio, respecto a los milagros, como lo que aquí investigamos (a saber, si podemos admitir
que acontezca algo en la naturaleza que contradiga sus leyes o que no podría seguirse de ellas),
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es algo plenamente filosófico, no necesitaba nada parecido; aún más, me pareció más razonable
desarrollar esta cuestión a partir de los fundamentos conocidos por la luz natural, por ser los
mejor conocidos. Digo que me pareció más razonable, porque también podía haberla resuelto
fácilmente a partir de los solos principios y enseñanzas de la Escritura. Y para que todo el
mundo lo vea, lo mostraré brevemente.
La Escritura afirma en ciertos pasajes que la naturaleza, en general, observa un orden fijo e
inmutable, por ejemplo, en Salmos, 148, 6; Jeremías, 31, 35-6. Por otra parte, el filósofo
[155]
, en
su Eclesiastés, 1,10, enseña clarísimamente que en la naturaleza no surge nada nuevo; y en los
vv. 11-12, aclarando esto mismo, dice que, aun cuando alguna vez sucede algo que parece
nuevo, no es nuevo realmente, sino que ya sucedió en siglos precedentes, de los que no queda
recuerdo. Porque, como él mismo afirma, los actuales no conservamos memoria alguna de los
antiguos, como tampoco la conservarán los venideros de los actuales. Más adelante (3,11), dice
que Dios lo ha ordenado cuidadosamente todo en orden a su época, y afirma (v. 14) que él ha
llegado a saber que todo cuanto Dios hace permanecerá para siempre, sin que se le pueda ni
añadir ni sustraer nada. Todo ello muestra con toda evidencia que la naturaleza observa un orden
fijo e inmutable, que Dios ha sido el mismo en todos los siglos a nosotros conocidos y
desconocidos, que las leyes de la naturaleza son tan perfectas y eficaces que no se les puede
añadir ni quitar nada, y, finalmente, que los milagros sólo aparecen como algo nuevo a
consecuencia de la ignorancia de los hombres. La Escritura enseña expresamente todo esto y
jamás, en cambio, que en la naturaleza suceda algo que contradiga sus leyes o que no pueda
derivarse de ellas; y por consiguiente, no hay que atribuirlo tampoco a la Escritura.
Se añade a ello que los milagros requieren causas y circunstancias (como ya hemos
explicado); que no provienen de no sé qué imperio regio, que el vulgo asigna a Dios, sino del
mandato y decreto divino, esto es (como también hemos probado por la misma Escritura), de las
leyes y del orden de la naturaleza; y, en fin, que los milagros también pueden ser hechos por
impostores, como se prueba convincentemente por Deuteronomio, 13 y Mateo, 24,24.
De lo anterior se sigue, además, con toda claridad que los milagros fueron cosas naturales y
que, por tanto, hay que explicarlos de suerte que no aparezcan como nuevos (para servirme de la
palabra de Salomón) ni contrarios a la naturaleza, sino que se aproximen al máximo, si fuera
posible, a las cosas naturales. Para que todo el mundo pueda hacerlo con mayor facilidad, he
dado ciertas reglas sacadas de la sola Escritura. Pero, aunque digo que la Escritura enseña todo
esto, no entiendo con ello que lo enseñe como doctrinas necesarias para la salvación, sino tan
sólo que los profetas las han aceptado igual que nosotros. Por consiguiente, cada uno es libre de
juzgar de ellas como mejor le parezca en orden a aceptar el culto divino y la religión con
sinceridad de ánimo. Esto mismo opina Josefo, ya que, en la conclusión del Libro II de las
Antigüedades, escribe así: Que nadie se niegue a creer, ante la palabra milagro, que a hombres
antiguos y privados de malicia se les haya abierto el camino de la salvación a través del mar, ya
se les haya revelado por voluntad de Dios, ya deforma espontánea; puesto que también a
aquellos que estaban antaño con Alejandro, rey de Macedonia, (…) se les abrió el mar de
Panfilia, y, cuando no tenían otro camino, les dio paso, porque Dios quiso destruir el imperio
persa por medio de Alejandro. Esto lo confiesan cuantos escribieron las hazañas de Alejandro;
y, por tanto, que cada uno juzgue de ello como mejor le parezca. Éstas son las palabras de
Josefo y su juicio sobre la fe en los milagros
[156].
Capítulo VII
x
De la interpretación de la Escritura
x
I
No cabe duda que todos tienen siempre en sus labios que la Sagrada Escritura es la palabra
de Dios, que enseña a los hombres la verdadera felicidad o el camino de la salvación. Pero, en la
realidad, dan muestras de algo totalmente distinto. El vulgo, en efecto, de nada parece
preocuparse menos que de vivir según las enseñanzas de la Sagrada Escritura, y vemos que casi
todos quieren hacer pasar sus invenciones por palabra de Dios y que no pretenden otra cosa que,
so pretexto de religión, forzar a los demás a que piensen como ellos. Vemos, repito, cómo los
teólogos se han afanado, las más de las veces, por hallar la forma de arrancar de las Sagradas
Escrituras sus ficciones y antojos y avalarlos con la autoridad divina, y que nada hacen con
menor escrúpulo y con mayor temeridad, que interpretar las Escrituras o mente del Espíritu
Santo. Y, si algo les inquieta en su tarea, no es el temor a atribuir al Espíritu Santo algún error, ni
a alejarse del camino de la salvación, sino a que otros les convenzan de su error y a que su
propia autoridad quede por los suelos, y sean despreciados por los demás.
Porque, si los hombres dijeran con sinceridad lo que confiesan de palabra sobre la Escritura,
tendrían una forma de vida completamente distinta: no estarían agitadas sus mentes por tantas
discordias, ni se debatirían con tantos odios, ni serían arrastrados por un deseo tan ciego y
temerario a interpretar la Escritura y a excogitar novedades en la religión. Por el contrario, no se
atreverían a aceptar como doctrina de la Escritura nada que ella no les enseñara con toda
claridad. Finalmente, aquellos sacrílegos, que no se han arredrado a adulterar la Escritura en
muchos lugares, se hubieran guardado al máximo de tal crimen y no hubieran puesto sobre ella
sus manos sacrílegas.
Pero, tanto han podido la ambición y el crimen, que se ha puesto la religión, no tanto en
seguir las enseñanzas del Espíritu Santo, cuanto en defender las invenciones de los hombres;
más aún, la religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a
propagar el odio más funesto, que disimulan con el falso nombre de celo divino y de fervor
ardiente. A estos males se añade la superstición, que enseña a los hombres a despreciar la razón
y la naturaleza y a admirar y venerar únicamente lo que contradice a ambas. No hay, pues, que
extrañarse de que los hombres, a fin de admirar y venerar más la Escritura, procuren explicarla
de suerte que parezca oponerse de plano a la razón y a la naturaleza. De ahí que sueñen que en
las Sagradas Escrituras se ocultan profundísimos misterios y que se fatiguen en investigar
semejantes absurdos, descuidando toda otra utilidad; y cuanto descubren en semejantes delirios,
lo atribuyen al Espíritu Santo y se empeñan en defenderlo con todas sus fuerzas y con toda
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pasión. Tal es, en efecto, la condición humana que, cuanto conciben los hombres por el
entendimiento puro, lo defienden con sólo el entendimiento y la razón, y cuanto opinan en virtud
de sus sentimientos, también lo defienden con ellos
[157]
.
Para desentendernos de esa turba, liberar nuestra mente de los prejuicios de los teólogos, y
no abrazar temerariamente las invenciones de los hombres como si fueran doctrinas divinas,
debemos abordar el verdadero método de interpretar la Escritura y discutirlo a fondo; puesto
que, si lo desconocemos, no podremos saber con certeza qué quiere enseñar la Escritura ni el
Espíritu Santo. Dicho en pocas palabras, el método de interpretar la Escritura no es diferente del
método de interpretar la naturaleza, sino que concuerda plenamente con él. Pues, así como el
método de interpretar la naturaleza consiste primariamente en elaborar una historia de la
naturaleza y en extraer de ella, como de datos seguros, las definiciones de las cosas naturales; así
también, para interpretar la Escritura es necesario diseñar una historia verídica y deducir de ella,
cual de datos y principios ciertos, la mente de los autores de la Escritura como una consecuencia
lógica
[158]
. Todo el que lo haga así (es decir, si para interpretar la Escritura y discutir sobre las
cosas en ella contenidas, no admite otros principios ni otros datos, aparte de los extraídos de la
misma Escritura y de su historia), procederá siempre sin ningún peligro de equivocarse y podrá
discurrir sobre las cosas que superan nuestra capacidad con la misma seguridad que sobre
aquellas que conocemos por la luz natural.
Mas, a fin de que quede claro que esta vía no sólo es cierta, sino también única, y que
concuerda con el método de interpretar la naturaleza, hay que advertir que la Escritura trata
muchísimas veces de cosas que no pueden ser deducidas de los principios conocidos por la luz
natural. Efectivamente, en su mayor parte, está formada por las historias y las revelaciones.
Ahora bien, las historias contienen, sobre todo, milagros, esto es (como hemos mostrado en el
capítulo precedente), narraciones de cosas insólitas de la naturaleza, adaptadas a las opiniones y
juicios de los historiadores que las escribieron. En cuanto a las revelaciones, también fueron
adaptadas a las opiniones de los profetas, como hemos probado en el capítulo II, y superan
realmente la capacidad humana. Por consiguiente, el conocimiento de todas estas cosas, es decir,
de casi todo lo contenido en la Escritura, hay que sacarlo de la sola Escritura, como el
conocimiento de la naturaleza se debe sacar de ella misma.
Por lo que se refiere a las enseñanzas morales, que también se contienen en los Libros
sagrados, pueden ser demostradas por las nociones comunes; pero no se puede demostrar de la
misma forma que la Escritura las enseña, sino que esto sólo puede constarnos por la misma
Escritura. Más aún, si queremos acreditar, sin prejuicio alguno, la divinidad de la Escritura, debe
constarnos, por su testimonio exclusivo, que ella contiene las verdaderas enseñanzas morales;
puesto que sólo por ellas se puede demostrar su divinidad. En efecto, hemos probado que la
certeza de los profetas se constata principalmente porque tenían su ánimo inclinado a la justicia
y al bien
[159]
; eso mismo, por tanto, debe constarnos a nosotros, a fin de que podamos darles
crédito. En cuanto a los milagros, sin embargo, ya hemos demostrado también que no pueden
convencernos de la divinidad de Dios
[160]
, por no aludir a que los milagros también pueden ser
hechos por un falso profeta. Por consiguiente, la divinidad de la Escritura debe constarnos
únicamente porque enseña la verdadera virtud. Ahora bien, esto puede constar por la sola
Escritura. Y, si esto no fuera posible, sería un gran prejuicio aceptarla y afirmar su divinidad. Así
pues, todo conocimiento de la Escritura debe ser extraído de ella sola.
Finalmente, la Escritura, lo mismo que la naturaleza, no nos da las definiciones de las cosas
de que habla. Por tanto, así como las definiciones de las cosas naturales hay que deducirlas de
las diversas acciones de la naturaleza, así también, las definiciones de las cosas de la Escritura
hay que extraerlas de las distintas narraciones que sobre cada una de ellas aparecen en las
Escrituras
[161]
.
II
De ahí que la regla universal para interpretar la Escritura es no atribuirle, como enseñanza
suya, nada que no hayamos constatado plenamente por su historia. Cómo deba ser esta historia y
qué es lo principal que debe tener en cuenta, lo decimos a continuación.
1.º Debe contener la naturaleza y propiedades de la lengua en la que fueron escritos los
libros de la Escritura y que solían hablar sus autores. Pues así podremos investigar todos los
sentidos que, según el modo habitual de hablar, puede admitir cada oración. Y, como todos los
escritores, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, fueron hebreos, no cabe duda que la
historia de la lengua hebrea es lo más indispensable para comprender, no sólo los libros del
Antiguo Testamento, que fueron escritos en esta lengua, sino también los del Nuevo Testamento;
pues, aunque éstos fueron divulgados en otras lenguas, contienen hebraísmos
[162]
.
2.º Debe recoger las opiniones de cada libro y reducirlas a ciertos temas capitales, a fin de
tener a mano todas las que se refieren al mismo asunto. Anotar, después, todas las que son
ambiguas u oscuras o que parecen contradecirse. En este momento, llamo oscuras o claras
aquellas frases cuyo sentido se colige difícil o fácilmente del contexto de la oración, y no en
cuanto que su verdad es fácil o difícil de percibir por la razón
[163]
, puesto que sólo nos
ocupamos del sentido de las oraciones, y no de su verdad. Más aún, cuando buscamos el sentido
de la Escritura, tenemos que guardarnos, ante todo, de no dejarnos influir por nuestro
razonamiento, en cuanto que se fundamenta en los principios del conocimiento natural (por no
mencionar los prejuicios). Al contrario, para no confundir el verdadero sentido de la frase con la
verdad de las cosas, aquél debe ser investigado exclusivamente por el uso de la lengua o por un
razonamiento que no tenga otro fundamento que la Escritura.
Para que se entienda mejor todo esto, lo ilustraré con un ejemplo. Estas expresiones de
Moisés, que Dios es fuego y que Dios es celoso
[164]
, son sumamente claras, mientras sólo
atendemos al significado de las palabras; y en este sentido las sitúo entre las frases claras,
aunque, respecto a la verdad y a la razón, sean oscurísimas. Aún más, aunque su sentido literal
repugne a la luz natural, ese sentido, a saber, el literal, deberá ser mantenido, a menos que se
oponga claramente también a los principios y fundamentos sacados de la historia de la Escritura.
Al contrario, si se comprobara que esas frases, interpretadas según su sentido literal,
contradecían a los principios sacados de la Escritura, aunque estuvieran totalmente de acuerdo
con la razón, deberían ser interpretadas de otro modo (es decir, metafóricamente). Para saber,
pues, si Moisés creyó que Dios es fuego o no, no hay que deducirlo de que esta opinión esté
acorde con la razón o la contradiga, sino únicamente de otras frases de Moisés. Ahora bien, dado
que Moisés enseña claramente, en otros muchísimos pasajes, que Dios no tiene semejanza
alguna con las cosas visibles que existen en los cielos, en la tierra o en el agua, hay que concluir
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que esa frase o todas aquéllas deben ser explicadas metafóricamente. Pero, como hay que
separarse lo menos posible del sentido literal, hay que averiguar primero si esta única frase, Dios
es fuego, admite otro sentido, aparte del literal, es decir, si el nombre fuego significa algo más
que el fuego natural. Si no se comprobara por la práctica de la lengua que significa algo distinto,
tampoco habría que interpretar de otro modo esa frase, aun cuando repugnara a la razón; sino
que, por el contrario, habría que adaptar a ella todas las demás, aunque estuvieran acordes con la
razón. Y, si la práctica de la lengua no permitiera siquiera esto, entonces esas frases serían
irreconciliables y habría que suspender, por tanto, el juicio sobre ellas
[165]
. Pero, como el
nombre fuego se toma también por ira y por celos (ver Job, 31,12), las frases de Moisés son
fáciles de conciliar y concluimos, con toda lógica, que las dos expresiones, Dios es fuego y Dios
es celoso, son una y la misma frase. Y como, por otra parte, Moisés enseña claramente que Dios
es celoso y no enseña en parte alguna que Dios carezca de pasiones o de afecciones del ánimo,
hay que concluir sin rodeos que Moisés creyó justamente eso o que, al menos, lo quiso enseñar,
aunque creamos que esta opinión es contraria a la razón. Ya que, como hemos dicho, no nos está
permitido adaptar, a la fuerza, la mente de la Escritura a los dictámenes de nuestra razón ni a
nuestras opiniones previas, sino que todo el conocimiento de los sagrados Libros hay que sacarlo
únicamente de ellos.
3.º La historia de la Escritura debe describir, finalmente, los avatares de todos los profetas,
de los que conservamos algún recuerdo, a saber: la vida, las costumbres y gustos del autor de
cada libro; quién fue, con qué ocasión, en qué época, para quién y, finalmente, en qué lengua
escribió. Debe contar además los avatares de cada libro: primero, cómo fue aceptado y en qué
manos cayó; después, cuántas fueron sus diversas lecturas y quiénes aconsejaron aceptarlo entre
los libros sagrados; cómo, finalmente, todos los libros, una vez que todos los reconocieron como
sagrados, llegaron a formar un solo cuerpo. Todo esto, repito, debe incluirlo la historia de la
Escritura. Ya que, para que sepamos qué proposiciones son formuladas como leyes, cuáles, en
cambio, como enseñanzas morales, conviene conocer la vida, las costumbres y los gustos del
autor; aparte de que, cuanto mejor conocemos el genio e ingenio de alguien, mejor podemos
explicar sus palabras. Por otra parte, si no queremos confundir las enseñanzas eternas con
aquellas que sólo podían ser útiles por algún tiempo o para unos pocos, conviene saber también
en qué ocasión, en qué época y para qué nación o qué siglo fueron escritos todos esos
documentos. Conviene conocer, finalmente, los otros detalles que hemos señalado, a fin de que,
aparte de conocer la autoridad de cada libro, sepamos si ha podido ser corrompido por manos
adúlteras o no, si se han deslizado errores, si han sido corregidos por hombres bastante expertos
y fidedignos. Es muy necesario saber todo esto para que no aceptemos, en virtud de un ciego
impulso, lo primero que se nos presenta, sino tan sólo aquello que es cierto e indubitable.
Una vez que hayamos trazado esta historia de la Escritura y que hayamos decidido con
firmeza no dar por cierto, como doctrina de los profetas, nada que no se siga de esa historia o no
se derive de ella con toda claridad, será el momento de entregarnos a investigar la mente de los
profetas y del Espíritu Santo. Pero también para esto se requiere un método y un orden, similar a
aquel del que nos servimos para interpretar la naturaleza a partir de su historia. Pues, así como
para examinar a fondo las cosas naturales procuramos investigar, antes de nada, las cosas más
universales y comunes a toda la naturaleza, a saber, el movimiento y el reposo, así como sus
leyes y sus reglas, que la naturaleza siempre observa y según las cuales actúa continuamente; así
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también, lo primero que hay que buscar por la historia de la Escritura es aquello que es lo más
universal y que constituye la base y el fundamento de toda la Escritura, y que todos los profetas,
en fin, recomiendan en ella como doctrina eterna y la más útil para todos los mortales. Por
ejemplo, que existe un Dios único y omnipotente, el único que debe ser adorado, que cuida de
todos y ama ante todo a aquellos que le adoran y aman al prójimo como a sí mismos, etc.
[166]
Tan clara y paladinamente, insisto, enseña la Escritura estas cosas y otras similares, que nunca
hubo nadie que haya dudado de su opinión sobre ellas. La Escritura no enseña, en cambio, de
forma explícita y como una verdad eterna, qué es Dios y en qué sentido ve todas las cosas y
tiene providencia de ellas, y otras cosas similares. Por el contrario, ya antes hemos mostrado que
los mismos profetas no estuvieron de acuerdo a este respecto. Sobre este tipo de cosas, por tanto,
no hay que afirmar nada como doctrina del Espíritu Santo, aunque se lo pueda determinar
perfectamente por la luz natural.
Una vez conocida convenientemente esta doctrina universal de la Escritura, hay que
proceder a otras menos universales y que se refieren, sin embargo, a la forma corriente de vida y
que brotan como riachuelos de esa doctrina universal, como son, por ejemplo, todas las acciones
particulares y externas de la verdadera virtud. Toda oscuridad o ambigüedad que sobre ellas se
encuentre en las Escrituras debe ser explicada y determinada a partir de la doctrina universal de
la Escritura; y, si hubiera algunas que se contradicen, habrá que ver en qué ocasión, en qué época
y para quién fueron escritas. Por ejemplo, cuando Cristo dice: bienaventurados los que lloran,
porque serán consolados
[167]
, por este texto no sabemos qué entiende por llorar. Pero, como
posteriormente enseña que no estemos inquietos por cosa alguna, sino tan sólo por el reino de
Dios y su justicia, que él nos recomienda como el sumo bien (ver Mateo, 6, 33), se sigue que por
los que lloran entiende tan sólo aquellos que lloran el reino de Dios y la justicia despreciada por
los hombres; pues esto es lo único que pueden llorar quienes no aman más que el reino divino o
la justicia, y desprecian totalmente lo demás, donde reina la fortuna. E igualmente, cuando dice:
sino que a quien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra
[168]
, y lo que sigue a
continuación. Si Cristo prescribiera esto como un legislador a los jueces, hubiera destruido con
este precepto la ley de Moisés, siendo así que advierte claramente lo contrario (ver Mateo, 5,17).
Hay que ver, por tanto, quién dijo eso, a quiénes y en qué momento. Lo dijo Cristo, el cual no
establecía leyes cual un legislador, sino que enseñaba doctrinas como un doctor; puesto que
(como hemos expuesto antes) no quiso corregir tanto las acciones externas, cuanto la disposición
de ánimo
[169]
. Por otra parte, esto lo dijo a hombres oprimidos, que vivían en un Estado
corrompido, en el que la justicia estaba totalmente descuidada y cuya ruina veía inminente.
Ahora bien, lo mismo que enseña aquí Cristo ante la ruina inminente de la ciudad, vemos que
también lo enseñó Jeremías en la primera devastación de la ciudad, es decir, en un momento
similar (ver Lamentaciones, letras tet y yod)
[170]
. Dado, pues, que los profetas sólo enseñaron
esto en épocas de opresión y nunca lo expresaron en forma de ley; dado que, por el contrario,
Moisés (que no escribió en una época de opresión, sino que se dedicó, adviértase bien, a
instaurar un buen Estado), pese a que también condenó la venganza y el odio al prójimo, mandó
pagar ojo por ojo
[171]
; se sigue clarísimamente, por los mismos principios de la Escritura, que
esta doctrina de Cristo y de Jeremías (de que hay que tolerar la injusticia y ceder en todo a los
impíos) sólo es válida en aquellos lugares en que la justicia es despreciada y en tiempo de
opresión, pero no en un Estado que funciona bien. Más aún, en un buen Estado, en el que la
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justicia es defendida, todo el mundo está obligado, si quiere dar pruebas de ser justo, a denunciar
las injurias ante el juez (ver Levítico, 5,1); no por venganza (ver Levítico, 19, 17-8), sino con
intención de defender la justicia y las leyes de la patria, y para que a los malos no les resulte
ventajoso ser malos. Todo esto está, además, plenamente de acuerdo con la razón natural. Podría
aducir otros muchos ejemplos por el estilo, pero pienso que éstos bastan para explicar mi
pensamiento y la utilidad de este método, que es lo único que me ocupa en este momento.
Ahora bien, hasta ahora sólo hemos enseñado a investigar aquellas frases de la Escritura que
se refieren a la práctica de la vida y que, por lo mismo, son más fáciles de estudiar, puesto que
nunca existió realmente ninguna controversia en torno a ellas entre los escritores de los Sagrados
Libros. Las otras cosas, sin embargo, que aparecen en las Escrituras y que pertenecen a la pura
especulación, no son tan fáciles de investigar, porque la vía hacia ellas es más angosta. Pues,
dado que en los temas especulativos (como ya hemos probado) los profetas discrepaban entre sí
y que sus relatos han sido profundamente adaptados a los prejuicios de cada época, no nos está
de ningún modo permitido deducir la opinión de un profeta de los pasajes más claros de otro ni
explicarla por ellos
[172]
, a menos que nos conste con toda evidencia que ambos han adoptado la
misma opinión.
Expondré, pues, en pocas palabras, cómo hay que proceder, en casos semejantes, para
descubrir la mente de los profetas por la historia de la Escritura. También en este caso hay que
comenzar por lo más universal, investigando, en primer lugar, a partir de las proposiciones más
claras de la Escritura, qué es la profecía o revelación y en qué consiste su carácter primordial.
Hay que averiguar, después, qué es el milagro y proseguir con las nociones más comunes. Hay
que descender, a continuación, a las opiniones de cada profeta y pasar, finalmente, a partir de
ahí, al sentido de cada revelación o profecía, de cada historia y de cada milagro.
Con qué cautela haya, sin embargo, que proceder, a fin de no confundir la mente de los
profetas e historiadores con la mente del Espíritu Santo y con la verdad real, ya lo hemos
probado antes, en cada caso, con muchos ejemplos, por lo que no es necesario que me extienda
más ahora. No obstante, quiero advertir, sobre el sentido de las revelaciones, que este método
sólo enseña a investigar qué han visto u oído realmente los profetas, pero no qué quisieron
significar o representar con sus jeroglíficos; puesto que esto lo podemos adivinar, mas no
deducirlo con seguridad de los principios de la Escritura. Con esto hemos explicado, pues, la
forma de interpretar la Escritura y, al mismo tiempo, hemos demostrado que ella es el camino
único y más seguro para investigar su verdadero sentido.
Reconozco sin duda que todavía están más seguros de dicho sentido aquéllos, si realmente
hay alguno, que han recibido de los mismos profetas una tradición cierta o una explicación
exacta del mismo; así lo reclaman los fariseos y quienes tengan un pontífice que no pueda
equivocarse en la interpretación de la Escritura, cual se jactan los católicos romanos. Pero, como
no podemos estar ciertos de esa tradición ni de la autoridad del pontífice, tampoco podemos
fundar nada seguro sobre ellas; pues ésta la negaron los cristianos más antiguos, y aquélla, las
más antiguas sectas de los judíos. Aparte que, si examinamos la serie de años (por dejar otros
detalles) que recibieron los fariseos de sus rabinos y a través de la cual remontan dicha tradición
hasta Moisés, verificaremos que es falsa, como probaré en otro lugar
[173]
. De ahí que tal
tradición debe resultarnos muy sospechosa.
Y, aunque en nuestro método nos vemos forzados a suponer alguna tradición de los judíos
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[107]
como incorrupta, a saber, el significado de las palabras de la lengua hebrea, que hemos recibido
de ellos, seguimos dudando de aquélla, aunque no dudemos en absoluto de ésta. Porque a nadie
le pudo ser útil jamás cambiar el significado de una palabra, pero sí, y no rara vez, el de una
oración. Aparte de que lo primero sería muy difícil en la práctica, puesto que quien se empeñara
en cambiar el significado de alguna palabra, tendría que explicar simultáneamente todos los
autores que escribieron en aquella lengua y utilizaron dicha palabra en su significado usual, a
partir del temperamento y de la mentalidad de cada uno de ellos, o falsificarlos con suma
cautela. Además, la lengua es conservada por el vulgo junto con los doctos, mientras que el
sentido de las oraciones y los libros sólo son conservados por los doctos; por tanto, podemos
concebir fácilmente que los doctos hayan podido cambiar o falsificar el sentido de alguna
oración de algún libro rarísimo que tuviesen en su poder, mas no el significado de las palabras.
Añádase a ello que, si alguien quisiera cambiar por otro el significado de una palabra que suele
usar, le resultará difícil mantener, en lo sucesivo, tanto al hablar como al escribir, el nuevo
significado. Por estas y otras razones, nos convencemos fácilmente de que a nadie pudo pasarle
por la mente corromper una lengua
[174]
; pero sí, y muchas veces, el pensamiento de un escritor,
cambiando sus oraciones o interpretándolas perversamente. Dado, pues, que nuestro método
(fundado en que el conocimiento de la Escritura se saque de ella sola) es el único y el verdadero,
si hay algo que él no pueda proporcionar en orden a conseguir el conocimiento completo de la
Escritura, hay que perder la esperanza de alcanzarlo.
III
Ha llegado, pues, el momento de indicar qué dificultades entraña nuestro método o qué
condiciones debe reunir para que nos pueda llevar al conocimiento completo y seguro de los
Sagrados Códices. La primera y no pequeña dificultad consiste en que exige un conocimiento
completo de la lengua hebrea. Pero ¿cómo alcanzarlo? Los antiguos expertos en esta lengua no
dejaron a la posteridad nada sobre sus fundamentos y su enseñanza; al menos, nosotros no
poseemos nada de ellos: ni diccionario, ni gramática, ni retórica. Por otra parte, la nación hebrea
ha perdido todo ornato y toda gloria (nada extraño, después de sufrir tantas calamidades y
persecuciones), y no ha conservado más que unos cuantos fragmentos de su lengua y de algunos
libros; pues casi todos los nombres de frutas, de aves, de peces y otros muchos perecieron con el
paso del tiempo. Además, el significado de muchos nombres y verbos que aparecen en los
Sagrados Libros, o es totalmente ignorado o discutido. Junto con todo esto, echamos en falta,
sobre todo, el modo de construir frases de esta lengua, ya que el tiempo voraz ha borrado de la
memoria de los hombres casi todas las frases y modos de expresión característicos del pueblo
hebreo. De ahí que no siempre podremos investigar, como deseamos, todos los sentidos que
cada oración puede admitir según el uso de la lengua; y surgirán muchas oraciones que, aunque
expresadas con palabras perfectamente conocidas, tendrán un sentido oscurísimo y
completamente indescifrable.
Se añade a esto (que no podemos trazar una historia perfecta de la lengua hebrea) la misma
estructura y naturaleza de la lengua hebrea, de la que surgen tantas ambigüedades, que resulta
imposible dar con un método
[n7] que nos enseñe a investigar con certeza el verdadero sentido de
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todas las oraciones de la Escritura. Puesto que, aparte de las causas de ambigüedad comunes a
todas las lenguas, existen en ésta algunas especiales, que dan origen a muchísimas otras
ambigüedades. Me parece que vale la pena señalarlas a continuación.
La primera ambigüedad y oscuridad de las oraciones surge frecuentemente en los Sagrados
Libros de que se toman unas por otras las letras emitidas por un mismo órgano. Los hebreos, en
efecto, dividen todas las letras del alfabeto en cinco clases, que corresponden a los cinco órganos
bucales que sirven para la pronunciación: los labios, la lengua, los dientes, el paladar y la
garganta. Por ejemplo, Alef, Jeth, Ayin, He se llaman guturales y, sin diferencia alguna, al menos
que nosotros percibamos, se intercambian unas por otras. Y así, el, que significa hacia, se toma
muchas veces por al, que significa sobre, y al revés. De donde se sigue que todas las partes de la
oración, resultan, con frecuencia, ambiguas o son como sonidos que no tienen significado
alguno.
La segunda ambigüedad se deriva de los múltiples significados de las conjunciones y
adverbios. Por ejemplo, vau sirve indistintamente para unir o separar, pues significa: y, pero,
porque, sin embargo, entonces. Ki tiene siete u ocho significados, a saber: porque, aunque, si,
cuando, así como, que, combustión, etc. Y así casi todas las partículas.
La tercera ambigüedad, de la que se derivan otras muchas, consiste en que los verbos en
indicativo carecen de presente, pretérito imperfecto, pluscuamperfecto, futuro perfecto y de
otros muy usados en otras lenguas; y en el imperativo y en el infinitivo carecen de todos los
tiempos, excepto del presente; y en el subjuntivo, absolutamente de todos. Todas estas carencias
de tiempos y de modos podrían suplirse fácilmente, e incluso con gran elegancia, mediante
ciertas reglas deducidas de los principios de esta lengua, pero los más antiguos escritores las
descuidaron en absoluto y emplearon, indistintamente, el futuro por el presente y por el pretérito
y, al revés, el pretérito por el futuro; y además, el indicativo por el imperativo y por el
subjuntivo, de donde provienen grandes anfibologías.
Aparte de estas tres causas de ambigüedades de la lengua hebrea, hay que señalar todavía
otras dos, cada una de las cuales reviste mucha mayor importancia. La primera es que los
hebreos no tienen letras vocales; la segunda, que no solían distinguir las oraciones, ni
expresarlas o reforzarlas con ningún signo. Y, aunque estas dos cosas, las vocales y los signos de
puntuación, se los suela suplir por puntos y acentos, no podemos fiarnos de ellos, puesto que han
sido inventados y establecidos por hombres de épocas posteriores, cuya autoridad nada debe
valer para nosotros. Los antiguos, en efecto, escribieron sin puntos (es decir, sin vocales ni
acentos), como consta por muchos testimonios. Esos signos fueron introducidos por autores
posteriores, de acuerdo con su interpretación personal de la Biblia. Los acentos y puntos que
ahora tenemos son, pues, meras interpretaciones de los autores recientes y no merecen más
crédito y autoridad que las demás explicaciones
[175]
.
Quienes desconocen esto no saben por qué razón el autor que escribió la Carta a los hebreos
tiene que ser excusado de haber interpretado en cap. 11,21 el texto de Génesis, 47,31 de muy
distinta forma de la recogida en el texto hebreo puntuado: ¡como si el apóstol debiera haber
aprendido de los puntistas el sentido de la Escritura! A mí me parece más bien que hay que
culpar a los puntistas; y para que todo el mundo lo vea y se convenza de que la divergencia sólo
ha surgido de la falta de puntos, recogeré aquí ambas interpretaciones. Los puntistas han
interpretado con sus puntos: e Israel se encorvó sobre o (cambiando ayin en alef, es decir, en
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una letra del mismo órgano) hacia la cabecera del lecho. En cambio, el autor de la Carta lee: e
Israel se encorvó sobre la cabeza del báculo, leyendo mate en donde otros leen mita, diferencia
que sólo surge de las vocales. Ahora bien, como en ese relato sólo se trata de la vejez de Jacob, y
no, como en el capítulo siguiente, de su enfermedad, parece más verosímil que la idea del
historiador haya sido que Jacob se encorvó sobre la cabeza del bastón (que necesitan para
sostenerse los ancianos de edad muy avanzada), y no sobre la cabecera del lecho; y sobre todo,
porque así no es necesario suponer ninguna subalternancia de letras. Con este ejemplo, no he
querido solamente conciliar este pasaje de la Carta a los hebreos con el texto del Génesis, sino
principalmente hacer ver cuán poco crédito hay que dar a los puntos y acentos actuales. Quien
desee, pues, interpretar la Escritura sin ningún prejuicio, debe dudar de ellos y examinarla de
nuevo.
Por la estructura y naturaleza de la lengua hebrea (y vuelvo así a mi tema) cualquiera puede
colegir fácilmente que deben surgir tantas ambigüedades, que no puede haber ningún método
que consiga determinar el significado de todas. No cabe esperar, en efecto, que se lo pueda
conseguir totalmente mediante el cotejo de unas frases con otras (la única vía, según hemos
mostrado, para descubrir el verdadero significado de una oración, entre los muchos que puede
tener según el uso de la lengua). Porque, por un lado, ese cotejo de frases sólo por casualidad
puede aclarar una oración, ya que ningún profeta escribió con el fin de explicar expresamente las
palabras de otro o las suyas propias. Y, por otro lado, no podemos deducir el pensamiento de un
profeta, apóstol, etc., del pensamiento de otro, excepto en las cosas de la vida práctica, como
claramente hemos probado; pero no cuando hablan de cosas especulativas o cuando relatan
milagros o historias
[176]
. Podría probar, además, con algunos ejemplos lo que acabo de decir:
que se encuentran en la Escritura muchas oraciones inexplicables; pero, de momento, prefiero
dejarlos, y paso a hacer las observaciones que me quedan, para que se vea que este método de
interpretación de la Escritura, pese a ser correcto, aún tiene otras dificultades e incluso sus
límites.
Otra dificultad en la aplicación de este método se deriva de que exige la historia de los
avatares de todos los libros de la Escritura, de la cual ignoramos la mayor parte, ya que
ignoramos completamente los autores o (si se prefiere) escritores de muchos libros o dudamos
de ellos, como probaré extensamente más adelante. No sabemos, además, en qué ocasión ni en
qué época fueron escritos esos libros, cuyos autores desconocemos. Ni sabemos tampoco en qué
manos cayeron todos los libros, ni en qué ejemplares se hallaron las distintas lecturas, ni,
finalmente, si había otras muchas lecturas en ejemplares de otra procedencia. Qué importancia
tenga conocer todo esto, ya lo he indicado brevemente en su lugar; expondré a continuación lo
que allí omití ex profeso. Si leemos un libro que contiene cosas increíbles o imperceptibles o
escrito en términos muy oscuros y no conocemos su autor ni sabemos en qué época ni con qué
ocasión lo escribió, en vano nos esforzaremos en asegurarnos de su verdadero sentido. Pues,
ignorando todo eso, no podemos saber de ningún modo qué pretendió o pudo pretender el autor.
Por el contrario, si conocemos bien esas circunstancias, orientamos nuestros pensamientos sin
prejuicio ni temor alguno a atribuir al autor, o a aquél al que destinó su libro, más o menos de lo
justo, ni a pensar en cosas distintas de las que pudo tener en su mente el autor o de las que
exigían el tiempo y la ocasión.
Pienso que esto para todo el mundo está claro. Es muy frecuente, en efecto, que leamos
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historias parecidas en libros distintos y que hagamos de ellas juicios muy diferentes, según la
diversa opinión que tengamos sobre sus autores. Yo sé que he leído hace tiempo, en cierto libro,
que un hombre, llamado Orlando furioso
[177]
, solía agitar en el aire cierto monstruo alado y que
atravesaba volando todas las regiones que quería; que él sólo mataba cruelmente a un sinnúmero
de hombres y gigantes, y otras fantasmagorías por el estilo, totalmente imperceptibles al
entendimiento. Ahora bien, yo había leído una historia similar a ésta en Ovidio sobre Perseo
[178]
;
y otra en los libros de los Jueces y de los Reyes sobre Sansón, que degolló, solo y sin armas, a
miles de hombres; y sobre Elias, que volaba por los aires y se elevó, finalmente, al cielo en
caballos y carro de fuego. Estas historias, repito, son completamente semejantes, y sin embargo
damos un juicio muy distinto de cada una de ellas. Pues decimos que el primero no quiso
escribir más que cosas divertidas, el segundo cosas políticas y el tercero cosas sagradas; y lo
único que nos convence de ello son las distintas opiniones que tenemos de sus escritores.
Está claro, pues, que nos es imprescindible tener noticias sobre los autores que escribieron
cosas oscuras o imperceptibles al entendimiento si queremos interpretar sus escritos. Por la
misma razón, para que podamos elegir entre las diversas lecturas de historias oscuras, es
necesario saber de quiénes eran los ejemplares en los que fueron halladas las diversas lecturas y
saber si acaso no se encontraron otras muchas en copias de otros hombres de más autoridad.
Hay, finalmente, otra dificultad para interpretar algunos libros de la Escritura, que consiste
en que no los tenemos en la misma lengua en que fueron escritos por primera vez. Por ejemplo,
el evangelio según san Mateo y, sin duda, la Carta a los hebreos fueron escritos, según general
opinión, en hebreo, pero esas versiones ya no existen. En cuanto al libro de Job, se duda en qué
lengua fue escrito; Ibn Ezra afirma en sus comentarios que fue traducido de otra lengua al
hebreo y que ésa es la causa de su oscuridad
[179]
. De los libros apócrifos no digo nada, porque su
autoridad es de orden muy distinto.
He aquí todas las dificultades, que me había propuesto exponer, de este método de
interpretación de la Escritura, fundado en la historia que de ella conservamos. Yo considero que
son tan grandes, que no dudo en afirmar que, en muchísimos pasajes, o ignoramos el verdadero
sentido de la Escritura o sólo lo adivinamos sin certeza alguna.
Sin embargo, también hay que señalar que todas esas dificultades sólo pueden impedir que
captemos la mente de los profetas acerca de cosas imperceptibles y que sólo podemos imaginar;
pero no acerca de aquellas que podemos captar por el entendimiento y de las que podemos
formar fácilmente un concepto claro
[n8]
. Pues las cosas que son por naturaleza fáciles de
percibir, nunca se pueden expresar con tanta oscuridad, que no se entiendan fácilmente, según el
proverbio: a buen entendedor pocas palabras. Euclides, que no escribió más que cosas muy
simples y sumamente inteligibles, cualquiera lo puede explicar fácilmente en cualquier lengua.
Puesto que, para captar su pensamiento y estar ciertos de su verdadero sentido, no es necesario
tener un conocimiento completo de la lengua en la que escribió, sino muy ordinario y casi
infantil; no es necesario conocer la vida, ni las aficiones ni las costumbres del autor; ni en qué
lengua escribió, para quién y cuándo; ni los avatares del libro ni sus diversas lecturas, ni cómo ni
quiénes aconsejaron aceptarlo. Y lo que aquí decimos de Euclides, hay que decirlo también de
todos los que escribieron sobre cosas perceptibles por su naturaleza.
Concluimos, pues, que podemos captar fácilmente, por la historia que tenemos de la
Escritura, su pensamiento acerca de las doctrinas morales y estar seguros de su verdadero
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sentido acerca de ellas. Porque las verdaderas enseñanzas de la piedad se expresan con las
palabras más corrientes, ya que son muy comunes y no menos sencillas y fáciles de comprender.
Y, como la salvación y felicidad verdadera consiste en la verdadera tranquilidad de ánimo, y
nosotros sólo descansamos de veras con aquello que entendemos clarísimamente, se sigue con
toda evidencia que nosotros podemos llegar a conocer con certeza la mente de la Escritura sobre
las cosas relativas a la salvación y necesarias para la beatitud. No tenemos por qué
preocuparnos, pues, por el resto, ya que, como no lo podemos comprender por la razón y el
entendimiento, es más curioso que útil. Pienso haber mostrado así el verdadero método de
interpretar la Escritura y haber explicado suficientemente mi opinión sobre el mismo.
No dudo, por lo demás, que todo el mundo verá ya que este método no exige otra luz que la
natural. La naturaleza y la virtud de este método consiste principalmente, en efecto, en deducir y
concluir, por legítima consecuencia, las cosas oscuras a partir de las conocidas o concedidas
como tales. Y esto, justamente, es lo que exige nuestro método. Y, aunque concedamos que este
método no basta para averiguar con certeza todo lo que aparece en los Sagrados Libros, esto no
se debe a fallos del método, sino a que el camino, que éste enseña ser verdadero y correcto,
nunca fue practicado ni hollado por los hombres; de ahí que se haya hecho, con el paso del
tiempo, muy arduo y casi intransitable, como es evidente, según creo, por las mismas
dificultades antes citadas.
IV
Sólo nos resta, pues, examinar las sentencias de los que discrepan de nosotros. La primera
que se ofrece a nuestro examen es la de aquellos que afirman que la luz natural no tiene fuerza
para interpretar la Escritura, sino que para ello es indispensable la luz sobrenatural
[180]
. Qué sea,
en cambio, esa luz preternatural, dejo que lo expliquen ellos. Por mi parte, sólo puedo conjeturar
que ellos han querido confesar, con términos más oscuros, que también ellos dudan, en la mayor
parte de los casos, del verdadero sentido de la Escritura. Pues, si nos fijamos en sus
explicaciones, constataremos que no contienen nada sobrenatural, sino que no son, incluso, más
que simples conjeturas. Compárense, si no, con las explicaciones de aquellos que confiesan
ingenuamente que ellos no poseen ninguna luz preternatural, y se comprobará que son
totalmente similares, es decir, humanas, largamente meditadas y halladas con trabajo. En cuanto
a su afirmación, de que la luz natural no basta para esto, consta que es falsa. Por una parte, en
efecto, ya hemos demostrado que la dificultad de interpretar la Escritura nunca ha surgido de la
falta de fuerzas de la luz natural, sino únicamente de la negligencia, por no decir malicia, de los
hombres que descuidaron la historia de la Escritura, mientras podían elaborarla; y por otra parte,
esa luz sobrenatural es (como todos, si no me engaño, confiesan) un don divino que sólo se
concede a los fieles. Ahora bien, los profetas y los apóstoles solían predicar, no sólo a los fieles,
sino, sobre todo, a los infieles y a los impíos. Por tanto, éstos eran capaces de entender el
pensamiento de los profetas y los apóstoles; ya que, de lo contrario, los profetas y los apóstoles
creerían predicar a niñitos y a bebés, y no a hombres con uso de razón; y en vano hubiera
prescrito Moisés las leyes, si no pudieran ser entendidas más que por los fieles, que no necesitan
ley alguna. Quienes buscan, pues, una luz sobrenatural para entender la mente de los profetas y
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los apóstoles, parecen necesitar realmente de la luz natural; y por tanto, estoy muy lejos yo de
creer que esos tales posean un don divino sobrenatural.
Maimónides defendió una opinión completamente distinta. Pensó, en efecto, que cualquier
pasaje de la Escritura admite varios sentidos, incluso opuestos; y que nosotros no estamos
seguros de ninguno de ellos, a menos que sepamos que aquél pasaje, tal como lo interpretamos,
no contiene nada que no esté acorde con la razón o que la contradiga; puesto que, si ese pasaje,
por más claro que pareciera, resultara contradecir a la razón según su sentido literal, habría que
interpretarlo, según él cree, de otra forma. Lo advierte con toda claridad en su libro More
Nebuchim, parte II, capítulo 25. Dice, en efecto: sabed que no rehuimos afirmar que el mundo
existió desde la eternidad a causa de los textos que se encuentran en la Escritura sobre la
creación del mundo. Pues los textos que enseñan que el mundo ha sido creado, no son más
numerosos que los que dicen que Dios es corpóreo; ni hallamos las puertas cerradas ni tampoco
obstáculos para interpretar los textos que existen sobre esta materia, la creación del mundo,
sino que los hubiéramos podido explicar tal como hicimos, cuando hemos rechazado la
corporeidad en Dios; y quizá esto hubiera sido mucho más fácil de lograr, y nos hubiera
resultado más cómodo explicar esos textos y afirmar la eternidad del mundo, que cuando hemos
explicado las Escrituras para rechazar que Dios bendito fuera corpóreo. Hay, sin embargo, dos
causas que me mueven a no hacer esto ni creerlo (a saber, que el mundo es eterno). 1.º Porque
me consta, en virtud de una clara demostración, que Dios no es corpóreo; y es necesario
explicar todos aquellos pasajes, cuyo sentido literal contradice esta demostración, puesto que es
cierto que ellos tienen que tener una explicación en ese sentido (distinta del sentido literal). En
cambio, la eternidad del mundo no se prueba con demostración alguna; y no es necesario, por
tanto, violentar las Escrituras en razón de una opinión aparente, cuya contraria podría
resultarnos preferible por una razón convincente. 2.º Porque creer que Dios es incorpóreo no
repugna a los fundamentos de la Ley, etc. En cambio, creer en la eternidad del mundo, tal como
opinó Aristóteles, destruye la Ley desde sus cimientos, etc.
[181]
Éstas son las palabras de Maimónides, de las que se sigue claramente lo que hemos dicho
hace un momento; pues, si a él le constara por una prueba racional que el mundo es eterno, no
dudaría en forzar la Escritura y explicarla de suerte que, al fin, le pareciera que enseñaba
justamente eso. Más aún, estaría inmediatamente seguro de que la Escritura, aunque protestara
abiertamente por doquier, había querido enseñar esa eternidad. En consecuencia, Maimónides no
podrá estar seguro del sentido de la Escritura, por más claro que sea, mientras pueda dudar o no
tenga constancia de la verdad de lo que ella dice. Efectivamente, mientras no estamos seguros de
la verdad de algo, ignoramos si está acorde con la razón o la contradice; y por tanto,
desconocemos también si el sentido literal es verdadero o falso.
Si esta opinión fuera verdadera, admitiría, sin dudarlo, que necesitamos de otra luz, aparte de
la natural, para interpretar la Escritura. Casi nada, en efecto, de lo que se halla en las Escrituras
puede ser deducido de principios conocidos por la luz natural (como ya hemos probado)
[182]
. En
consecuencia, no podemos estar seguros, por la luz natural, de su verdad ni tampoco, por tanto,
del verdadero sentido y pensamiento de la Escritura, sino que necesitaríamos para ello otra luz
distinta de ésa. Por lo demás, si esta opinión fuera verdadera, se seguiría que el vulgo, que
desconoce generalmente las demostraciones o no se puede dedicar a ellas, no podría admitir
nada de lo que dice la Escritura, a no ser por la autoridad y el testimonio de los que filosofan
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sobre ella. En consecuencia, Maimónides debería suponer que los filósofos no pueden errar en la
interpretación de la Escritura, lo cual sería hacer de ellos una nueva autoridad eclesiástica, un
nuevo tipo de sacerdotes y pontífices, que el vulgo ridiculizaría más que veneraría.
Y, aun cuando nuestro método exija el conocimiento de la lengua hebrea, a cuyo estudio
tampoco puede dedicarse el vulgo, no se nos puede hacer semejante objeción. Efectivamente, el
pueblo judío y el gentil, a los que predicaron los profetas y los apóstoles en su época, entendían
la lengua de los profetas y de los apóstoles y, por su medio, percibían también el pensamiento de
los profetas; pero no percibían el por qué de las cosas que les predicaban, mientras que, según
Maimónides, tendrían que saberlo a fin de que pudieran captar el pensamiento de los profetas.
En virtud de nuestro método no se sigue, pues, que el vulgo tenga que atenerse al testimonio de
intérpretes. Puesto que yo presento un vulgo que comprendía la lengua de los profetas y de los
apóstoles; Maimónides, en cambio, no presentará ningún vulgo que entienda las causas de las
cosas para percibir, por éstas, la mente de aquéllos. Por lo que se refiere al vulgo actual, ya
hemos mostrado que todo lo necesario para la salvación, aunque se ignoren sus causas, es fácil
de percibir en cualquier lengua, ya que se expresa en términos muy comunes y usuales; el vulgo
se contenta con esta percepción, pero no con el testimonio de intérpretes. En cuanto al resto, el
vulgo corre la misma suerte que los doctos.
Mas volvamos a la opinión de Maimónides y examinémosla más a fondo. Él supone, en
primer término, que los profetas estuvieron en todo de acuerdo unos con otros y que fueron
grandes filósofos y teólogos; porque pretende que ellos sacaron conclusiones a partir de la
verdad de las cosas. Ahora bien, nosotros hemos probado en el capítulo II que esto es falso.
Maimónides supone, además, que el sentido de la Escritura no puede resultar claro por la misma
Escritura, porque no nos consta por ella la verdad de las cosas (dado que no demuestra nada ni
enseña por sus definiciones y primeras causas las cosas de las que habla); según su opinión,
tampoco puede constarnos por la Escritura su verdadero sentido ni, por consiguiente, debemos
exigírselo. Ahora bien, de este mismo capítulo resulta que esto es falso, puesto que hemos
probado, por la razón y con ejemplos, que el sentido de la Escritura consta por ella sola y que
sólo a ella hay que exigírselo, incluso cuando habla de cosas conocidas por la luz natural.
Supone, finalmente, Maimónides que nos está permitido explicar y forzar las palabras de la
Escritura según nuestras opiniones previas y negar el sentido literal, por más evidente y explícito
que sea, y cambiarlo en otro cualquiera. Semejante licencia, aparte de contradecir de plano lo
que hemos demostrado en este y otros capítulos, resulta excesiva y temeraria a los ojos de todos.
Concedámosle, sin embargo, tal libertad: ¿qué consigue con ella? Nada en absoluto. Porque las
cosas indemostrables, que constituyen la máxima parte de la Escritura, no podremos
investigarlas según ese método, ni explicarlas ni interpretarlas a partir de esa norma; en cambio,
siguiendo nuestro método, podemos explicar muchísimas cosas de esa naturaleza y discurrir con
seguridad sobre ellas, tal como hemos probado ya con razones y hechos. En cuanto a las cosas
que por su misma naturaleza son perceptibles, su sentido se descubre fácilmente, como ya
hemos mostrado, por el solo contexto de las oraciones. Por consiguiente, dicho método es
completamente inútil. Añádase a ello que Maimónides suprime de esa forma toda certeza acerca
del sentido de la Escritura, que el vulgo pueda conseguir mediante una lectura sincera, y todo el
mundo mediante cualquier otro método. Nosotros rechazamos, pues, la opinión de Maimónides
como perjudicial, inútil y absurda
[183]
.
Por lo que respecta a la tradición de los fariseos, ya hemos dicho antes que no es coherente
consigo misma. En cuanto a la autoridad de los Pontífices Romanos, necesita testimonios más
fehacientes
[184]
. Y sólo por eso la rechazo yo; pues, si pudiéramos probarla por la misma
Escritura con la misma certeza con que podían, en otro tiempo, probar la suya los pontífices de
los judíos, no me inquietaría nada que entre los Pontífices Romanos hubieran existido heréticos
e impíos; puesto que también existieron herejes e impíos entre los pontífices hebreos, que
consiguieron con malas mañas el pontificado y que, sin embargo, tenían en sus manos, por
mandato de la Escritura, potestad para interpretar la Ley (ver Deuteronomio, 17,11-2; 33,10;
Malaquías, 2,8). Pero, como los Pontífices Romanos no nos muestran ningún testimonio similar,
su autoridad sigue siendo muy sospechosa.
Y para que nadie, engañado por el ejemplo del pontífice de los hebreos, piense que también
la religión universal necesita un pontífice, hay que señalar lo siguiente. Las leyes de Moisés
constituían el derecho público de la patria y por eso necesitaban, para su conservación, cierta
autoridad pública; puesto que, si cualquiera fuera libre de interpretar a su juicio los derechos
públicos, no podría mantenerse ningún Estado, sino que se disolvería al instante, y el derecho
público se convertiría en privado. Pero la razón de ser de la religión es muy otra. Como no
consiste tanto en las acciones externas cuanto en la sencillez y en la sinceridad de ánimo, no es
objeto de ningún derecho ni autoridad pública. En efecto, la sencillez y la sinceridad de ánimo
no se infunde a los hombres ni por mandato de las leyes ni por la autoridad pública; y
absolutamente nadie puede ser obligado por la fuerza o por las leyes a ser feliz, sino que para
esto se requieren consejos piadosos y fraternos, una buena educación y, ante todo, el juicio
propio y libre.
Puesto que cada uno tiene por sí mismo el supremo derecho de pensar libremente, incluso
sobre la religión, y no se puede concebir que alguien pueda perderlo, cada uno tendrá también el
supremo derecho y la suprema autoridad para juzgar libremente sobre la religión y, por tanto,
para darse a sí mismo una explicación y una interpretación de ella. El único motivo, en efecto,
de que la autoridad suprema para interpretar las leyes y el juicio definitivo sobre los asuntos
públicos residan en un magistrado, consiste en que son de derecho público; y por eso mismo, la
autoridad suprema para explicar la religión y emitir un juicio sobre ella residirá en cada uno,
justamente porque es de la incumbencia de cada cual. Lejos, pues, de que se pueda deducir de la
autoridad del pontífice de los hebreos para interpretar las leyes de su patria la autoridad del
Romano Pontífice para interpretar la religión, se deduce más bien de ahí que esta autoridad
reside, en su máximo grado, en cada uno.
Y de ahí también podemos probar que nuestro método de interpretar la Escritura es el mejor.
Porque, como la autoridad máxima para interpretar la Escritura está en poder de cada uno, la
norma de interpretación no debe ser nada más que la luz natural, común a todos, y no una luz
superior a la naturaleza ni ninguna autoridad externa. Por lo demás, tampoco debe ser tan difícil
este método, como para que no lo puedan practicar más que agudísimos filósofos; sino que debe
estar al alcance del talento y de la capacidad natural del común de los hombres. Tal es, como
sabemos, nuestro método; puesto que hemos visto que las dificultades, que ciertamente tiene,
provienen más de la negligencia de los hombres que de la misma naturaleza del método.
Capítulo VIII
x
En el que se prueba que el Pentateuco y los libros de
Josué, de los Jueces, de Rut, de Samuel y de los Reyes no son
autógrafos. Se investiga, después, si los escritores de todos
estos libros fueron varios o uno solo y quién sea éste
x
I
En el capítulo precedente hemos tratado de los fundamentos y principios del conocimiento
de las Escrituras y hemos probado que no son otros que la fiel historia de éstas; pero que, aunque
esta historia es sumamente necesaria, los antiguos la descuidaron o que, si acaso la
transcribieron o transmitieron, pereció con el paso del tiempo; y que, por consiguiente, gran
parte de los fundamentos y principios de ese conocimiento han desaparecido. Aún eso sería
tolerable, si la posteridad se hubiera mantenido dentro de los justos límites y hubiera transmitido
de buena fe a sus sucesores lo poco que había recibido o encontrado y no hubiera forjado con su
cerebro cosas nuevas. El resultado fue que la historia de la Escritura no sólo siguió siendo
imperfecta, sino que se hizo más defectuosa; es decir, que los fundamentos del conocimiento de
las Escrituras no sólo son demasiado escasos para poder levantar sobre ellos el conocimiento
completo de éstas, sino que son incluso viciosos.
Lo que yo me propongo aquí es corregir esos fallos y eliminar los prejuicios comunes de la
teología. Aunque me temo que emprenda esta tarea demasiado tarde; las cosas, en efecto, ya casi
han llegado al punto de que los hombres no toleran ser corregidos en esta materia, sino que
defienden con pertinacia lo que han abrazado so capa de religión; ni parece que quede campo
alguno para la razón, a no ser entre un número muy reducido, si se compara con el resto. ¡Tanto
espacio han llegado a ocupar estos prejuicios en la mente del hombre! Me empeñaré, no
obstante, en ello y no dejaré de intentarlo, puesto que no hay por qué perder toda esperanza de
conseguirlo.
Para proceder con orden en mis pruebas, comenzaré por los prejuicios acerca de los
verdaderos escritores de los Sagrados Libros, comenzando por el Pentateuco
[185]
. Casi todos han
creído que fue Moisés, y los fariseos lo han defendido incluso con tal pertinacia, que han llegado
a tener por hereje a quien pareciera opinar otra cosa. Por este motivo, Ibn Ezra, hombre de
talante más liberal y de no mediocre erudición, y el primero, que yo sepa, en haber señalado este
prejuicio, no se atrevió a explicar abiertamente su pensamiento, sino que se limitó a indicar el
asunto en términos un tanto oscuros. Por mi parte, no temeré aclarar sus palabras ni poner de
manifiesto la cuestión. He aquí, pues, las palabras de Ibn Ezra, que se hallan en su comentario al
30
[119]
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[120]
10
Deuteronomio: más allá del Jordán, etc., con tal que entiendas el misterio de las doce; y Moisés
también escribió la ley; y el cananeo estaba entonces en la tierra; y se revelará en el monte de
Dios; y he aquí que también entonces su lecho, un lecho de hierro; entonces conocerás la
verdad
[186]
. Con estas pocas palabras, indica y al mismo tiempo prueba que no fue Moisés quien
escribió el Pentateuco, sino otro cualquiera que vivió mucho después, y que, además, el libro
que escribió Moisés, fue otro. Para probar esto, hace Ibn Ezra las siguientes observaciones:
1.ª El mismo prefacio del Deuteronomio no pudo ser escrito por Moisés, porque no pasó el
Jordán
[187]
.
2.ª Todo el libro de Moisés estaba transcrito con toda nitidez en sólo la superficie de un altar
(ver Deuteronomio, 27; Josué, 8,32, etc.), el cual, según la tradición rabínica, constaba tan sólo
de doce piedras; de donde se sigue que el libro de Moisés tenía un volumen mucho menor que el
Pentateuco. Esto es, creo yo, lo que dicho autor ha querido indicar con el misterio de las doce. A
no ser que se haya referido a las doce maldiciones que se encuentran en el susodicho capítulo del
Deuteronomio, que él creyó quizá que no se hallaban en el Libro de la ley; porque, aparte de la
descripción de la ley, Moisés manda que los levitas lean dichas maldiciones al pueblo a fin de
obligarle con un juramento a observar las leyes prescritas. O quizá ha querido referirse al último
capítulo del Deuteronomio, sobre la muerte de Moisés, el cual consta de doce versículos. Pero
no es necesario saciar la curiosidad con el examen de estas y otras conjeturas.
3.ª En Deuteronomio, 31,9 se dice: y escribió Moisés la ley. Estas palabras no pueden ser de
Moisés, sino de otro escritor que refiere los hechos y los escritos de Moisés.
4.ª En Génesis, 12,6, al contar el historiador que Abraham recorría la tierra de los cananeos,
añade: el cananeo estaba entonces en aquella tierra, excluyendo claramente así el tiempo en que
él escribió estas cosas; por tanto, esto debió ser escrito después de la muerte de Moisés y cuando
los cananeos ya habían sido expulsados y ya no poseían aquellas regiones. El mismo Ibn Ezra,
comentando este pasaje, lo indica con estas palabras: el cananeo estaba entonces en aquella
tierra; parece que Canaán (nieto de Noé) conquistó esta tierra, que otro poseía; y, si esto no es
verdad, hay ahí un misterio, y el que lo entiende, que calle. Es decir, si Canaán invadió aquellas
regiones, el sentido será: ya entonces estaba el cananeo en aquella tierra, excluyendo así el
tiempo pasado, en el que estaba habitada por otra nación. En cambio, si Canaán fue el primero
que cultivó aquellas regiones (como se desprende de Génesis, 10), entonces el texto excluye el
tiempo presente, es decir, el del escritor. Y por tanto, el texto no es de Moisés, ya que en su
tiempo los cananeos poseían todavía aquellas regiones; y ése es el misterio que Ibn Ezra
aconseja silenciar
[188]
.
5.ª En Génesis, 22,14 el monte Moría es llamado monte de Dios
[n9]
, nombre que no recibió
hasta después de ser destinado a la edificación del Templo; y esta elección del monte no había
sido hecha todavía en tiempos de Moisés, puesto que Moisés no indica ningún monte elegido
por Dios, sino que predice, por el contrario, que Dios elegirá algún día un lugar al que se le
impondrá el nombre de Dios.
6.ª En la historia de Og, rey de Basán (Deuteronomio, 3), se intercalan estas palabras: de
entre los demás gigantes
[011]
, sólo quedó Og, rey de Basán; he aquí que su lecho era un lecho de
hierro; es ciertamente el que se encuentra en Rabat de los hijos de Ammán, mide nueve codos de
largo, etc.
[189] Este paréntesis indica clarísimamente que el escritor de estos libros vivió mucho
tiempo después de Moisés, ya que esta forma de hablar sólo es propia de quien cuenta cosas
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[121]
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muy antiguas y que señala restos de los hechos para que se le dé crédito; sin duda que ese lecho
fue encontrado por primera vez en tiempos de David, que sometió esa ciudad, tal como se cuenta
en 2 Samuel, 12,30. Pero no es éste el único lugar; un poco más abajo, el mismo historiador
intercala a las palabras de Moisés lo siguiente: Jaír, hijo de Manasés, tomó toda la jurisdicción
de Argob, hasta la frontera de los gesuritas y los macatitas, y dio a aquellos lugares, junto con
Basán, su nombre, aldeas de Jaír, hasta el día de hoy
[190]
. Esto, digo, lo añade el historiador
para explicar las palabras de Moisés que acababa de citar, a saber: el resto de Galad y todo el
Basán que era reino de Og, se lo di a la semitribu de Manasés, toda la jurisdicción de Argob
con todo el Basán
[191]
, que se llama tierra de los gigantes
[192]
. No cabe duda que los hebreos de
la época de este escritor sabían cuáles eran las aldeas de Jaír que pertenecían a las pequeñas
tribus de Judá, pero no por el nombre de jurisdicción de Argob ni de tierra de los gigantes; por
eso él se vio obligado a explicar cuáles eran esos lugares que recibían estos nombres
antiguamente y decir, al mismo tiempo, por qué en su época se designaban con el nombre de
Jaír, pese a que Jaír era de las pequeñas tribus de Judá y no de Manasés (ver 1 Paralipómenos,
2,21-2).
Hemos explicado así la opinión de Ibn Ezra, así como los pasajes del Pentateuco que él
aduce para confirmarla. Pero lo cierto es que no señaló todo ni lo más importante, ya que existen
en estos libros más pasajes, y más importantes, dignos de mención. Helos aquí:
1.º El escritor de estos libros no sólo habla de Moisés en tercera persona, sino que aduce
muchos testimonios sobre él, por ejemplo: Dios habló con Moisés; Dios hablaba con Moisés
cara a cara
[193]
; Moisés era el más humilde de todos los hombres (Números, 12, 3); Moisés
montó en cólera contra los jefes del ejército (Números, 31,14); Moisés, hombre divino
(Deuteronomio, 33,1); Moisés, siervo de Dios, murió; nunca existió en Israel un profeta como
Moisés, etc.
[194] Por el contrario, en el Deuteronomio, donde se describe la ley que Moisés había
explicado al pueblo y que había escrito para él, Moisés habla y cuenta sus actos en primera
persona, por ejemplo: Dios me habló (Deuteronomio, 2, 1 y 17, etc.); he pedido a Dios, etc. Sólo
que el historiador, al final del libro, después de haber citado las palabras de Moisés, continúa
hablando de nuevo en tercera persona para decir cómo Moisés entregó por escrito al pueblo esta
ley, que antes le había explicado, y le dio los últimos consejos, y cómo finalmente, terminó sus
días
[195]
. Todo ello, a saber, el modo de hablar, los testimonios y la misma estructura de toda la
historia son prueba fehaciente de que estos libros fueron escritos por otro y no por el mismo
Moisés.
2.º En esta historia, no sólo se relata cómo murió y fue sepultado Moisés y cómo sumió a los
hebreos en un duelo de treinta días, sino que se dice, comparándolo con todos los profetas que
vivieron después, que los superó a todos. No ha existido jamás en Israel, dice, un profeta como
Moisés, al que Dios haya conocido cara a cara. Sin duda que este testimonio no pudo darlo
Moisés de sí mismo ni otro que le haya seguido inmediatamente, sino alguien que vivió muchos
siglos más tarde; sobre todo, porque el historiador habla de un tiempo pasado, pues dice: no ha
existido jamás un profeta, etc.; y sobre la sepultura dice: nadie la ha conocido hasta el día de
hoy
[196]
.
3.º Ciertos lugares no se designan con los nombres que tenían en vida de Moisés, sino con
otros que recibieron más tarde, como que Abraham persiguió a los enemigos hasta Dan (ver
Génesis, 14, 14), pues esta ciudad no recibió ese nombre hasta mucho después de la muerte de
[122]
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[123]
10
Josué (ver Jueces, 18,29).
4.º Las historias se prolongan, a veces, más allá del período que vivió Moisés; pues en
Éxodo, 16,35 se cuenta que los hijos de Israel comieron maná durante cuarenta años, hasta que
llegaron a la tierra habitada, hasta que llegaron a la frontera de la tierra de Canaán, es decir,
hasta la época de que se habla en Josué, 5,12. Y también en Génesis, 36,31 se dice: éstos son los
reyes que reinaron en Edom antes de que reinara un rey sobre los hijos de Israel; seguramente
que el historiador enumera ahí los reyes que tuvieron los idumeos antes de que David los
sometiera
[n10] y estableciera gobernadores en Idumea (ver 2 Samuel 8,14).
Por todas estas razones está más claro que la luz del día que el Pentateuco no fue escrito por
Moisés, sino por otro, y que éste vivió muchos siglos más tarde.
II
Pero examinemos, además, si así se desea, los libros que escribió el mismo Moisés y que se
citan en el Pentateuco, y constará por ellos mismos que eran distintos del Pentateuco
[197]
.
Efectivamente, por Éxodo, 17,14, consta, en primer lugar, que Moisés escribió por mandato de
Dios la guerra contra Amalec; pero no consta por ese mismo capítulo en qué libro lo hizo. No
obstante, en Números, 21,14 se cita cierto libro, llamado Libro de las guerras de Dios, y sin
duda que en él se contaba esta guerra contra Amalec y además todas las campañas que, según
testimonio del autor del Pentateuco (Números, 33, 2), había descrito Moisés.
Además, por Éxodo, 24,4 y 7, hay constancia de otro libro, llamado Libro de la alianza
[012]
,
que leyó Moisés ante los israelitas, cuando hicieron la primera alianza con Dios. Sin embargo,
este libro o carta contenía muy pocas cosas, a saber, las leyes o preceptos de Dios que se
enumeran desde Éxodo, 20,22 hasta el capítulo 24. Nadie que lea con sensatez e imparcialidad
dicho pasaje lo negará, puesto que allí se dice que, tan pronto supo Moisés la opinión del pueblo
acerca de la alianza que iban a hacer con Dios, escribió los dichos y derechos de Dios, y que, al
amanecer, tras realizar ciertas ceremonias, leyó a toda la asamblea las condiciones del pacto; una
vez leídas y percibidas por toda la masa, el pueblo se comprometió de común acuerdo a
cumplirlas. Tanto por el breve tiempo en que el libro fue escrito como por la naturaleza del pacto
que se iba a sancionar, se sigue que dicho libro no contenía nada más que lo poco que acabo de
señalar
[198]
.
Consta, finalmente, que, en el año cuarenta después de la salida de Egipto, Moisés explicó al
pueblo todas las leyes que había dado (ver Deuteronomio, 1,5) y le recordó la obligación de
cumplirlas (Ib., 29,14), y que finalmente escribió un libro que contenía estas leyes explicadas y
este nuevo pacto (Ib., 31, 9). Este libro se llamó Libro de la ley de Dios, que posteriormente
aumentó Josué con la descripción del pacto con que el pueblo se comprometió, de nuevo, en su
tiempo, y que fue el tercero que hizo con Dios (ver Josué, 24,25-6). Ahora bien, como no
poseemos ningún libro que contenga ese pacto de Moisés y, a la vez, el pacto de Josué, es
necesario conceder que dicho libro se perdió. A menos que haya que desvariar con el
parafrasista caldeo, Jonatán, y forzar a capricho las palabras de la Escritura; puesto que éste, al
tropezar con tal dificultad, prefirió corromper la Escritura, antes que confesar su propia
ignorancia
[199]
. En efecto, las palabras del libro de Josué, 24, 26: y escribió Josué estas palabras
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[124]
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en el libro de la ley de Dios, las tradujo al caldeo así: y escribió Josué estas palabras y las
guardó con el libro de la ley de Dios. ¿Qué hacer con quienes no ven más que lo que les agrada?
¿Qué es esto, digo, sino negar la misma Escritura y forjar otra con su propio cerebro?
Nosotros concluimos, pues, que este Libro de la ley de Dios no fue el Pentateuco, sino otro
totalmente distinto, que el autor del Pentateuco insertó debidamente en su libro, como se sigue
clarísimamente de lo que acabamos de decir y de lo que diremos a continuación. En efecto,
cuando se dice, en el pasaje citado del Deuteronomio, que Moisés escribió el Libro de la ley, el
historiador añade que Moisés lo entregó a los sacerdotes y que les mandó, además, que lo
leyeran en ciertas ocasiones a todo el pueblo
[200]
. Lo cual prueba que ese libro era mucho menor
que el Pentateuco, puesto que se podía leer en una sola sesión y ser entendido por todos. Y no
hay que olvidar que, de todos los libros que escribió Moisés, no mandó conservar y custodiar
religiosamente más que este libro, del segundo pacto, y el Cántico (que escribió más tarde para
que todo el pueblo lo aprendiera)
[201]
. Pues, como con el primer pacto sólo había obligado a los
que estaban presentes, mientras que con el segundo obligaba a todos, incluso a la posteridad (ver
Deuteronomio, 29,14-5), mandó que el libro de este segundo pacto fuera guardado
religiosamente en los siglos futuros; y lo mismo el Cántico, ya que se refiere, como hemos
dicho, a los siglos venideros.
Por consiguiente, como no consta que Moisés haya escrito otros libros, aparte de estos dos;
como él mismo no ha mandado que se guarde religiosamente para la posteridad ningún otro
libro, fuera del Libro de la ley y del Cántico; y como, finalmente, en el Pentateuco aparecen
muchas cosas que no pudieron ser escritas por Moisés, se sigue que nadie afirma con
fundamento, sino totalmente contra la razón, que Moisés es el autor del Pentateuco.
Quizá alguien me pregunte ahora si acaso no escribió Moisés, aparte de eso, también las
leyes, cuando le eran reveladas por primera vez. Es decir, si en el espacio de cuarenta años no
escribió ninguna de las leyes que dio, aparte de aquellas pocas que ya he dicho que estaban
incluidas en el libro del primer pacto. A esto respondo lo siguiente. Aun cuando concediera que
parece acorde con la razón que Moisés pusiera por escrito las leyes en el mismo momento y
lugar en que, de hecho, las comunicó al pueblo, niego que nos esté permitido afirmarlo por ese
motivo. Porque más arriba hemos demostrado que no debemos establecer sobre temas similares
nada más que aquello que consta por la misma Escritura o que se derive como consecuencia
lógica de sus solos principios, pero no porque parezca conforme con la razón
[202]
. Aparte de que
tampoco la razón nos obliga a afirmarlo así; puesto que quizá el senado comunicaba por escrito
al pueblo los edictos de Moisés, que coleccionó más tarde el historiador y los insertó
debidamente en la historia de la vida de Moisés.
III
Dicho esto sobre los cinco libros de Moisés, ya es tiempo de que examinemos los demás. En
cuanto al libro de Josué, se prueba con razones similares que no es autógrafo. En efecto, es otro
el que afirma que la fama de Josué se había extendido por toda la tierra (6,27), que no omitió
nada de cuanto había mandado Moisés (8,35; 11,15), que envejeció y convocó a todos en
asamblea, y que finalmente expiró. Por otra parte, también se narran algunos hechos que
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[125]
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[126]
tuvieron lugar después de su muerte. Por ejemplo, que, después de su muerte, los israelitas
veneraron a Dios mientras vivieron los ancianos que lo habían conocido
[203]
. Y en 16,10 se dice
que (Efraim y Manasés) no expulsaron al cananeo que vive en Gazer, sino (añade) que el
cananeo habitó en medio de Efraim hasta el día de hoy y pagó tributos. Lo cual coincide con lo
que se cuenta en Jueces, 1; e incluso la forma de hablar, hasta el día de hoy, muestra que el
escritor relata un hecho antiguo. Parecido a éste es también el texto de 15,63, relativo a los hijos
de Judá, y la historia de Caleb de 15,13 y ss. Y también aquel caso, que se cuenta en 22,10 y ss.,
sobre las dos tribus y media que levantaron un altar más allá del Jordán, parece que sucedió
después de la muerte de Josué; puesto que en todo ese relato no se menciona para nada a Josué,
sino que sólo el pueblo delibera sobre si hace la guerra, envía legados y espera su respuesta y,
finalmente, la aprueba. Y en fin, de 10,14 se sigue claramente que este libro fue escrito muchos
siglos después de Josué, ya que se expresa así: no hubo, ni antes ni después, un día en que Dios
obedeciera (así) a alguien, como aquel día, etc. Por consiguiente, si Josué escribió jamás algún
libro, fue sin duda aquel que se cita en 10,13, dentro de esta misma historia.
En cuanto al libro de los Jueces, no creo que nadie que esté cuerdo, esté convencido de que
fue escrito por los mismos Jueces. En efecto, el epílogo de toda la historia, que se halla en el
capítulo 21, muestra claramente que todo el libro fue escrito por un solo historiador. Y como,
además, su redactor advierte reiteradamente que, en aquella época, no había rey en Israel
[204]
, no
cabe duda que fue escrito después que los reyes hubieran ocupado el poder.
Respecto a los libros de Samuel, tampoco hay por qué detenernos mucho, puesto que la
historia narrada acontece mucho después de haber vivido él. Quisiera, sin embargo, señalar que
este libro fue escrito muchos siglos después de Samuel, puesto que en 1 Samuel, 9,9 el
historiador advierte, en un paréntesis: antiguamente en Israel, cuando cualquiera iba a
consultar a Dios, decía así «vayamos al vidente», ya que el que ahora se llama profeta se
llamaba antiguamente vidente.
Finalmente, los libros de los Reyes han sido extraídos, como consta por ellos mismos, de los
libros de los hechos de Salomón (ver I Reyes, 11,41), de las Crónicas de los reyes de Judá (ver
14,19 y 29) y de las Crónicas de los reyes de Israel
[205]
.
Concluimos, pues, que todos los libros que hemos examinado hasta aquí, son apógrafos
[206]
y que los hechos en ellos contenidos son narrados como antiguos.
IV
Si nos fijamos ahora en la interrelación y en el argumento de todos estos libros, fácilmente
colegiremos que todos ellos fueron escritos por un mismo historiador que quiso escribir la
historia antigua de los judíos, desde su origen hasta la primera destrucción de la ciudad. Estos
libros están, en efecto, tan concatenados unos con otros, que eso solo nos permite reconocer que
no contienen más que un relato único de un solo historiador. Y así, tan pronto termina de contar
la vida de Moisés, pasa a la historia de Josué de esta forma: y sucedió que, después de morir
Moisés, siervo de Dios, dijo Dios a Josué, etc. Y, tras haber contado la muerte de éste, comienza
la historia de los jueces haciendo una transición y una conexión similar: y sucedió que, después
de la muerte de Josué, los hijos de Israel pidieron a Dios, etc. Y a este libro conecta el libro de
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Rut como un apéndice: y aconteció en aquellos días en los que juzgaban los Jueces, que había
hambre en aquella tierra. Al libro de Rut conecta del mismo modo el primer libro de Samuel y,
una vez concluido, pasa al segundo mediante la transición usual. A este libro une el primer libro
de los Reyes, donde sigue narrando la historia de David, que había quedado sin terminar en
aquél, y al primero añade el segundo utilizando la misma conexión
[207]
.
Además, la estructura y el orden de las historias indican también que hubo un solo
historiador, el cual se fijó un objetivo determinado. Comienza contando el primer origen de la
nación hebrea y cuenta después, siguiendo un orden, con qué ocasión y en qué épocas dio
Moisés leyes al pueblo y predijo en ellas muchas cosas; cómo, después, según las predicciones
de Moisés, invadieron los hebreos la tierra prometida (ver Deuteronomio, 7) y, una vez poseída,
dieron de lado a las leyes (Ib., 31,16), y cómo por eso les vinieron muchos males (Ib., 17);
cómo, a continuación, quisieron elegir reyes (Ib., 17, 14) y les fue bien o mal, en la medida en
que guardaron las leyes (Ib., 28,36 y 69); hasta contar, finalmente, la ruina del Estado, tal como
la predijera Moisés. Todo lo demás, que no sirve para confirmar la ley, o lo silenció totalmente o
remite para ello al lector a otros historiadores. Por consiguiente, todos estos libros se orientan a
un solo objetivo, a saber, enseñar los dichos y los edictos de Moisés y demostrarlos con hechos
reales.
Si valoramos, pues, simultáneamente estas tres observaciones, a saber: la sencillez del
argumento de todos estos libros, su conexión mutua y su carácter apógrafo (escrito muchos
siglos después de que sucedieran los hechos), concluimos, según acabamos de decir, que todos
ellos fueron escritos por un solo historiador.
Quién haya sido éste, sin embargo, no puedo probarlo con tanta evidencia; pero sospecho
que fue Estiras, y fundo mi conjetura en ciertas coincidencias de no poco peso. Dado que el
historiador (que ya sabemos que fue uno solo) llega con su historia hasta la liberación de
Joaquín y añade, además, que él mismo se sentó durante toda su vida a la mesa del rey (es decir,
o de Joaquín o del hijo de Nabucodonosor, ya que el sentido de la frase es totalmente ambiguo)
[208]
, se sigue que no fue nadie anterior a Esdras. Ahora bien, la Escritura no acredita de nadie
que estuviera entonces en su madurez, sino tan sólo de Esdras (ver Esdras, 7,10), que se hubiera
dedicado con esmero a investigar y a embellecer la ley de Dios y que fuera escritor (Ib., 6)
versado en la ley de Moisés. De ahí que no puedo sospechar que nadie, fuera de Esdras, haya
sido el que escribió esos libros.
Por otra parte, en este testimonio sobre Esdras vemos que éste no sólo se esmeró en
investigar la ley de Dios, sino también en embellecerla; y en Nehemías, 8,8 se dice también que
leyeron el Libro de la ley de Dios explicado y que aplicaron su inteligencia y comprendieron la
Escritura. Y, como en el libro del Deuteronomio no sólo se contiene el Libro de la ley de Moisés
o la mayor parte del mismo, sino otras muchas cosas que le fueron añadidas para explicarlo
mejor, me inclino a pensar que el libro del Deuteronomio es aquel Libro de la ley de Dios
escrito, embellecido y explicado por Esdras, y el que entonces leyeron.
En cuanto a que en este libro, del Deuteronomio, se insertan entre paréntesis muchas cosas
en vistas a una explicación más plena, ya hemos aducido dos ejemplos de ello al explicar la
opinión de Ibn Ezra
[209]
. Pero hay otros muchos dignos de mención, por ejemplo, Deuteronomio,
2,12: y en Seír habitaron antes los horitas, pero los hijos de Esaú los expulsaron y los hicieron
desaparecer de su vista y ocuparon su lugar, igual que hizo Israel en la tierra de su heredad,
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que Dios le ha entregado. Efectivamente, esto explica 2, 3-4, a saber, que los hijos de Esaú, al
ocupar el monte Seír, que les había tocado en herencia, no lo hallaron deshabitado, sino que lo
invadieron y expulsaron de allí a los horitas, que lo habitaban, y los destruyeron, como hicieron
los israelitas con los cananeos después de la muerte de Moisés. A modo de paréntesis se inserta
también Deuteronomio, 10,6-9 a las palabras de Moisés. En efecto, no hay nadie que no vea que
el v. 8, que comienza: en aquel tiempo separó Dios la tribu de Leví, debe referirse
necesariamente al v. 5, y no a la muerte de Aarón; pues el único motivo de que Esdras la haya
introducido aquí parece ser que Moisés había dicho, en la historia del becerro que el pueblo
había adorado (9,20), que él había orado por Aarón. Esdras explica, a continuación, que, en
aquel tiempo del que habla Moisés, Dios eligió para sí a la tribu de Leví, a fin de mostrar así la
causa de su elección y por qué los levitas no fueron llamados a recibir parte de la heredad;
después de lo cual, Esdras prosigue el hilo de la historia con las palabras de Moisés.
A estas razones hay que añadir el prefacio y todos los pasajes que hablan de Moisés en
tercera persona
[210]
. Aparte de esto, sin duda que Esdras añadió o expresó en otros términos
otras muchas cosas para que, aunque nosotros ya no podamos distinguirlas, fueran percibidas
más fácilmente por sus contemporáneos. Quiero decir que, si nosotros tuviéramos el mismo
Libro de la ley de Moisés, estoy seguro que, tanto en las palabras como en el orden y en las
motivaciones de los preceptos, descubriríamos una gran discrepancia. Pues basta comparar el
Decálogo de este libro con el Decálogo del Éxodo (donde se narra ex profeso su historia), para
ver que el primero discrepa en todo del segundo
[211]
. Y así, el cuarto mandamiento no sólo se
prescribe de forma distinta, sino que su formulación es mucho más prolija en el primero, y su
motivación difiere radicalmente de la aducida en el Decálogo del Éxodo. Finalmente, el orden en
que es explicado el décimo mandamiento también es diferente del Éxodo. Pienso, pues, que estas
variantes
[212]
, tanto aquí como en otros pasajes, fueron introducidas, como ya dije, por Esdras,
porque él explicó a los hombres de su tiempo la ley de Dios, y que, por consiguiente, éste es el
Libro de la ley de Dios que él embelleció y explicó.
Pienso, además, que este libro es el primero de todos aquellos que, según he dicho antes, él
escribió. Lo supongo así porque contiene las leyes de la patria, que son indispensables para el
pueblo. Y porque, además, este libro no está conectado con el precedente mediante ninguna
expresión, como sucede con los otros, sino que comienza con una oración independiente: éstas
son las palabras de Moisés, etc. Una vez que Esdras terminó ese libro y enseñó las leyes al
pueblo, creo que se dedicó a describir toda la historia de la nación hebrea, desde la formación
del mundo hasta la máxima destrucción de la ciudad, e insertó en ella, en el lugar oportuno,
dicho libro del Deuteronomio. Y quizá designó sus primeros cinco libros con el nombre de
Moisés, porque su contenido principal es la vida de éste y tomó el nombre del tema principal. Y
por esta misma razón dio al sexto el nombre de Josué, al séptimo de Jueces, al octavo de Rut, al
noveno y quizá también al décimo de Samuel y, finalmente, al undécimo y al duodécimo de los
Reyes. En orden a saber si Esdras dio el último retoque a esta obra y la completó, como deseaba,
véase el capítulo siguiente.
Capítulo IX
x
Se investigan otros detalles sobre los mismos libros, a
saber, si Esdras les dio la última mano y, además, si las notas
marginales que se hallan en los códices hebreos, fueron
lecturas diferentes
x
I
Cuánto nos ayude la disquisición precedente acerca del verdadero escritor de estos libros en
orden a entenderlos perfectamente, es fácil de colegir por los mismos pasajes que hemos citado
para confirmar nuestra opinión sobre el tema, y que, sin esa interpretación, deberían resultar
oscurísimos a todo el mundo. Además del escritor, quedan, sin embargo, en esos mismos libros,
otros aspectos dignos de señalar, que la común superstición no permite captar al vulgo. El
principal de ellos consiste en que Esdras (lo tendré por el escritor de los susodichos libros,
mientras alguien no muestre otro más seguro) no dio la última mano a las narraciones en ellos
contenidas, sino que se limitó a recoger historias de diversos autores y, alguna vez, a redactarlas
de forma elemental, y las dejó a la posteridad sin haberlas examinado ni ordenado. Qué causas le
hayan impedido llevar a cabo con todo detalle esta obra, no puedo adivinarlo, a menos que le
haya sorprendido la muerte
[213]
.
Mas, aunque nos vemos privados de los antiguos historiadores de los hebreos, el hecho está
fuera de toda duda por los escasísimos fragmentos que de ellos nos quedan. Y así, la historia de
Ezequías, que comienza en 2 Reyes, 18,17, fue redactada a partir del relato de Isaías, tal como se
lo halló transcrito en las Crónicas de los reyes de Judá: de hecho, la leemos completa en el libro
de Isaías
[214]
, que estaba contenido en las Crónicas de los reyes de Judá (ver 2 Paralipómenos,
32, 32), contada con las mismas palabras que en el libro de los Reyes, a excepción de muy pocos
detalles
[n11]
. Pero lo único que se puede concluir de ahí, es que se encontraron varias lecturas de
ese relato de Isaías, a menos que alguien quiera soñar, también ahí, algún misterio. Además,
también el último capítulo de éste libro de los Reyes está incluido en Jeremías, cap. 52 y 39-40.
Por otra parte, 2 Samuel, 7 lo hallamos reproducido en 1 Paralipómenos, 17; pero podemos
detectar que las palabras han sido cambiadas, en varios pasajes, de forma tan sorprendente
[n12]
que resulta muy fácil reconocer que esos dos capítulos han sido tomados de dos ejemplares
diferentes de la historia de Natán. Finalmente, la genealogía de los reyes de Idumea, que se
recoge en Génesis, 36,31 y ss., se desarrolla con las mismas palabras en 1 Paralipómenos, 1,
siendo así que nos consta que el autor de este libro tomó los hechos por él relatados de otros
historiadores, y no de los doce libros que hemos atribuido a Esdras. No cabe duda, pues, que, si
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tuviéramos los textos mismos de los historiadores, tendríamos noticia directa del asunto; pero, al
carecer, como hemos dicho, de ellos, no nos queda otro recurso que examinar las historias
mismas, es decir, su orden y concatenación, sus diversas repeticiones y, en fin, sus discrepancias
en el cómputo de los años, para poder juzgar del resto.
Examinemos, pues, a fondo esas historias o, al menos, las principales, comenzando por la
historia de Judá y de Tamar que se halla en Génesis, 38. El historiador comienza así su relato:
sucedió, sin embargo, en aquel tiempo, que Judá se separó de sus hermanos. Ese tiempo hay
que referirlo a otro
[n13] del que se acaba de hablar; pero no se puede referir a aquel del que se
trata inmediatamente antes en el Génesis, puesto que desde el momento en que José fue llevado
a Egipto hasta aquél en que el patriarca Jacob partió para allí con toda su familia, no podemos
contar más de veintidós años. En efecto, cuando José fue vendido por sus hermanos, tenía
diecisiete años y, cuando el faraón lo mandó llamar de la prisión, tenía treinta; si les añadimos
siete años de fertilidad y dos de hambre, harán en total veintidós años. Ahora bien, nadie puede
concebir que en este espacio de tiempo hayan sucedido tantas cosas, a saber: que Judá haya
tenido de la única mujer, que entonces tomara, tres hijos, uno tras otro; que el mayor de ellos,
cuando creyó tener edad para ello, tomara a Tamar por esposa y que, cuando él murió, el
segundo contrajera matrimonio con ella, el cual murió también; y que, después de todo eso, el
mismo Judá tuviera relaciones con su nuera Tamar, sin saber que lo era, de la que tuvo dos hijos
de un solo parto, y que uno de ellos llegara a ser padre dentro del período de tiempo señalado.
Dado, pues, que todos estos hechos no se pueden referir al tiempo de que se habla en el Génesis,
hay que referirlos necesariamente a otro, del que se trataba inmediatamente antes en otro libro.
Por consiguiente, Esdras se limitó a transcribir esta historia y la insertó en el Génesis sin
examinarla.
Pero hay que confesar que, no sólo este capítulo, sino toda la historia de José y de Jacob ha
sido tomada y transcrita de diversos historiadores: ¡tan poco coherente la vemos! Génesis, 47
cuenta, en efecto, que Jacob tenía 130 años, cuando José le llevó al faraón para que le saludara
por primera vez. Si sustraemos los 22 años que Jacob pasó apenado por la ausencia de José, los
17 que tenía José cuando fue vendido, y finalmente los 7 que sirvió por Raquel, se comprobará
que era de edad muy avanzada, exactamente de 84 años, cuando tomó por esposa a Lía; y que,
por el contrario, Dina apenas tenía siete años
[n14]
, cuando fue violada por Siquem; que Simeón y
Leví apenas tenían doce y once años cuando saquearon toda aquella ciudad y pasaron a cuchillo
a todos sus ciudadanos.
Mas no es necesario recoger aquí todos los detalles del Pentateuco. Basta fijarse un poco en
que, en estos cinco libros, se lo describe todo desordenamente, mezclando los preceptos con las
historias, que no se tiene en cuenta la diversidad de tiempo y que una y la misma historia se
repite con frecuencia y, alguna vez, con divergencias, para reconocer sin dificultad que todos
esos textos fueron recogidos y almacenados sin orden, con la intención de examinarlos más
fácilmente después y ponerlos en orden.
Y esto no vale sólo para lo que se dice en estos cinco libros; ya que las demás historias,
contenidas en los otros siete libros y que llegan hasta la destrucción de la ciudad, fueron
coleccionadas de la misma forma. Cualquiera ve, por ejemplo, que a partir de Jueces, 2,6 se cita
un nuevo historiador (el cual también escribió las gestas de Josué) y se transcriben simplemente
sus palabras. Nuestro historiador, en efecto, contó en el último capítulo de Josué que éste murió
30
[132]
[133]
y fue sepultado; y en el primer capítulo de Jueces prometió relatar lo que aconteció después de
su muerte: si tuviera esto en cuenta y quisiera seguir el hilo de su historia, hubiera podido
enlazar con lo anterior lo que comienza a contar ahora acerca del mismo Josué
[n15]
, Y así
también los dos capítulos de 1 Samuel, 17-18 son de un historiador distinto, ya que pensaba que
la causa de que David comenzara a frecuentar la corte de Saúl, era muy distinta de la que se
aduce en 1 Samuel, 16. Pues no creía, como se dice aquí, que David fue a Saúl, porque éste le
llamó siguiendo el consejo de sus esclavos; sino que, habiéndole enviado casualmente su padre a
ver a sus hermanos al campamento, se dio a conocer a Saúl con ocasión de su victoria sobre el
filisteo Goliat, y fue retenido en la corte. Sospecho que sucede algo parecido con el capítulo 26
del mismo libro, a saber, que el historiador parece contar ahí, según la opinión de otro, la misma
historia que se halla en el cap. 24
[217]
.
II
Pero dejemos esto y pasemos a examinar el cómputo de los años
[218]
. En 1 Reyes, 6 se dice
que Salomón edificó el templo en el año 480 después de la salida de Egipto; y, sin embargo, de
los mismos relatos deducimos un número mucho mayor. En efecto:
A esa cantidad hay que añadirle, además, los años de aquella época en que, tras la muerte de
Josué, el Estado de los hebreos vivió próspero, hasta que fue sometido por Cusán Risataim. Y
pienso que su número fue elevado, puesto que no me puedo convencer de que, inmediatamente
después de la muerte de Josué, perecieran en un instante todos los que habían visto sus
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portentos; ni que sus sucesores prescindieran, en un abrir y cerrar de ojos, de las leyes y cayeran
de la suprema virtud a la ínfima maldad y dejadez; ni, en fin, que Cusán Risataim los sometiera
en un dicho y hecho. Por el contrario, como todos estos hechos casi exigen cada uno la vida de
un hombre y, no cabe duda que la Escritura, en Jueces, 2,7 y 9-10, resumió las historias de
muchos años, cuyo contenido pasó en silencio. Hay que añadir, por otra parte, los años durante
los cuales fue juez Samuel, y cuyo número no consta en la Escritura.
A lo anterior hay que añadir también los años del reinado de Saúl, que he omitido en el
cómputo anterior, porque no está suficientemente claro por su historia cuántos años reinó. Es
cierto que en 1 Samuel, 13,1 se dice que reinó dos años; pero, aparte de que ese texto está
cortado, por la misma historia colegimos un número de años más elevado. Que el texto esté
cortado no puede dudarlo nadie que haya saludado, tan sólo desde la puerta, la lengua hebrea.
Comienza así, en efecto: (un) año tenía Saúl, cuando reinó, y reinó durante dos años sobre
Israel. ¿Quién no ve, digo yo, que se ha omitido el número de años que tenía Saúl, cuando
alcanzó el poder real? En cuanto a que de la historia misma se deduzca un número mayor de
años, no creo tampoco que nadie lo ponga en duda. De hecho, en 1 Samuel, 27, 7 se dice que
David permaneció durante un año y cuatro meses entre los filisteos, a donde había ido huyendo
de Saúl; el resto, por tanto, debió suceder, según este cómputo, en el espacio de ocho meses,
cosa que no creo que nadie admita. Josefo, al menos, al final del libro sexto de las Antigüedades,
corrige así el texto: Saúl reinó, pues, dieciocho años en vida de Samuel y dos años después de su
muerte
[221]
. Más aún, toda esta historia del capítulo 13 no está en absoluto de acuerdo con
cuanto precede. Al final del capítulo VII se dice que los filisteos tan derrotados fueron por los
hebreos que, en vida de Samuel, no se atrevieron a cruzar la frontera de Israel; aquí, en cambio,
se dice que (en vida de Samuel) los hebreos fueron invadidos por los filisteos, los cuales les
habían reducido a tal miseria y pobreza que ni tenían armas con que poder defenderse de ellos ni
medios para fabricarlas. Sudaría tinta si me empeñara en conciliar todas estas historias que se
hallan en este primer libro de Samuel, de suerte que pareciera que todas fueron redactadas y
ordenadas por un mismo historiador. Pero vuelvo a mi tema. La conclusión es que al cómputo
anterior hay que añadirle los años del reinado de Saúl.
Al cómputo precedente hay que añadir, finalmente, los años de anarquía de los hebreos,
porque no constan por la misma Escritura. Quiero decir que no me consta en qué tiempo sucedió
lo que se narra desde Jueces, 17 hasta el final del libro.
Por todas estas razones se sigue, pues, clarísimamente que ni consta por los mismos relatos
el verdadero cómputo de los años, ni concuerdan los diversos relatos en torno a uno solo, sino
que hay que suponer que son muy diferentes; y, por tanto, hay que reconocer que estas distintas
historias fueron recogidas de distintos escritores y que todavía no han sido ordenadas ni
examinadas.
Tampoco parece que fuera menor la discrepancia, en cuanto al cómputo de los años en los
libros de las Crónicas de los reyes de Judá y en los libros de las Crónicas de los reyes de Israel.
Efectivamente, en las Crónicas de los reyes de Israel se decía que Joram, hijo de Ajab, había
comenzado a reinar el año segundo del reinado de Joram, hijo de Josafat (ver 2 Reyes, 1,17). En
cambio, en las Crónicas de los reyes de Judá se decía que Joram, hijo de Josafat, había
comenzado a reinar el año quinto del reinado de Joram, hijo de Ajab (ver Ib., 8,16). Y, si alguien
quiere, además, comparar las historias del libro de los Paralipómenos con las de los libros de los
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Reyes encontrará muchas discrepancias similares, que no es necesario recoger aquí y menos
todavía las lucubraciones con que los autores se esfuerzan por conciliar dichas historias.
III
Claro que los rabinos deliran completamente; y los comentaristas que he leído sueñan,
fantasean e incluso corrompen de raíz la misma lengua. Cuando, por ejemplo, en 2
Paralipómenos se dice que Ocozías tenía cuarenta y dos años cuando comenzó a reinar
[222]
, se
imaginan algunos que estos años comienzan con el reinado de Omrí y no en el nacimiento de
Ocozías. Desde luego, si pudieran probar que la intención del autor de los Paralipómenos fue
ésa, yo no dudaría en afirmar que él no sabía hablar. Siguiendo ese método, inventan otras
muchas cosas que, de ser verdaderas, diría sin reservas que los antiguos hebreos habrían
ignorado tanto su lengua como toda norma de narración, y no admitiría ni criterio ni norma
alguna para interpretar la Escritura, sino que a cada cual le estaría permitido imaginarlo todo a
su antojo.
Y, si alguien piensa que yo hablo aquí demasiado en general y sin fundamento suficiente, le
ruego que haga lo siguiente: que nos muestre en esas historias un orden determinado, que
pudieran imitarlo sin grandes fallos los historiadores en sus cronologías; y que, al tiempo que se
esfuerza en interpretar y conciliar esas historias, observe sus construcciones y modos de hablar,
de disponer y ensamblar las oraciones, y los explique de forma tan estricta que también nosotros
podamos imitar con nuestros escritos lo que ellos dicen en sus explicaciones
[n18]
. A quien lo
logre, le estrecharé inmediatamente la mano y será para mí el gran Apolo. Pues confieso que,
aunque lo he buscado largo tiempo, jamás he podido conseguir nada similar. Y aún puedo añadir
que yo no escribo nada aquí que no haya meditado larga y reiteradamente y que, pese a haber
sido imbuido desde mi niñez en las opiniones corrientes acerca de la Escritura, no he podido
menos, finalmente, de admitir lo que acabo de decir. Pero no hay por qué entretener largamente
al lector con esto y proponerle una tarea irrealizable. Era, sin embargo, necesario plantear el
problema, a fin de que quedara más claro mi pensamiento. Paso, pues, a exponer los otros
puntos que me propuse acerca de la fortuna de estos libros.
Pues, además de lo que acabo de decir, hay que señalar que estos libros no fueron guardados,
por quienes los recibieron, con la diligencia suficiente para que no se deslizaran errores en ellos.
Los escribas más antiguos señalaron, en efecto, varias lecturas dudosas y, además, algunos
pasajes recortados, aunque no todos. Si esas faltas son tan importantes que desconciertan al
lector, no entro en ello; creo, más bien, que son de escasa relevancia, al menos para quienes leen
la Escritura con espíritu un tanto liberal. Una cosa puedo afirmar con certeza: que yo no he
descubierto ninguna errata ni ninguna diversidad de lecturas sobre temas morales que pudieran
hacerlos oscuros o dudosos.
Pero la mayor parte de los intérpretes no admiten siquiera que se haya filtrado algún defecto
en los otros temas, sino que defienden que Dios ha conservado todos los Sagrados Libros con
una providencia singular. En cuanto a las diversas lecturas, dicen que son signo de
profundísimos misterios; y lo mismo pretenden respecto a los asteriscos, de los que existen 28
en medio de párrafo, e incluso creen que se esconden grandes secretos en los rasgos de las letras.
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La verdad es que desconozco si todo esto lo han dicho por necedad o por devoción de viejas.
Una cosa sé, al menos: que yo no he leído en ellos nada que recordara la ciencia del arcano, sino
tan sólo pensamientos pueriles. He leído también e incluso he conocido a algunos cabalistas
[223]
,
aficionados a la broma, pero jamás he logrado admirar lo suficiente su locura.
En cuanto a que se hayan deslizado, como hemos dicho, erratas en los textos, creo que nadie
de sano juicio lo puede dudar, si lee aquel texto de Saúl, que ya hemos citado (1 Samuel, 13,1),
así como 2 Samuel, 6,2, que dice: y se levantó David y fue, junto con todos los que le
acompañaban del pueblo de Judá, para traer de allí el arca de Dios. Tampoco hay nadie que no
vea aquí que se ha omitido el lugar a donde iban y de donde traerían el arca, a saber, Quiriat
Jearim[n19]
. Ni podemos negar que 2 Samuel 13,37 está trastocado y cortado, pues dice: y
Absalón huyó y fue a Talmai, hijo de Amiud, rey de Gesur, y lloró a su hijo todos los días, y
Absalón huyó y fue a Gesur y estuvo allí tres años
[n20]
. Sé que hace tiempo yo había tomado
nota de otras cosas similares, pero no las recuerdo ahora.
IV
En cuanto a que las notas marginales, que surgen a cada paso en los códices hebreos, eran
lecturas dudosas, tampoco lo puede dudar nadie que se fije en que la mayor parte de ellas
surgieron de la gran semejanza que existe entre las letras hebreas, por ejemplo, entre la kaf y la
bet, entre la yod y la vau, entre la dálet y la res, etc. Por ejemplo, en 2 Samuel 5,24 está escrito: y
en el (tiempo) en que oigas; y en su margen se dice: cuando oigas. Y en Jueces, 21,22: y cuando
sus padres o hermanos vengan en multitud (es decir, muchas veces) a nosotros, etc.; al margen
se dice: a querellarse (en vez de en multitud). Muchísimas lecturas dudosas han surgido,
además, de las llamadas letras quiescentes, ya que, como su pronunciación no se percibe las más
de las veces, se toma una por otra indistintamente. Por ejemplo, en Levítico, 25, 30 el texto
escrito es: y quedará confirmada la posesión de la casa que está en una ciudad que no tiene
muros; en cambio, al margen se dice: que tiene muros
[226]
.
Aunque esto resulta bastante claro por sí mismo, contesto gustoso a los argumentos de
algunos fariseos, con los que intentan probar que las notas marginales fueron añadidas o
sugeridas por los mismos escritores de los Libros Sagrados a fin de señalar algún misterio. El
primer argumento, para mí poco convincente, lo toman de la forma usual de leer las Escrituras:
si estas notas fueron añadidas a causa de la diversidad de lecturas, entre las cuales no pudo
decidir la posteridad, ¿por qué, preguntan, se ha impuesto la costumbre de conservar en todas
partes el sentido marginal? ¿Por qué, insisten, anotaron al margen el sentido que querían
conservar? Debieran haber hecho al revés: escribir los sagrados volúmenes como querían que se
leyeran, en vez de anotar en el margen el sentido y la lectura que juzgaban más sólida. El
segundo argumento, y que parece tener cierto viso de verdad, se toma de la misma naturaleza de
las cosas. En efecto, puesto que las faltas no fueron introducidas en los códices a sabiendas, sino
por casualidad, deben revestir formas diversas. Ahora bien, en los cinco libros el nombre naghar
(jovencita) se escribe siempre, a excepción de un solo pasaje, incorrectamente desde el punto de
vista gramatical, es decir, sin la letra he
[227]—, en cambio, en el margen se escribe bien, según la
regla general de la gramática. ¿Es que también esto se debe a un fallo de la mano al transcribir?
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¿Qué fatalidad pudo provocar que, siempre que aparecía este nombre, fuera aprisa la pluma?
Aparte que este fallo pudiera haber sido fácilmente corregido según las reglas de la gramática,
añadiendo dicha letra, y sin escrúpulo alguno. Dado, pues, que estas lecturas no se deben al azar
y que no se han corregido fallos tan manifiestos, esas variantes, concluyen los fariseos, fueron
introducidas por los primeros escritores con la intención concreta de significar algo con ellas.
A estas objeciones podemos contestar fácilmente. En cuanto al argumento sacado de la
forma de leer que se impuso entre los fariseos, no me detendré en él, puesto que no sé qué haya
podido sugerir la superstición. Quizá ello se debió a que juzgaban que ambas lecturas eran
igualmente buenas o admisibles y, por no desechar ninguna de ellas, decidieron que una se
escribiera y la otra se leyera. Es decir, que temían emitir un juicio concreto en asunto tan
importante y, al no estar seguros, elegir quizá la lectura falsa en vez de la verdadera; de ahí que
no quisieran preferir ninguna de ellas a la otra. Pues, si hubieran mandado escribir y leer una
sola variante hubieran hecho esa opción, y sobre todo cuando en los ejemplares destinados al
culto no se escriben notas marginales. O quizá ello se debe a que querían que algunos textos,
aunque estaban correctamente transcritos, se leyeran de otra forma, es decir, tal como estaban
anotados al margen. Por eso establecieron la norma general de que los sagrados Libros fueran
leídos según las notas marginales.
En cuanto al motivo que impulsó a los escribas a anotar al margen ciertos textos que debían
ser expresamente leídos, lo diré ahora. En efecto, no todas las notas marginales son lecturas
dudosas, sino que los escribas anotaron también al margen expresiones que estaban fuera de uso,
es decir, las palabras obsoletas y las que las costumbres aceptadas en su época no permitían que
se leyeran en las reuniones públicas. Porque los escritores antiguos carecían de malicia y
expresaban las cosas sin rodeos cortesanos y con sus propios nombres. Sin embargo, una vez
que se impusieron la malicia y la relajación, se comenzó a tener por obsceno lo que los antiguos
habían dicho sin obscenidad. Sin duda que no por eso era necesario cambiar la Escritura misma;
los escribas, sin embargo, en atención a la debilidad del pueblo, introdujeron notas marginales
para que los nombres del coito y de los excrementos se leyeran en público de forma más
honesta, tal como en ellas se indica.
Cualquiera que haya sido, en fin, la razón de que las Escrituras se lean y se interpreten según
las notas marginales, sin duda que no consiste en que es según éstas como hay que hacer la
verdadera interpretación de aquéllas. Pues, aparte de que los mismos rabinos en el Talmud se
alejan con frecuencia de los masoretas y tenían, como mostraré en seguida, otras lecturas que
aprobaban, en las notas marginales se encuentran algunas cosas que parecen menos aceptables
desde el punto de vista gramatical. Por ejemplo, en 2 Samuel, 14,22 se escribe: porque el rey
actuó según la opinión de su siervo; esta construcción es totalmente regular y concuerda con la
del v. 15, mientras que la escrita al margen (de tu siervo) no concuerda con la persona del verbo.
Y así también, en 2 Samuel, 16,23 se escribe: como cuando consulta (esto es, se consulta) la
palabra de Dios; mientras que al margen se añade alguien como sujeto del verbo, lo cual no
parece ser muy correcto, ya que esta lengua acostumbra a emplear los verbos impersonales en la
tercera persona del singular de la voz activa, como muy bien saben los gramáticos. Hay muchas
notas marginales de este tipo, que no pueden, en modo alguno, prevalecer sobre la lectura
escrita.
En cuanto al segundo argumento de los fariseos, también es fácil contestarle a partir de lo
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[140]
que acabamos de decir, a saber, que los escribas han anotado, aparte de las lecturas dudosas,
también las palabras obsoletas. Porque no cabe duda de que en la lengua hebrea, como en las
demás, muchas palabras resultaron obsoletas y anticuadas al usarlas más tarde; cuando los
últimos escribas las encontraron en los Sagrados Libros, las anotaron todas a fin de que fueran
leídas ante el pueblo según el uso corriente en su época. Por este motivo, siempre está anotado el
nombre naghar, porque antiguamente era de dos géneros y significaba lo mismo que en latín
juvenis (joven). Y así también los antiguos solían llamar a la capital de los hebreos Jerusalem y
no Jerusalaim. Lo mismo pienso de la palabra hebrea que significa él mismo y ella misma; es
decir, que los modernos cambiaron el vau en yod (cambio frecuente en hebreo), cuando querían
significar el género femenino, mientras que los antiguos distinguían únicamente con vocales el
género femenino de este pronombre del masculino. Por otra parte, también las irregularidades de
ciertos verbos no fueron las mismas entre los antiguos y los modernos. Finalmente, los antiguos
utilizaron las letras paragógicas (he, alef, mem, nun, yod y vau) con la elegancia propia de su
tiempo. Podría ilustrar todo esto con muchos ejemplos, pero no quiero cansar al lector con una
lectura enojosa.
Quizá alguien me pregunte cómo he llegado a saber todo esto. Le respondo que lo he
constatado muchas veces en escritores muy antiguos, es decir, en los Sagrados Libros
[228] y que,
no obstante, los autores posteriores no quisieron imitarles; y éste es el único medio de reconocer
palabras obsoletas en las demás lenguas, aunque también ya estén muertas.
Pero quizá alguien me insista que, dado que yo he afirmado que la mayor parte de estas
notas marginales son lecturas dudosas, por qué no se han encontrado nunca más de dos lecturas
en un mismo pasaje, por qué no se han hallado alguna vez tres o más. Se me dirá también que
algunas cosas que se anotan correctamente al margen, contradicen tan abiertamente a la
gramática tal como están escritas en el texto, que no se debe en absoluto creer que los escribas
hayan podido vacilar y dudar cuál de ellas era la verdadera.
También a estos argumentos es fácil contestar. En cuanto al primero, digo que existieron más
lecturas que las que encontramos anotadas en nuestros códices. Y así en el Talmud se anotan
varias que los masoretas pasaron por alto; en muchos lugares hay divergencias tan manifiestas
entre ambos textos que el supersticioso corrector de la Biblia de Bomberg se ha visto obligado a
confesar en su prefacio que él no sabe conciliarlos: tampoco aquí sabemos responder, dice, si no
es con la respuesta antes dada, a saber, que es costumbre del Talmud contradecir a los
masoretas
[229]
. Por consiguiente, no hay fundamento suficiente para que establezcamos que un
pasaje no ha tenido nunca más de dos lecturas.
Yo concedo y admito, no obstante, fácilmente que nunca se han encontrado más de dos
lecturas de un pasaje, y ello por las dos razones siguientes: 1.ª Porque el motivo, por nosotros
señalado, de que surgieran diversas lecturas, no permite más de dos. Hemos probado, en efecto,
que esas lecturas surgieron, ante todo, de la semejanza entre algunas letras. De ahí que la duda
casi siempre se reducía, al fin, a saber cuál de dos letras, cuyo uso es sumamente frecuente, a
saber, bet o kaf, yod o vau, dálet o res, había que escribir; por eso podía suceder muchas veces
que ambas dieran a la frase un sentido admisible. La duda consistía, otras veces, en saber si una
sílaba era larga o breve, ya que su cantidad se determina por las letras que hemos llamado
quiescentes. A estas razones hay que añadir que no todas las lecturas conocidas son dudosas,
puesto que hemos dicho que muchas fueron añadidas por razones de honestidad y también para
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explicar palabras obsoletas o anticuadas
[230]
. 2.ª Porque yo creo que los escribas encontraron un
número sumamente reducido de ejemplares, quizá no más de dos o tres. De hecho, en el Tratado
de los escribas (capítulo 6) sólo se mencionan tres, que ellos suponen fueron hallados en tiempo
de Esdras, porque pretenden que esas notas fueron añadidas por el mismo Esdras. Como quiera
que sea, fácilmente podemos pensar que, si tuvieron tres ejemplares, dos estuvieran siempre de
acuerdo en un mismo pasaje; más aún, nadie dejaría de extrañarse de que, en sólo tres
ejemplares, se encontraran tres lecturas diferentes de un mismo pasaje. Qué fatalidad haya hecho
que haya habido tal escasez de ejemplares después de Esdras, dejará de ser un misterio para
quien haya leído tan sólo 1 Macabeos, 1 o Antigüedades, 12, 5 de Josefo
[231]
. Lo que sí parece
un milagro es que, tras una persecución tan dura y prolongada, se hayan podido conservar esos
pocos ejemplares; no creo que nadie que haya leído dicha historia con cierta atención dudará de
ello. Vemos, pues, las causas de que no aparezcan en ningún pasaje más de dos lecturas. Por
consiguiente, está muy lejos de que se pueda concluir, del hecho de que los Sagrados Libros no
contengan nunca más de dos lecturas, que en los pasajes anotados hayan sido redactados mal a
sabiendas, con el fin de significar algún misterio.
Por lo que respecta al segundo argumento, a saber, que hay algunos pasajes tan mal escritos
que los escribas no pudieron dudar, en absoluto, de que contradecían la forma de escribir de
todos los tiempos; y que, por lo mismo, debieron corregirlos sin más y no anotarlos al margen,
no me convence gran cosa, puesto que no es mi obligación saber qué religión les movió a no
hacerlo. Quizá lo hicieron por honradez, porque quisieron entregar a la posteridad los Sagrados
Libros tal como ellos los habían hallado en unos pocos originales; y por eso anotaron las
discrepancias de éstos, no como lecturas dudosas, sino como simples variantes. Si yo las he
llamado dudosas ha sido sencillamente porque constato que casi todas son tales que no logro
saber cuál haya que preferir a otra.
Finalmente, los escribas anotaron, aparte de estas lecturas, varios pasajes cortados (dejando
un espacio vacío en medio del párrafo). Los masoretas nos transmiten su número, ya que
cuentan veintiocho pasajes en los que se deja un espacio vacío en medio de párrafo; aunque no
sé si también en este número creen que se oculte algún misterio. Por su parte, los fariseos
observan religiosamente una cierta cantidad de espacio. Un ejemplo de éstos (por aducir uno) se
encuentra en Génesis, 4,8, que se escribe como sigue: 7 dijo Caín a Abel, su hermano… y
sucedió que, cuando estaban en el campo, Caín, etc.; se deja un espacio vacío justamente allí
donde esperábamos saber qué fue lo que Caín dijo a su hermano. Existen, aparte de los que ya
hemos señalado, veintiocho pasajes de este tipo que han dejado los escribas. Aunque muchos de
ellos no aparecerían cortados si no se hubiera dejado un espacio en medio. Pero basta ya sobre
esto.
Capítulo X
x
Se examinan los demás libros del Antiguo Testamento del
mismo modo que los precedentes
x
I
Paso a los demás libros del Antiguo Testamento
[232]
. Sobre los dos de los Paralipómenos, no
tengo nada cierto e importante que señalar, a no ser que fueron escritos mucho después de
Esdras y quizá después de que Judas Macabeo
[233]
restaurara el Templo
[n21]
. En 1
Paralipómenos, 9 cuenta, en efecto, el historiador qué familias habitaron primero (es decir, en
tiempo de Esdras) Jerusalén; y después (Ib., v. 17) indica los porteros, dos de los cuales se
mencionan también en Nehemías, 11,19. Lo cual muestra que estos libros fueron escritos mucho
después de la reconstrucción de la ciudad. Por lo demás, no tengo ningún dato seguro sobre su
verdadero escritor, ni sobre su autoridad, su utilidad y su doctrina. Más aún, no acabo de
comprender por qué fueron recibidos en el canon de Libros Sagrados por aquellos que borraron
del mismo el libro de la Sabiduría, Tobías y los demás que se llaman apócrifos. No es que yo
pretenda disminuir su autoridad, sino que, como todo el mundo los ha aceptado, los dejo tal
como están.
También los Salmos fueron recopilados y distribuidos en cinco libros en la época del
segundo Templo. Pues, según el testimonio del judío Filón, el Salmo 88 fue publicado cuando el
rey Joaquín aún estaba detenido en la cárcel, en Babilonia; y el Salmo 89, cuando el mismo rey
consiguió la libertad. Y no creo que Filón jamás hubiera dicho esto, si no fuera una opinión
aceptada en su tiempo o no la hubiera recogido de otros escritores fidedignos
[236]
.
Creo que también los Proverbios de Salomón fueron recopilados en esa época o, al menos,
en tiempo del rey Josías. La razón es que en el último versículo del capítulo 24
[237] se dice: éstos
son los proverbios de Salomón, que han transmitido los hombres de Ezequías, rey de Judá. Pero
yo no puedo silenciar aquí la audacia de los rabinos
[238]
, que querían excluir del canon de Libros
Sagrados este libro, junto con el Eclesiastés, y guardarlo junto a los demás que echamos de
menos
[239]
. Lo hubieran hecho sin dudarlo de no haber encontrado en ellos algunos pasajes en
que se recomienda la ley de Moisés. ¡Qué lástima que las cosas sagradas y más excelentes hayan
dependido de su elección! Les felicito, sin embargo, porque han querido transmitirnos, al menos,
éstos, aunque no puedo menos de dudar si lo hicieron de buena fe; pero no quiero someterlo aquí
a un examen concienzudo.
Paso, pues, a los libros de los profetas. Cuando los examino atentamente veo que las
profecías contenidas en ellos fueron recogidas de otros libros, en los que no siempre habían sido
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[143]
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transcritas en el mismo orden en que fueran pronunciadas o escritas por los mismos profetas, y
que tampoco están contenidas todas, sino tan sólo aquellas que lograron encontrar aquí o allá.
Estos libros no son, pues, más que fragmentos de los profetas.
Efectivamente, Isaías comenzó a profetizar en el reinado de Ozías, como atestigua el propio
relator en el primer verso. Pero no sólo profetizó en esa época, sino que describió, además, todas
las hazañas de este rey (ver 2 Paralipómenos, 26, 22), en un libro que no poseemos. Lo que de él
conservamos, hemos probado ya que está transcrito de las Crónicas de los reyes de Judá y de
Israel
[240]
. Añádase a ello que, según los rabinos, Isaías también profetizó durante el reinado de
Manasés, quien finalmente le dio muerte; y, aunque dan la impresión de contar una fábula,
parece que creyeron que no se conservaban todas sus profecías.
Por otra parte, las profecías de Jeremías, que tienen forma de historia, fueron extraídas y
recopiladas de diversas cronologías. Pues, aparte de que están todas revueltas, sin tener en
cuenta las épocas, una misma historia se repite, además, de distintas formas. Y así, en el capítulo
21 se expone la causa de la prisión de Jeremías, a saber, que predijo la destrucción de la ciudad a
Sedecías, que le había consultado; interrumpida esta historia, se pasa a contar, en el capítulo 22,
su discurso contra Joaquim[241]
, que reinó antes de Sedecías, y a decir que el profeta predijo la
cautividad del rey; y después, en el capítulo 25, describe lo que le había sido revelado al profeta
anteriormente, es decir, el cuarto año del reinado de Joaquim; y, a continuación, las profecías del
primer año de este rey. Y así prosigue amontonando profecías, sin observar ningún orden
temporal, hasta que en el capítulo 38 vuelve, por fin (como si estos quince capítulos fueran una
especie de paréntesis), a lo que había comenzado a contar en el capítulo 21; de hecho, la
transición con que se inicia el capítulo 38 remite a los versículos 8-10 del capítulo 21. Entonces
relata la última detención de Jeremías de muy distinta forma de como se narra en el capítulo 37
y aduce también una causa muy diferente de su prolongada retención en el vestíbulo de la cárcel.
Para que se vea que todos estos datos fueron recogidos de distintos historiadores, sin que exista
otra disculpa posible. En cambio, las demás profecías contenidas en los restantes capítulos, en
las que Jeremías habla en primera persona, parece que fueron copiadas del volumen que escribió
Baruc al dictado del mismo Jeremías
[242]
. Ese volumen (como consta por Jeremías, 36, 2) sólo
contenía, en efecto, cuanto había sido revelado a este profeta desde la época de Josías hasta el
año cuarto de Joaquim, que es el momento en que comienza el libro de Jeremías. De ese mismo
volumen parecen haber sido tomadas también las cosas que se dicen desde 45,2 hasta 51,59.
En cuanto al libro de Ezequiel, sus primeros versículos muestran con toda claridad que
también él es un simple fragmento. ¿Quién no ve, en efecto, que la transición con que comienza
el libro se refiere a otras cosas ya narradas y que enlaza con ellas lo que va a decir? Pero no es
sólo la transición; todo el contexto de la narración supone otros escritos. Y así, el año treinta,
con que comienza el libro, muestra que el profeta continúa una narración y no que la inicia. El
mismo escritor lo advierte con una especie de paréntesis en 1,3: la palabra de Dios había sido
dirigida muchas veces a Ezequiel, hijo de Buzí, sacerdote, en la tierra de los caldeos, etc.; como
si dijera que las palabras de Ezequiel que hasta ahora había copiado estaban en conexión con
otras que le habían sido reveladas al mismo profeta antes de este año treinta. Por otra parte,
Josefo cuenta (Antigüedades, 1. X, cap. 7) que Ezequiel predijo que Sedecías no vería Babilonia;
sin embargo, en el libro que de él tenemos (Ezequiel, 17), se lee, por el contrario, que Sedecías
sería llevado cautivo a Babilonia
[n22]
.
De Oseas no podemos decir con certeza que haya escrito más de lo que se contiene en el
libro que lleva su nombre. Me sorprende, sin embargo, que no tengamos más cosas de un
escritor que, según su propio testimonio, profetizó durante más de ochenta y cuatro años. Una
cosa, al menos, sabemos en general, que los redactores de estos libros no recopilaron todas las
profecías de todos los profetas, ni siquiera las de aquellos que hoy tenemos. De aquellos
profetas, por ejemplo, que profetizaron durante el reinado de Manasés y que se mencionan, en
términos generales, en 2 Paralipómenos, 33,10 y 18-9, no poseemos absolutamente ninguna
profecía; ni tampoco poseemos todas las profecías de los doce profetas del canon actual. Y así,
de Jonás sólo fueron recogidas las profecías sobre los ninivitas, siendo así que también profetizó
a los israelitas (véase sobre esto 2 Reyes, 14,25).
Sobre el libro de Job y sobre el mismo Job se ha discutido mucho entre los escritores.
Algunos piensan que lo escribió Moisés y que toda la historia no es más que una parábola. Así lo
recogen algunos rabinos en el Talmud, por cuya opinión se inclina Maimónides en su libro Guía
de perplejos
[244]
. Otros creyeron que la historia es verdadera, y algunos de éstos son los que
pensaron que este Job vivió en tiempo de Jacob y que tomó a su hija, Dina, por esposa. En
cambio, Ibn Ezra, en sus comentarios sobre este libro, afirma, como ya hemos dicho antes, que
fue traducido de otra lengua al hebreo; desearía que nos lo probara con más claridad, porque de
ahí podríamos concluir que también los gentiles tuvieron libros sagrados. Yo dejo, pues, el
asunto en suspenso, aunque supongo que Job fue un hombre gentil y de gran fortaleza de ánimo,
al que primero le fueron las cosas bien, después le fue la fortuna adversa y finalmente fue muy
feliz, puesto que Ezequiel, 14,14 lo menciona entre otros. Creo que esa fortuna fluctuante y esa
constancia de ánimo dieron ocasión a muchos de discutir sobre la providencia divina o la dieron,
al menos, al autor de este libro para que redactara el diálogo. Pues tanto su contenido como su
estilo parecen propios, no de un hombre que se revuelve míseramente entre cenizas, sino de
alguien que medita tranquilamente en un museo. En este sentido estaría de acuerdo con Ibn Ezra
en que este libro fue traducido de otra lengua, ya que parece imitar la poesía de los gentiles,
puesto que el padre de los Dioses convoca dos veces su consejo, y Momo, que recibe aquí el
nombre de Satanás, censura con toda libertad los dichos de Dios, etc. Esto, sin embargo, son
meras conjeturas sin suficiente fundamento
[245]
.
Paso al libro de Daniel. Desde el capítulo 8 contiene sin duda los dichos del mismo Daniel.
Pero no sé de dónde fueron transcritos los siete primeros capítulos; como, a excepción del
primero, fueron escritos primero en caldeo, podemos sospechar que fueron tomados de las
Cronologías caldeas. Si esto nos constara con certeza, sería un testimonio espléndido por el que
se demostraría que la Escritura sólo es sagrada en cuanto que por su medio entendemos las cosas
en ella expresadas y no en cuanto entendemos las palabras o la lengua y las oraciones que las
significan; y que, además, los libros que enseñan y narran las cosas mejores son igualmente
sagrados, sin que importe en qué lengua o por qué nación fueron escritos. Pero, al menos,
podemos señalar que esos capítulos fueron escritos en caldeo y que, no obstante, son tan
sagrados como el resto de los Sagrados Libros.
El primer libro de Esdras está conectado con el libro de Daniel de tal forma que es fácil
reconocer que es el mismo escritor, que continúa narrando la historia de los judíos desde la
primera cautividad.
No dudo que al libro de Daniel va unido el de Ester, ya que la transición con que comienza
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[146]
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no se puede referir a ningún otro. Pero no hay que creer que sea el mismo que escribió
Mardoqueo, puesto que en 9, 20-22 es otro el que cuenta que Mardoqueo escribió cartas y
expone su contenido. Por otra parte, en 9,31 dice que la reina Ester estableció, mediante un
edicto, todo lo concerniente a la fiesta de las Suertes (Purim) y que ese edicto fue escrito en el
libro, es decir (en el sentido hebreo del texto), en el libro que en aquel tiempo (en el que esto fue
escrito) era de todos conocido; ahora bien, todo el mundo tiene que reconocer con Ibn Ezra que
ese libro pereció junto con otros. Finalmente, el historiador relaciona los demás hechos de
Mardoqueo con las Crónicas de los reyes de Persia
[246]
. No cabe duda, pues, que también este
libro fue escrito por el mismo historiador que narró la historia de Daniel y de Esdras. Y lo
mismo hay que decir del libro de Nehemías
[n23]
, ya que se llama 2 Esdras.
Afirmamos, pues, que estos cuatro libros, a saber, Daniel, Esdras, Ester y Nehemías, fueron
escritos por un mismo historiador. Quién haya sido, sin embargo, ni siquiera puedo sospecharlo.
No obstante, a fin de averiguar por dónde llegó dicho autor, cualquiera que haya sido finalmente,
a conocer esas historias y de dónde las copió quizá casi completas, hay que señalar que los
prefectos o príncipes de los judíos, durante la época del segundo Templo, tuvieron, como sus
reyes en el primer Templo, escribas o historiógrafos que iban escribiendo los anales o
cronologías de los judíos. Efectivamente, en los libros de los Reyes se citan a cada paso las
Cronologías o anales de los reyes. Por otra parte, las Cronologías de los príncipes y sacerdotes
del segundo Templo se citan, por primera vez, en el libro de Nehemías, 12, 23; después, en 1
Macabeos, 16,24. Y sin duda que éste es el libro (ver Ester, 9,31) del que acabamos de hablar,
en el que se habían recogido el edicto de Ester y los escritos de Mardoqueo, y que, siguiendo a
Ibn Ezra, hemos dicho que desapareció. Parece, pues, que fue de este libro de donde fueron
recogidas y copiadas todas las noticias que se contienen en los cuatro libros citados. Puesto que
ni su redactor cita ningún otro ni tenemos noticia de que otro alguno haya tenido pública
autoridad.
Que estos libros no fueron escritos ni por Esdras ni por Nehemías, consta claramente, porque
en Nehemías, 12,10-11 se prolonga la genealogía del sumo pontífice Jesuá hasta Jadúa. Ahora
bien, éste fue el sexto pontífice y se entrevistó con Alejandro Magno, cuando ya casi tenía
sometido el imperio persa (ver Josefo, Antigüedades, II, 8), o, como dice el judío Filón en el
Libro de los tiempos, el sexto y último pontífice bajo los persas
[247]
. Aún más, en el mismo
capítulo de Nehemías, 12,22, se indica claramente lo que acabamos de decir: los levitas, dice el
historiador, de la época de Eliasib, Joyada, Jojanán y Jadúa fueron inscritos sobre
[013] el
reinado de Darío, el persa, es decir, en las cronologías. Y no creo yo que nadie piense que
Esdras
[n24] o Nehemías llegaron a tal edad, como para haber sobrevivido a catorce reyes persas.
Efectivamente, Ciro fue el primero que dio permiso a los judíos para reedificar el Templo, y
desde aquella fecha hasta Darío, decimocuarto y último rey de Persia, se calculan más de
doscientos treinta años
[249]
.
Por consiguiente, yo no dudo que estos libros fueron escritos mucho después de que Judas
Macabeo restableció el culto del Templo. Y el motivo fue que por aquellas fechas algunos
malévolos, pertenecientes sin duda a la secta de los saduceos, editaban falsos libros de Daniel,
de Esdras y de Ester; ya que los fariseos, que yo sepa, nunca aceptaron aquellos libros. Y,
aunque en el llamado cuarto libro de Esdras se cuentan ciertas fábulas, que también leemos en el
Talmud, no por eso hay que atribuirlos a los fariseos; ya que, a excepción de los más estúpidos,
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ni uno de ellos duda de que tales fábulas fueron añadidas por algún bromista, y hasta creo yo que
algunos lo hicieron para hacer ridículas a los ojos de todos las tradiciones de los fariseos. O
quizá el motivo de que fueran copiados y publicados en aquella época, fue mostrar al pueblo que
las profecías de Daniel se habían cumplido y confirmar de este modo al pueblo en la religión, a
fin de que no desconfiasen, en medio de tantas calamidades, de tiempos mejores ni de la
salvación futura.
III
Aunque estos libros son tan recientes y nuevos, se deslizaron en ellos, no obstante, muchas
erratas, debidas, según creo, a la prisa de los copistas. Pues también en éstos, como en los
demás, se encuentran bastantes notas marginales de las que hemos tratado en el capítulo
precedente, y algunos pasajes, además, que no admiten más excusa que la prisa, como enseguida
probaré. Pero antes quiero señalar, respecto a las lecturas marginales de estos libros, que, si hay
que conceder a los fariseos que son tan antiguas como los mismos escritores de dichos libros,
entonces hay que decir necesariamente que esos escritores, si acaso fueron varios, las indicaron,
porque comprobaron que las cronologías, de donde las tomaron, no estaban redactadas con el
debido rigor; y que, aunque algunas erratas estaban claras, no se atrevieron, sin embargo, a
corregir los escritos de sus antepasados. Pero no es necesario que vuelva a tratar extensamente
aquí de este tema.
Paso, pues, a señalar aquellas erratas que no se hallan anotadas al margen. No sé cuántas
diga que se han deslizado en Esdras, 2. En efecto, en el versículo 64 se recoge la suma total de
cuantos se enumeran por separado a lo largo de todo el capítulo, y se dice que ascienden a
42.360. Sin embargo, si se suman las cantidades parciales, no ascienden más que a 29.818. Aquí
hay, pues, un error, ya sea en la suma total, ya en las parciales. Ahora bien, parece que hay que
admitir que la suma total se da correctamente, porque todo el mundo la retuvo sin duda en la
memoria, por tratarse de algo memorable; mas no así las sumas parciales. De ahí que, si se
deslizara un error en la suma total, todo el mundo lo descubriría al momento y sería fácilmente
corregido. Y esto se confirma plenamente por Nehemías, 7, donde se transcribe este capítulo de
Esdras (llamado la Carta de la genealogía), tal como se dice expresamente en 7,5: la suma total
coincide exactamente con la del libro de Esdras; en cambio las parciales son muy distintas,
puesto que unas son mayores y otras menores que en éste y hacen en total 31.089. No cabe duda,
pues, de que se han deslizado varias erratas en las sumas parciales, tanto del libro de Esdras
como del de Nehemías.
Los comentaristas, sin embargo, que intentan conciliar estas contradicciones manifiestas,
inventan cuanto pueden, cada cual según la fuerza del propio ingenio
[250]
. Y así, al tiempo que
adoran las letras y las palabras de la Escritura, no hacen otra cosa, según ya antes hemos
señalado, que exponer los escritores de los Sagrados Libros al desprecio, hasta el punto que se
diría que no sabían hablar ni poner en orden lo que iban a decir. Más aún, no hacen sino
ensombrecer la claridad de la Escritura; ya que, si a cada uno estuviera permitido interpretar las
Escrituras a su guisa, no habría una sola oración de cuyo verdadero sentido no pudiéramos
dudar. Pero no tengo por qué detenerme más tiempo en esto. Pues estoy convencido de que, si
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algún historiador quisiera imitar cuantas licencias permiten estos intérpretes a los escritores de
los Sagrados Libros por devoción, ellos mismos los ridiculizarían de múltiples formas. Y, si
piensan que es blasfemo quien dice que la Escritura contiene algún error, ¿qué calificativo habré
de darles a ellos mismos, que imputan a las Escrituras cuanto les place; que prostituyen de tal
forma a los historiadores sagrados, que parecen balbucir y confundirlo todo; y que niegan, en
fin, los sentidos que están más claros y evidentes en la Escritura? ¿O es que hay en la Escritura
algo más claro que la intención de Esdras y sus compañeros de incluir en la Carta de la
genealogía (en Esdras, 2), por medio de sumas parciales, el número total de cuantos salieron
hacia Jerusalén, puesto que entre ellos no sólo se incluye a los que pudieron dar su filiación, sino
también a los que no pudieron darla? ¿Y qué hay más claro, también, en Nehemías, 7,5, que el
hecho de que él mismo se limitó a copiar esa misma genealogía? Por tanto, quienes explican de
otra forma todo esto, no hacen sino negar el verdadero sentido de la Escritura y, por
consiguiente, la Escritura misma. Y en cuanto a que piensan que es piadoso adaptar unos pasajes
de la Escritura a otros, les diré que eso es una piedad ridícula, ya que adaptan los pasajes claros a
los oscuros y los correctos a los erróneos, y corrompen los sanos con los corruptos. Lejos de mí,
sin embargo, llamar blasfemos a quienes no tienen intención alguna de maldecir, puesto que es
propio de hombres equivocarse.
Pero vuelvo a mi tema. Aparte de las erratas que hay que admitir en las simias de la Carta de
la genealogía, tanto en Esdras como en Nehemías, se advierten bastantes también en los mismos
nombres de las familias, y más todavía en las mismas genealogías, en las historias y me temo
que incluso en las profecías. Y así, la profecía de Jeremías, 22 sobre Jeconías no parece
concordar en absoluto con su historia (ver 2 Reyes y Jeremías y 1 Paralipómenos, 3,17-9); y,
sobre todo, las palabras del último versículo de aquel capítulo
[251]
. Y tampoco alcanzo a ver por
qué pudo decir de Sedecías, cuyos ojos le fueron arrancados
[252] mientras veía matar a sus hijos:
morirás en paz, etc. (ver Jeremías, 34,5). Si hubiera que interpretar las profecías por su
cumplimiento, habría que intercambiar estos dos nombres, Jeconías por Sedecías y a la inversa.
Pero esto sería demasiado extraño, y por eso yo prefiero dejar las cosas como están; sobre todo,
porque, si existe aquí algún error, hay que atribuirlo al historiador y no a un defecto de los
ejemplares.
Por lo que respecta a los otros errores, a que he aludido, no pienso señalarlos aquí, ya que no
podría hacerlo sin gran molestia para el lector y, más que nada, porque ya otros los han indicado.
R. Salomón
[253]
, por ejemplo, ante las manifiestas contradicciones que observó en las susodichas
genealogías, se vio obligado a expresarse como sigue (ver sus comentarios a 1 Paralipómenos,
8): si Esdras (piensa que él escribió los libros de los Paralipómenos) designa con otros nombres
a los hijos de Benjamín y traza su genealogía de distinta forma de como se halla en el libro del
Génesis; y si, en fin, los datos con los que designa la mayor parte de las ciudades de los levitas,
no coinciden con los que da Josué, todo ello se debe a que encontró originales con
discrepancias. Y un poco más adelante: la genealogía de Gabaón y de otros se transcribe dos
veces y deforma distinta, porque Esdras encontró varias cartas de cada genealogía y con
divergencias entre ellas y, al transcribirlas, siguió al mayor número de ejemplares; pero, cuando
el número de los que discrepaban era el mismo, copió un ejemplar de ambos. Concede, pues, sin
reserva alguna que estos libros fueron copiados de originales que ni eran bastante correctos ni
seguros. Aún más, cuando los comentaristas intentan conciliar pasajes, no hacen, las más de las
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[151]
veces, más que señalar las causas de los errores. No creo, finalmente, que nadie que esté en sus
cabales piense que los historiadores sagrados se han propuesto escribir de tal forma que den la
impresión de contradecirse a cada paso.
Pero quizá alguien diga que, de este modo, trastoco totalmente la Escritura, puesto que todos
pueden sospechar que contiene errores por todas partes. Por el contrario, yo he probado que de
esta forma velo por la Escritura, procurando que sus pasajes claros e incorruptos no se
corrompan por adaptarlos a los erróneos. Por lo demás, porque algunos pasajes estén
corrompidos, no cabe sospechar lo mismo de todos, puesto que nunca se ha hallado un libro sin
faltas. ¿Es que alguien ha sospechado jamás, por ese motivo, que los libros estén plagados de
errores? Absolutamente nadie, y principalmente cuando la oración es perspicua y se capta con
claridad la mente del autor.
III
Con esto he concluido lo que me había propuesto decir acerca de la historia de los libros del
Antiguo Testamento. Por lo dicho nos es fácil colegir que antes de la época de los macabeos no
existió ningún canon de Libros Sagrados
[n25]
, sino que los libros que hoy poseemos, los
escogieron de entre otros muchos los fariseos del segundo Templo, quienes establecieron
también las fórmulas de las plegarias, y por su sola decisión han sido aceptados. Así, pues,
quienes quieren demostrar la autoridad de la Sagrada Escritura, tienen que probar la autoridad de
cada libro en particular, y no basta demostrar la divinidad de uno de ellos para deducir de ahí la
de todos los demás. De lo contrario, habría que afirmar que la asamblea de los fariseos no pudo
equivocarse en esta elección de libros, cosa que nadie demostrará jamás.
La razón que me fuerza a asegurar que sólo los fariseos eligieron los libros del Antiguo
Testamento y los introdujeron en el canon de Libros Sagrados, es que en Daniel, 12,2 se predice
la resurrección de los muertos, que negaban los saduceos; y porque, además, los mismos fariseos
lo indican claramente en el Talmud, ya que en el Tratado del sábado, cap. II, fol. 30, p. 2 se dice:
R. Jehudá
[255]
llamado Rabí, dijo: intentaron los expertos esconder el libro del Eclesiastés,
porque sus palabras contradicen las palabras de la ley (entiéndase al Libro de la ley de Moisés).
¿Y por qué, sin embargo, no lo escondieron? Porque comienza y termina según la ley. Y un
poco más abajo añade: y también intentaron esconder el libro de los Proverbios, etc. Y,
finalmente, en el mismo Tratado, cap. I, fol. 13, p. 2: pronuncia con benevolencia el nombre de
aquel varón, llamado Negunia, hijo de Ezequías
[256] ya que, de no ser por él, se hubiera
camuflado el libro de Ezequiel, porque sus palabras contradecían a las palabras de la ley, etc.
Se sigue clarísimamente de ahí que los peritos en la ley se reunieron en asamblea para decidir
qué libros había que recibir como sagrados y cuáles había que desechar. De ahí que quien
pretende estar seguro de la autoridad de todos ellos, que comience de nuevo la asamblea y exija
una explicación de cada libro.
Éste sería el momento de pasar a examinar, según el mismo método, los libros del Nuevo
Testamento. Pero, como oigo que ya ha sido hecho por hombres muy expertos tanto en ciencias
como, sobre todo, en lenguas; como, además, no tengo un conocimiento tan exacto de la lengua
griega, como para atreverme a entrar en ese terreno; y como, finalmente, carecemos de los libros
que fueron escritos en hebreo, prefiero dejar de momento este asunto. Me propongo, no
obstante, señalar lo que toque más de cerca a mi propósito, como se verá en lo que sigue
[257]
.
Capítulo XI
x
Se investiga si los apóstoles escribieron sus cartas como
apóstoles y profetas o más bien como doctores. Se explica
después el oficio de los apóstoles
x
I
Nadie que haya leído el Nuevo Testamento puede dudar que los apóstoles fueron profetas.
Pero, como los profetas no siempre hablaban en virtud de una revelación, sino más bien muy
rara vez, como hemos probado al final del primer capítulo, podemos dudar si los apóstoles
escribieron sus cartas en cuanto profetas en virtud de una revelación y de un mandato expreso,
como Moisés, Jeremías y otros, o más bien en cuanto simples particulares o doctores. Esta duda
se funda, sobre todo, en que, en 1 Corintios, 14,6, Pablo indica dos formas de predicar: una por
revelación y otra por conocimiento; por eso digo que hay que dudar si los apóstoles en sus
epístolas profetizan o enseñan
[258]
.
Ahora bien, si prestamos atención al estilo de dichas epístolas, constataremos que es lo más
ajeno al estilo de la profecía. Lo más corriente entre los profetas era, en efecto, testificar por
doquier que hablaban por mandato de Dios, diciendo: así lo dice Dios, dice el Dios de los
ejércitos, mandato de Dios, etc.
[259] Y esto parece que no sólo se cumplió en los discursos
públicos de los profetas, sino también en las cartas que contenían revelaciones, como se ve por
aquella de Elías a Joram (ver 2 Paralipómenos, 21,12), la cual comienza también con la
expresión: así dice Dios. En cambio, en las cartas de los apóstoles no leemos nada similar, sino
que, por el contrario, en 1 Corintios, 7,40 Pablo habla según su propio parecer. Más aún, en
muchísimos pasajes encontramos formas de hablar propias de un ánimo ambiguo y perplejo,
como (Romanos, 3, 28) juzgamos
[n26]
, pues, y (Ib., 8,19) pues estimo yo, y otras muchas por el
estilo. Se hallan, además, otras formas de hablar totalmente alejadas de la autoridad profética,
como: pero esto lo digo yo, como débil, y no por mandato (ver 1 Corintios, 7,6); doy mi consejo
como hombre, porque es fiel la gracia de Dios (Ib., 7,25)
[260]
, y así otras muchas. Y adviértase,
además, que, cuando dice en el capítulo citado que él tiene o no tiene el precepto o mandato de
Dios, no entiende un precepto o mandato que Dios le haya revelado, sino únicamente las
enseñanzas que Cristo enseñó a sus discípulos en la montaña.
Si examinamos, por otra parte, el modo como los apóstoles enseñan la doctrina evangélica
en sus epístolas, veremos que también se aparta mucho del de los profetas. Los apóstoles, en
efecto, razonan en todas partes, hasta el punto que más parecen disputar que profetizar. Por el
contrario, las profecías no contienen más que simples enseñanzas o decretos. En ellas, en efecto,
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se introduce a Dios hablando, pero no razona, sino que decreta en virtud del dominio absoluto de
su naturaleza. Por otra parte, la autoridad del profeta no admite el raciocinio, ya que quien quiere
confirmar sus enseñanzas con la razón, las somete ipso facto al juicio y arbitrio de cada cual; así
parece haberlo hecho también Pablo, que suele razonar, puesto que dice en 1 Corintios, 10,15; os
hablo como a sabios, juzgad vosotros lo que digo. Finalmente, los profetas no percibían las
cosas reveladas en virtud de la luz natural, es decir, mediante el raciocinio, tal como hemos
probado en el capítulo I.
Parece que en los cinco libros del Pentateuco se deducen también algunas cosas mediante
una consecuencia lógica; pero, si uno las examina atentamente, verá que no se pueden tomar en
modo alguno como argumentos decisivos. Por ejemplo, cuando Moisés (Deuteronomio, 31,27)
dijo a los israelitas: si, mientras yo viví entre vosotros, fuisteis rebeldes con Dios, mucho más
cuando yo muera, no hay que entenderlo como si Moisés quisiera convencer racionalmente a los
israelitas de que, después de muerto, se alejarían necesariamente del verdadero culto de Dios.
Pues el argumento sería falso, como cabría probar por la misma Escritura, puesto que los
israelitas perseveraron constantemente, mientras vivieron Josué y los ancianos, e incluso
después, en vida de Samuel, David, Salomón, etc. Aquellas palabras de Moisés son, pues, una
simple locución moral, en la que predice la futura defección del pueblo mediante un giro
retórico y con la mayor viveza que podía imaginarla. El motivo que me impulsa a afirmar que
Moisés no dijo eso por propia iniciativa, a fin de hacer su predicción verosímil al pueblo, sino
más bien como profeta, en virtud de una revelación, es que en el mismo capítulo (31, 21) se dice
que Dios reveló esto mismo a Moisés con otras palabras. Por tanto, no era necesario dar a
Moisés argumentos verosímiles para ratificarle en la predicción y el decreto de Dios; pero sí era
necesario que él representara vivamente en su imaginación ese hecho, como hemos probado en
el capítulo I. Y eso de ningún modo lo podía lograr mejor que imaginando como futura la actual
contumacia del pueblo, que él había experimentado muchas veces. Así hay que entender todos
los argumentos de Moisés que se hallan en los cinco libros del Pentateuco: no los ha sacado de
los archivos de la razón, sino que son simples modos de hablar con los que expresaba con más
eficacia e imaginaba con viveza los decretos de Dios.
No es que yo pretenda negar absolutamente que los profetas hayan podido argumentar a
partir de la revelación; simplemente afirmo que, cuanto más coherentemente argumentan los
profetas, más se aproxima al natural el conocimiento que ellos tienen de la cosa revelada. Y ésta
es la mejor señal de que los profetas tienen un conocimiento superior al natural: que se limitan a
formular simples doctrinas o decretos u opiniones. Afirmo, pues, que el máximo profeta,
Moisés, no ha formulado ningún argumento auténtico. Concedo, en cambio, que las largas
deducciones y argumentaciones de Pablo, como las que se encuentran en la epístola a los
Romanos, no fueron en absoluto escritas en virtud de una revelación sobrenatural.
Así, pues, tanto la forma de expresarse como de argumentar que emplean los apóstoles en
sus epístolas, muestran clarísimamente que éstas no fueron escritas por revelación y mandato
divino, sino tan sólo según su propio juicio natural, y que no contienen más que avisos fraternos
revestidos de urbanidad (de la que tan lejos está la autoridad profética); como, por ejemplo,
aquella disculpa de Pablo en Romanos, 15,15: os he escrito, hermanos, con audacia un tanto
excesiva.
Esto mismo lo podemos deducir, además, de que no leemos en parte alguna que los apóstoles
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hayan recibido el mandato de escribir, sino tan sólo de predicar a dondequiera que fueran y de
confirmar lo dicho mediante signos
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. Su presencia, en efecto, y los signos eran absolutamente
necesarios para convertir a los gentiles a la religión y confirmarlos en ella, como expresamente
lo indica el mismo Pablo en Romanos, 1,11: pues tengo grandes deseos de veros, a fin de
impartiros el don del Espíritu, para que seáis confirmados en la fe.
II
Se me podría objetar, sin embargo, que de esa forma podríamos concluir igualmente que los
apóstoles tampoco predicaron como profetas; ya que, cuando iban a predicar aquí o allá, no lo
hacían, como en otro tiempo los profetas, por un mandato expreso. Leemos en el Antiguo
Testamento que Jonás fue a predicar a Nínive y, al mismo tiempo, que recibió orden expresa de
ir allí y que le fue revelado lo que allí debía predicar.
Y también se cuenta largamente que Moisés se dirigió a Egipto como enviado de Dios y, a la
vez, qué tenía que decir al pueblo israelita y al faraón y qué signos tenía que realizar en su
presencia para hacer creíble su mensaje. Isaías, Jeremías, Ezequiel reciben orden expresa de
predicar a los israelitas
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.
En una palabra, los profetas no predicaron nada que no nos conste por la Escritura que lo
recibieron de Dios. En el Nuevo Testamento, por el contrario, no leemos nada parecido, excepto
en muy contados casos, sobre los apóstoles, cuando iban a predicar aquí o allá. Encontramos
más bien algunos pasajes en que se dice expresamente que los apóstoles eligieron según su
propio parecer los lugares donde iban a predicar, como, por ejemplo, aquella discusión entre
Pablo y Bernabé, la cual llegó hasta la desavenencia (ver Hechos, 15,37-8).
Y se dice también que muchas veces en vano intentaron ir a algún lugar, como lo atestigua el
mismo Pablo en Romanos, 1,13: últimamente, he querido muchas veces ir a visitaros, pero he
sido impedido; y en 15, 22: por esto me fue imposible muchas veces ir a visitaros; y finalmente
en 1 Corintios, 16,12: en cuanto a Apolo, mi hermano, le he rogado mucho que fuera a vosotros
con sus hermanos, pero no tenía ninguna intención de ir a visitaros; mas, cuando tenga
oportunidad para ello, etcétera. Por consiguiente, tanto por esta forma de hablar y por la
discusión entre los apóstoles, como porque la Escritura no atestigua, como lo hace con los
antiguos profetas, que los apóstoles, cuando iban a predicar a alguna parte, lo hacían por
mandato de Dios, debería concluir que los apóstoles incluso predicaron como doctores y no
como profetas.
Esta objeción, sin embargo, es fácil de resolver, con tal que tengamos en cuenta la diferencia
entre la vocación de los apóstoles y la de los profetas del Antiguo Testamento. Éstos, en efecto,
no fueron llamados para predicar y profetizar a todas las naciones, sino únicamente a algunas
especiales, y por eso necesitaban un mandato expreso y concreto para cada una de ellas. Los
apóstoles, por el contrario, fueron llamados para predicar a absolutamente todos los hombres y
para convertirlos a todos a la religión. De ahí que, a dondequiera que iban, cumplían el precepto
de Cristo sin que les fuera necesario que, antes de ir, les fuera revelado lo que iban a predicar; ya
que eran los discípulos de Cristo, a quienes él mismo había dicho: pero, cuando os entreguen, no
os preocupe cómo o qué vais a decir, porque se os dará en aquel momento lo que debéis hablar,
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etc. (ver Mateo, 10,19-20).
Concluimos, pues, que los apóstoles sólo recibieron por revelación especial lo que
predicaron de viva voz y que confirmaron, a la vez, con signos (véase lo que hemos probado al
comienzo del cap. II); en cambio, lo que simplemente enseñaron, por escrito o de viva voz, sin
recurrir a ningún signo a modo de testigo, eso lo dijeron o escribieron por conocimiento
(entiéndase natural) (sobre esto véase 1 Corintios, 14,6).
III
No debe inquietarnos, en este sentido, que todos comiencen sus cartas con el testimonio de
su vocación al apostolado, ya que, como enseguida probaré, a los apóstoles no sólo les fue
concedida la virtud de profetizar, sino también la autoridad de enseñar. Por eso concederemos
que escribieron sus cartas como apóstoles y que por eso mismo también todos ellos comenzaron
dando pruebas de su apostolado. O quizá también, con el fin de atraer más fácilmente el ánimo
del lector y despertar su atención, quisieron, antes de nada, testimoniar que ellos eran aquellos
que eran conocidos de todos los fieles por sus predicaciones y que habían probado con claros
testimonios que enseñaban la verdadera religión y el camino de la salvación. Yo constato, en
efecto, que todo cuanto se dice en estas cartas acerca de la vocación de los apóstoles y del
Espíritu Santo y divino, que ellos poseían, está relacionado con las predicaciones que ellos
habían hecho, exceptuados tan sólo aquellos pasajes en los que por Espíritu de Dios o Espíritu
Santo se entiende la mente sana, feliz y consagrada a Dios, etc. (de ello hemos hablado en el
capítulo I)
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. Por ejemplo, en 1 Corintios, 7,40 dice Pablo: pero será feliz, si se mantiene así,
según mi parecer, pues también pienso yo que el Espíritu de Dios está en mí. Por Espíritu de
Dios entiende su propia mente, como indica el mismo contexto de la frase, puesto que quiere
decir esto: a la viuda que no quiere casarse con un segundo marido, la considero feliz, según mi
opinión, yo que he decidido vivir célibe y me considero feliz. Existen otras expresiones
similares, que me parece superfluo citar aquí.
Puesto que hay que afirmar que las cartas de los apóstoles sólo fueron dictadas por la luz
natural, nos urge examinar cómo los apóstoles podían enseñar, mediante el simple conocimiento
natural, cosas que no caen bajo su dominio. Ahora bien, si prestamos atención a lo que hemos
dicho en el capítulo VII de este tratado acerca de la interpretación de la Escritura, no hallaremos
aquí ninguna dificultad
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. Pues, aunque las cosas contenidas en los sagrados Libros superen,
en su mayor parte, nuestra capacidad, podemos, no obstante, discurrir con seguridad sobre ellas,
con tal de no admitir ningún otro principio, fuera de los que de ella se derivan. Ahora bien, de
esta forma también los apóstoles podían deducir y explicar muchas cosas a partir de las que
habían visto y oído y de las que, finalmente, habían obtenido por revelación; y podían también,
si les parecía bien, enseñarlas a los hombres. Por otra parte, aunque la religión, tal como la
predicaban los apóstoles, en cuanto se limitaban a narrar la historia de Cristo, no cae bajo el
dominio de la razón, cualquiera puede, sin embargo, alcanzar fácilmente por la luz natural una
síntesis de la misma, ya que consiste esencialmente, como toda la doctrina de Cristo
[n27]
, en
enseñanzas morales. Los apóstoles, en fin, no necesitaron una luz sobrenatural para adaptar la
religión, que antes habían confirmado con signos, a la capacidad ordinaria de los hombres, de tal
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forma que todo el mundo la aceptara de buen grado; ni tampoco la necesitaban para exhortar a
los hombres a cumplirla. Ahora bien, éste es el fin de las cartas: enseñar y exhortar a los
hombres a seguir el camino que cada uno de los apóstoles consideró mejor para confirmarlos en
la religión.
En este momento hay que recordar lo que hemos dicho hace un instante, a saber, que los
apóstoles no sólo habían recibido la virtud de predicar la historia de Cristo como profetas, es
decir, confirmándola con signos, sino también autoridad para enseñar y exhortar a seguir aquel
camino que cada uno estimara el mejor. En 2 Timoteo, 1,11 Pablo indica claramente ambos
dones con estas palabras: para ello he sido constituido heraldo y apóstol y doctor de los gentiles.
Y en 1 Timoteo, 2,7 dice: para ello fui constituido heraldo y apóstol (digo la verdad por Cristo,
no miento), doctor de los gentiles con la fe (adviértase bien) y la verdad. Con estas frases,
insisto, reclama claramente para sí ambas cosas, es decir, el oficio de apóstol y de doctor. En
cuanto a la autoridad de exhortar a cualquiera y dondequiera que él lo deseara, la indica en
Filemón, v. 8 con estas palabras: aunque tengo gran libertad en Cristo de mandarte lo que
conviene, sin embargo, etc. Adviértase que, si Pablo hubiera recibido de Dios, como profeta, lo
que convenía mandar a Filemón y lo que debía imponerle como profeta, no le hubiera estado
permitido cambiar el mandato de Dios en súplica. Por consiguiente, hay que entender
necesariamente que él habla de la libertad de exhortar que le incumbía como doctor y no como
profeta.
De ahí, sin embargo, no se sigue todavía con suficiente claridad que los apóstoles hayan
podido elegir la forma de enseñar que cada uno considerara mejor, sino únicamente que, en
virtud del oficio de apóstoles, no sólo fueron profetas, sino también doctores. A menos que
llamemos en nuestra ayuda a la razón, ya que ésta enseña abiertamente que quien tiene autoridad
para enseñar, también la tiene para elegir el camino que prefiera. Pero será suficiente demostrar
todo esto por la sola Escritura, pues por ella consta claramente que cada apóstol eligió un
camino particular, por ejemplo por estas palabras de Pablo en Romanos, 15,20: me esmeré en
predicar, no en donde se invocaba ya el nombre de Cristo, a fin de no edificar sobre un
fundamento ajeno. Efectivamente, si todos siguieran el mismo método de enseñar y todos
hubieran edificado la religión cristiana sobre el mismo fundamento, no habría razón para que
Pablo calificara de ajenos los fundamentos de otro apóstol, puesto que hubieran coincidido con
los suyos. Pero, como los califica efectivamente de ajenos, hay que concluir necesariamente que
cada uno edificó la religión sobre distinto fundamento y que sucedió a los apóstoles, en su
ejercicio de docencia, lo mismo que sucede a los demás doctores: que tienen un método personal
de enseñar, por lo que siempre prefieren enseñar a los totalmente incultos y que no han
comenzado a aprender con otro maestro las lenguas o las ciencias, incluso las matemáticas, de
cuya verdad nadie duda.
Si recorremos ahora con cierta atención las mismas cartas de los apóstoles, veremos que
éstos convienen sin duda en la religión, en cuanto tal, pero que discrepan mucho en los
fundamentos. Pablo, por ejemplo, para confirmar a los hombres en la religión y mostrarles que
la salvación sólo depende de la gracia de Dios, enseñó que nadie se puede justificar por las
obras, sino tan sólo por la fe, y que nadie se justifica por las obras (ver Romanos, 3, 27-8), aparte
de toda su doctrina de la predestinación. Santiago, en cambio, enseña en su carta que el hombre
se justifica por las obras y no sólo por la fe (véase Santiago, 2,24), y, dejando a un lado todas
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aquellas disquisiciones de Pablo, resume toda la doctrina de la religión en muy pocas cosas.
Del hecho de que los apóstoles hayan edificado la religión sobre fundamentos diferentes, se
sigue, finalmente, sin duda alguna, que han surgido muchas discusiones y cismas, que han
vejado continuamente a la Iglesia, desde la misma época de los apóstoles, y que la seguirán
vejando eternamente, hasta que la religión se separe, al fin, de las especulaciones filosóficas y se
reduzca a los poquísimos y sencillísimos dogmas que enseñó Cristo a los suyos. Los apóstoles
no pudieron lograrlo, porque, como el evangelio era desconocido por los hombres, para que la
novedad de su doctrina no hiriera demasiado sus oídos, la adaptaron cuanto pudieron al ingenio
de los hombres de su tiempo (ver 1 Corintios, 9,19-20, etc.) y la construyeron sobre los
fundamentos entonces mejor conocidos y aceptados. Por eso ningún apóstol filosofó más que
Pablo, que fue llamado a predicar a los gentiles. Los demás, en cambio, como predicaron a los
judíos, que desprecian, como se sabe, la filosofía, también se adaptaron a su ingenio (véase
sobre esto Gálatas, 2,11) y les enseñaron la religión desprovista de especulaciones filosóficas.
¡Qué feliz sería también nuestra época, si la viéramos libre, además, de toda superstición!
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